"Sin remedio", el desmoronamiento de las utopías modernas


Caballero, Antonio. Sin remedio. Bogotá: Punto de lectura. 616 págs.

Por: Daniel Esteban Trujillo Hernández

La narración de Sin remedio se estructura sobre el desfase entre el pensamiento y la experiencia inmediata del entorno en la conciencia de Ignacio Escobar, su protagonista. El curso de las acciones es una constante confirmación de la distancia que existe entre lo ideal y lo concreto, brecha que va haciéndose más grande a medida que el lector se acerca a la última página. La visión de este espacio como algo insuperable determina el carácter del personaje, quien desde del primer capítulo y durante todo el libro hace notar que ninguna concepción del mundo es lo suficientemente eficaz y coherente como para otorgarle un verdadero sentido a su vida tanto en el aspecto individual como social.

En el transcurso de la historia se asiste a una realidad representada a partir de episodios que desbordan el cauce de la racionalidad y hasta las cosas más simples tienden a complicarse de modo tal, que resaltan la irreconciliabilidad entre los discursos y las condiciones reales del mundo. A través de los ojos de Ignacio vemos los episodios como un fluir de intentos, fallidos de antemano, de lograr cubrir en un solo paso el espacio entre lo abstracto y lo real. Él mismo no se escapa de esta dinámica, sus proyectos de vida se desbaratan en medio de la nada del pensamiento antes de estar seguro de tomar cualquier decisión. Consiente del desajuste el desengaño se encuentra integrado a su actitud ante el mundo, mezcla de abulia y angustia, señalada en las primeras páginas y mantenida hasta el final:

Pasaba días enteros durmiendo, soñando vagos sueños, sueños de angustia, persecuciones lentas y rápidas por patios de cemento encharcados de lluvia. Fina lo despertaba, le daba de comer, lo dejaba dormir, lo olvidaba en su sueño: a veces insistía en darle vitaminas, como si fuera eso. Había dejado de sentir, de esperar, de hacer planes, de pensar cosas complicadas, con incógnitas. A veces todavía –pero era por inercia– se le seguía viniendo a la cabeza algún poema: un poema bobísimo, como la bobería misma de escribir un poema. 

Aunque Escobar no cree en las promesas de ningún proyecto moderno y se resiste a alienarse en cualquiera de ellos, interactúa con un conjunto de personajes que sin la menor dificultad de conciencia adoptan decididamente uno u otro discurso para creer que sus vidas tienen sentido. Como ejemplo basta recordar algunos de ellos en orden de cercanía a Ignacio: Leonor, madre de Escobar, caracterizada de modo caricaturesco a partir de la exageración de los advenedizos rasgos de la burguesía colombiana; siguen los amigos de Leonor: Ernestico Espinosa, con perfil ondulado y perfumado de cardiólogo, de perla en la corbata. Monseñor Boterito Jaramillo, con su sotana de botones morados, perdidos en el cuello bajo su doble juego de papadas. Ricardito Patiño, poeta de salones, eructando su whisky con dulzura tras una larga mano desmayada, veteada de pecas grises, rojas, violetas.

Cada uno de estos últimos amantes en orden respectivo de la ciencia, la religión y la poesía también representados haciendo énfasis en lo absurdo y cómico de sus convicciones. Luego está otro grupo conformado por Federico y Ana María junto a sus compañeros militantes de grupos subversivos de izquierda, convencidos de las causas revolucionarias. 

Ya sea uno de los representantes de la ciencia, la religión y la poesía, pertenecientes a la élite socio – económica colombiana y adeptos de la ideología conservadora hegemónica o uno de los presuntos intelectuales marxistas del otro bando, desde la perspectiva del héroe las posiciones asumidas por estos personajes son incoherentes respecto a su experiencia del mundo. Las figuras de líderes espirituales y sociales como Monseñor Botero Jaramillo son caricaturizadas en su obstinación intelectual, su doble moral y en el bajo nivel de credibilidad que inspiran. En el caso de Monseñor, a pesar de tener cáncer de lengua da la misa en latín, come desaforadamente y tiene energía aun para frecuentar sitios de mala reputación. Del mismo modo cuando Escobar entra a casa de Federico y ve “sobre la chimenea encendida, sereno, bendiciendo, Mao Tsé tung Pantocrator” metafóricamente se equiparan los discursos político y religioso al mismo grado de legitimidad. Escobar se halla entre ambas versiones del mundo que lo presionan in crescendo para que tome partido.

Las acciones motivadas de la convicción en los proyectos de la modernidad implican para Escobar la renuncia del sujeto a sí mismo y a su carácter crítico. En una de sus opiniones al hablar con sus amigos sobre el realismo del proyecto político – revolucionario su opinión dice así: 

Qué ridiculez. Precisamente ahí está el problema. Para engranar en lo concreto necesito saber primero qué es lo concreto, y eso es lo que no sé, y según usted no lo puedo saber si antes no engrano en lo concreto. Un círculo vicioso, me parece. Pero es que lo concreto es como una licuadora. Si me pongo a militar con ustedes y a ir a las masas y a recitar a Mao, acabaré convertido en marxista-leninista-pensamiento Mao Tsé–tung puro y duro y unidimensional, como ustedes. Pero también si me pongo a hacer los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, acabaré metido de jesuita, inexorablemente. Y no sé si es eso lo que quiero.

Aunque la novela es contada a través de técnicas afines al realismo, lo que nos llevaría a pensar que a nivel formal la obra resulta poco innovadora en términos narrativos, la obra responde a preocupaciones contemporáneas. Al ser el problema principal del realismo la representación, sobre la base de una pretendida objetividad, de la realidad social contemporánea como totalidad, no podemos dejar de observar la maestría con que Caballero se inscribe en la tradición realista para plasmar los conflictos del contexto colombiano de los años 70 y 80. No obstante debemos diferenciar los elementos de actualidad formal que presenta Sin remedio en tanto a la creación de un personaje de este tipo en la literatura colombiana y latinoamericana. 

Así en el texto se manejen procedimientos de representación similares a la novela realista del XIX no existe en Sin remedio la misma valoración histórica del hombre y del mundo. Respecto a Ingacio Escobar puede decirse que no es comparable ni a Rastignac, de Balzac, ascendiendo decidido en la escala social de la Francia postrevolucionaria, ni tampoco está dotado de la profundidad psicológica de los carácteres de Dostoievski o Tolstoi, y su personalidad contrasta con cualquiera de los personajes de Dickens que esperan que su apego a los valores cristianos restablezca el equilibrio del que fueron injustamente desplazados. El personaje creado por Caballero vive la ausencia de sentido los relatos modernos de la Historia y el Progreso por inauténticos, simplificadores, abstractos y “unidimensionales”, respecto a un entorno en el que impera la inmediatez y inercia de las pasiones humanas. Escobar huye de la familia, del trabajo, de la política, sufriendo y presenciando el resquebrajamiento interno de estas instituciones. Esta situación lo sitúa en el vacío existencial propio de la crisis de la modernidad.

En términos de Cruz Kronfly en sus ensayos dedicados a la modernidad y la postmodernidad en la cultura, este personaje asume el mundo desde el nihilismo positivo o la conciencia de la falta de fundamento vital, propios del final del siglo XX: 

El nihilismo sería en consecuencia el estado en que queda el espíritu cuando decide seguir adelante aún a sabiendas de que el gran “fundamento” ya no existe. Estado de perplejidad ante la pérdida del fundamento supremo y necesidad de continuar viviendo aún en la desesperanza, tratando de inventarse un nuevo fundamento, a pesar del escepticismo.

Sin remedio es una obra representativa de la nueva narrativa colombiana por actualizar la forma novelística al contexto contemporáneo y mantener el lugar de las letras colombianas y latinoamericanas dentro del canon de la literatura occidental, luego del auge de la narrativa hispanoamericana. Ofreciendo una visión original y renovada de las problemáticas del país y del continente a través de la irreverencia del humor pero conservando la seriedad del realismo como estudio de la sociedad, Antonio Caballero logra consolidar un universo de ficción que es una clara parodia del escenario nacional colombiano que hoy, pasados más de treinta años de su publicación, y cuarenta de la escenario retratado, ha cambiado muy poco.

Comentarios

Caterine CM dijo…
Oh! Gracias por su labor! Este texto me ha servido demasiado!

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