MOHÁN XIV | Literatura e Historia








El presente número de Mohán indaga sobre las ilusorias fronteras que separan a la literatura de la historia. En cada reseña se puede sentir la pasión con la que se vuelve sobre los pasos de la humanidad. El número recoge el arduo trabajo de varios estudiantes del departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia.



    Los siguientes enlaces dirigen a las respectivas reseñas:


  1. El país de la Canela: un viaje catastrófico en busca de fantasías soñadas.
  2. Literatura, historia y desmitificación en El arpa y la sombra de Alejo Carpentier.
  3. Sublime pero finito: otra visión del héroe/villano de Colombia, Carlos Pizarro.
  4. Los avatares de un vencedor que perdió: Los sueños de Pedro de Ursúa vistos por William Ospina.
  5. El crimen del Siglo de Miguel Torres.
  6. Buen viaje General: Confesión sobre el oficio del escritor.
  7. La carroza de Bolívar: perpetuidad del problema.
  8. Una Bogotá, de tantas que hay. Reseña de la novela Según la costumbre de Gonzalo Mallarino Flórez.
  9. Sobre la vida, la muerte y la memoria en la novela La risa del cuervo de Álvaro Miranda.
  10. Más que la historia novelada.
  11. Dos relatos en tiempos de genocidio.
  12. ¿Ale..xandra o Ale..jandra?. Una reseña de El mundo alucinante: una novela de aventuras.
  13. El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier.




A continuación verán los autores escogidos para este número y las reseñas: 












El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier

Por Andrés Mateo Forero Garzón



«Con la Libertad, llegaba la primera guillotina al Nuevo Mundo»
(Pág. 335)

La revolución francesa pasó a la historia, al menos en las versiones más conocidas, como el origen de nuestras sociedades modernas. El final de la monarquía, el regreso a la república, los derechos de la ciudadanía, el concepto de “Libertad”, fueron – y son aún hoy en día – estandartes de las naciones que surgirían en los próximos siglos. En Latinoamérica le recordamos particularmente por ser la chispa que ayudaría a impulsar nuestras propias revoluciones y buscar la independencia de nuestros países. Sin embargo, la triste verdad es que la revolución francesa fue, en muchos sentidos, un fracaso. Al menos esta es la idea que nos deja la lectura de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, un viaje por la Francia de finales del siglo XVIII inmersa en la que es argumentablemente una de las revoluciones más importantes de la historia humana.


No obstante, la novela destaca no por ser un relato más sobre la revolución en las calles de Paris, sino por dejar Europa y escoger como escenario principal las islas americanas bajo el control de Francia donde, aunque no se suela tener en cuenta, también se vivió la llegada de la revolución. En particular, Carpentier se centra en un personaje real, pero a menudo olvidado: Victor Hugues, un marsellés al que le fue encargada la gobernación de las islas de la Guadalupe y la Martinica por orden de la Convención Nacional que regía a Francia durante la primera mitad de la década de 1790. «El Robespierre de las Americas» lo llamaría Antonio Ponte, escritor cubano. Desde allí, fue él el encargado de llevar las políticas de la revolución al nuevo mundo y enfrentarse directamente con uno de los problemas característicos de las colonias: La esclavitud. 


Carpentier decide no relatar lo que sucedió con este personaje desde su propia perspectiva: La novela se centra en un grupo de jóvenes americanos que, al quedar huérfanos, se enfrentan a un mundo desconocido e inesperado para ellos que les obliga a replantearse las expectativas que tenían sobre sus vidas. Será el mismo Victor Hugues quien se convertirá en una especie de figura paterna para Carlos y Sofía – hermanos –, quienes viven en la casa de su difunto padre junto a su primo Esteban – principal protagonista de la novela -, quien sufre de una enfermedad que le obliga a estar bajo los constantes cuidados de su prima. Las afiliaciones de Victor con los francmasones y, más adelante, con la revolución provocarán que los jóvenes, particularmente Esteban, se vean cada vez más envueltos en los procesos que sacudían a Europa – y, por supuesto, a las colonias francesas en américa – en esa época. Esta es quizá una de las fortalezas principales de esta novela: Al observar la historia a través de los ojos de Esteban o de Sofía durante sus viajes y ver como evoluciona su relación con la revolución y con Victor, el relato adquiere una dimensión distinta que lo configura como una historia de autodescubrimiento, permitiéndole a Carpentier explorar otros aspectos más allá de los políticos.


Carpentier narra esta historia con una prosa excelentemente elaborada, que lleva al lector con un ritmo fluido y atrapante que se detiene tan solo para deleitarlo con descripciones de escenas que parecen más bien pinturas expertas que representan desde la imponente figura de Hugues como almirante hasta los paisajes de las costas y los arrecifes por los que pasea Esteban mientras busca en ellos la tranquilidad y, quizá, señales de una respuesta a todas las preguntas que tiene, confundido por los ires y venires de los vientos revolucionarios. Las pinturas literarias vienen acompañadas de pinturas reales con la mención a varios cuadros y obras de Goya, como “Estragos de la Guerra” o “Extraña Devoción”, que actúan como epígrafes de cada capítulo, y algunas de sus secciones, y que establecen un tono particular para la lectura.

Sin embargo el texto sufre de algunos momentos en que la lectura puede tornarse más lenta y pesada, particularmente cuando nos detenemos a repasar eventos y personajes históricos sin mucha explicación sobre ellos en el mismo texto, lo cual puede ser un problema para la gran mayoría de lectores, exceptuando a aquellos más versados en la historia francesa. Por este motivo recomiendo acercarse a este texto a través de una buena edición crítica – la que yo leí, editada por Luis Martul Tobío, es una buena opción, pues explica brevemente en notas al pie quienes eran estos personajes y la relevancia de su aparición en el texto –, de lo contrario habrá que estar dispuesto a detener en más de una ocasión la lectura para investigar un poco respecto a los nombres y hechos que se mencionan. No obstante, este problema aparece principalmente en el primer tercio de la novela y después es algo que ocurre con mucha menos frecuencia, por lo que no afecta mucho lo que es, por lo demás, una experiencia de lectura bastante amena y fluida.
Alejo Carpentier
Lo cierto es que El Siglo de las Luces es una lectura bastante recomendable, y no solamente por la calidad de su prosa, la destreza de su narración o su importancia dentro de la obra de un autor del calibre de Alejo Carpentier. Aunque al final la conclusión sobre la validez de la revolución francesa y sus consecuencias queda a designio del lector, la representación de personajes con ideologías distintas que hace Carpentier – más allá de la intención con la que el autor cubano haya decidido usarlos – facilita tomar posturas variadas respecto al tema de discusión. Nos encontramos entonces con un texto que también merece la pena ser leído porque le habla claramente a una época donde las construcciones sociales de los últimos siglos parecen empezar a fracturarse, donde los pueblos se levantan y exigen tener voces por sobre sus gobernantes, donde quizá se pueda estar gestando un próximo gran cambio en la estructura de nuestra civilización. La lectura de este texto de Carpentier podría ser, tal vez, una herramienta fundamental para determinar en qué orilla del rio queremos estar cuando se eleve, una vez más, la corriente de la revolución. 



                                                                                                   

Carpentier, A., (1962). El siglo de las luces. Espasa-Calpe.

¿Ale..xandra o Ale..jandra?. Una reseña de El mundo alucinante: una novela de aventuras


Por Jonathan Mossos


Nada más fugaz, sincero, espontaneo, que el amor en el trasporte público. De pie, en el acordeón, me hice a su lado. Rápidamente empezamos a jugar. Yo jugaba a no mirarla y ella jugaba a que yo no existía. Constantemente ella ganaba. Ella no era bonita ni linda ni hermosa, era bella, era la Belleza hecha mujer, ¿cómo no contemplar la Belleza? Después de perder varias veces le propuse cambiar de juego y se negó, eso cero. Como ya había perdido me dedique a descubrir su nombre mientras la miraba de reojo. Sus ojos me decían que su nombre empezaba por “A”, eran abiertos y algo comunes.


 Su nariz me dedique continuaba la “L” por su fina hipotenusa. Su boca era especial, tenía una sonrisa espontanea, efusiva, era clara que seguía la “E”. De repente, cuando buscaba la siguiente letra, contesto una llamada. Vi en su lengua que era mexicana. No pude determinar bien la siguiente letra “J” o “X”. ¿Se llamara ¿Ale..xandra o Ale..jandra? 



Eso me recordó a las diputa de hace años sobre si era México o Méjico. Saque el celular y busque en la RAE y ambas eran válidas, mas, ésta promovía el “México” pero que se pronunciara con “J”. Algo inconforme, pues esta respuesta es como beber una cerveza sin alcohol o un café descafeinado, decidí buscar más. Y encontré una carta (Carta de despedida a los mexicanos) de un sacerdote mexicano (Fray Servando teresa de Mier):



[Luego de hablar del origen fonético de “México”] Y es un dolor, mexicanos, que italianos, franceses, ingleses y alemanes pronuncien mejor que nosotros el nombre de nuestra patria, pues nadie fuera de nosotros, pronuncia México con letra gutural. En todo caso, pisanos míos, sigamos a escribirlo con x, o para llegar con el tiempo, si la nueva ortografía predomina, a pronunciar como se debe éste y los demás términos mexicanos, o para no echar en olvido enteramente una de nuestras mayores glorias. Si México con x suave como lo pronuncian los indios significa: donde está o es adorado Cristo, y mexicanos es lo mismo que cristianos.(Fray Servando, 1821)



Había encontrado el tema perfecto para romper el hielo y hacerla perder; sin embargo cuando voltee a mirarla de nuevo, ya no estaba. Efímero y mordaz, aunque sincero, es el amor del trasporte público. Me falto la valentía de Fray Servando al cuestionar, hasta en la fonética, a los españoles en plena colonia. Me falto la locura de decir Jesús ya había venido a América y era el mismo dios al que los aztecas llamaron: Quetzalcóhuatl. Bueno, hablarle a una desconocida den el trasporte público no es tan loco como esto, pues, si el discurso de España se centraba en el hecho de que ellos traían el credo, y con este la salvación, decir que aun si ellos ya teníamos dicho credo, es aceptar que España nada tenía que hacer en América.Tal vez debí llenarme de valentía y preguntarle su nombre sin despojos. Tal vez debí cometer una locura y pedirle que me mostrara la X de su lengua. Tal vez pero no fue así. Ante su ausencia, solo me quedo el descubrimiento de un fraile loco. 

La vida, bien o mal, siempre continúa. Fue así como tiempo después me dirigí a la biblioteca para buscar al que iba a ser mi amigo, Reinaldo Arenas. Había escuchado de el en alguna clase de literatura cubana, pero no sabía más que de su abierta homosexualidad y de todos los problemas que esta le trajo en plena dictadura. Ingenuamente tome la primera novela que vi, el mundo alucinante: una novela de aventuras, publicada en 1966 y me dirigí a una mesa donde entraban bastantes rayos de sol. Me senté, abrí el libro y me acorde de Ale…xandra. Es increíble pero no pude hacerme una imagen mental de ella. No podría recordar cómo era. Solo recordaba la sensación que me había causado y el problema de la “J” y la “X”. la novela relataba la vida de Fray Servando Teresa de Mier.  





Inicialmente se me dificulto un poco la lectura de la novela, no por Ale…xandra, sino por la compleja estructura de la novela, pues, pese a que narra “linealmente” la historia de Fray Servando, hay bastantes experimentaciones en la escritura.
Reinaldo Arenas se dedica desde jugar con la forma y las concepciones estéticas de la obra, hasta explorar la mirada mágica característica del latinoamericano, llena de agujeros, de hechos inexplicables; esta mirada toma un papel importante en la narración y en la misma construcción del personaje creando así una identidad a partir de los hechos maravillosos y, en ocasiones, sobrenaturales.



Reilando Arenas
Mientras leía, iba descubriendo la humanidad, no solo la de Fray Servando, también la de Reinaldo Arenas; después de todo esta temprana obra suya sería una premonición de su vida. Reinaldo Arenas tuvo el mismo problema que Fray Servando, ambos se encontraban oprimidos por un régimen que quitaba la libertad; la única pequeña diferencia es que el régimen español realizo el mayor genocidio de la Historia. En fin, con el pasar de las hojas se hace notoria la preocupación de Reinaldo por realzar la figura de un prócer de la independencia latinoamericana como lo fue Fray Servando.  A medida que avanzaba la lectura se hacía cada vez más interesante ver como no solo se reconstruye la propia historia que escribió Fray Servando en su Apología, sino la condensación de la identidad latinoamericana a través de la narración; identidad que abarca la literatura y su tradición, pues, apartándose un poco de ese característico neobarroco cubano, Reinaldo Arenas experimenta una estética muy trabajada, con grandes recursos narrativos característicos de las escrituras de la región, lo que le permitió conocerse en el Boom. 
Cuando termine la novela, al cabo de tres días, pues pese a lo interesante, mis ojos por ocasiones se cansaban o se distraían, descubrí una noción diferente del amor. Un amor naciente por lo que soy, por lo que somos: Latinoamericanos. Esta novela hace una invitación a ser valientes y locos como Fray Servando, aunque no para hablarle a la gente desconocida en buses, si para comprender y luchar por lo que somos a partir de una tradición historia. En palabras del mismo Reinaldo Arenas, se trata de reconstruir lo que somos desde la Historia y desde la Literatura. 



Esta es la vida de Fray Servando Teresa de Mier, tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiese gustado que hubiera sido. Más que una novela historia o biográfica pretende ser, simplemente, una novela. R.A.


                                                                                                   
Arenas, R., (1973). El mundo Alucinante. Tus Quets Editores.

Dos relatos en tiempos de genocidio

Por Nicolás Moreno Romero


Un hombre camina por Berlín. Antes de la guerra había comenzado sus estudios en diseño gráfico. Ahora este tipo de profesión no es necesario. Para evitar ser deportado debe conseguir un trabajo. Se dirige a la fábrica en la que trabaja su madre como costurera. Le pide trabajo a su jefe. Esta es su última opción, y sabe que de no conseguir el trabajo, aunque no sabe coser, pronto lo deportarán. El jefe no necesita costureros. De todas formas lo contrata como supervisor del trabajo de la fábrica. Recibió un trabajo que un judío no debería desempeñar. Pero su aspecto le favoreció: no tiene ningún rasgo que un oficial busque en un judío. Su nuevo jefe le advierte que nadie debe conocer ese secreto que ahora comparten. El nuevo empleado despierta sorpresa en los trabajadores de la fábrica. Un alemán que trata tan bien a los empleados judíos no es común. 


Otra situación. Los indígenas un poblado en el Valle del Cauca están bajo el control de un encomendero. Deben pagar impuestos a la corona, y difícilmente podrán reunirlos junto con lo que necesitan para sobrevivir. Además, su relación con los españoles empeora cuento estos reclaman la propiedad de los territorios que habitan. Están expuestos a trabajos forzados y a las epidemias que diezman la población. La guerra está fuera de sus posibilidades. En esa situación una pareja española se instala en un lugar cercano y les ofrece buenas condiciones de trabajo. Se comunican con esta a través de una traductora del poblado y la relación resulta benéfica para ambas partes. Aunque a la pareja no le resultan cómodas tales circunstancias, pues las autoridades desaprueban que a los indígenas se les trate de ese modo. Lo que piden es más rigor en el trato con el fin de que estos no lleguen nunca a representar un peligro para las leyes y el sistema que instauran. Entonces, ¿Cómo puede esa pareja seguir con esa relación con los indígenas sin que las autoridades logren condenarla por su acto que parece ir en contra del bien de la corona?

Estas situaciones provienen de dos novelas contemporáneas, el falsificador de pasaportes y la Isabela, respectivamente. Lo que me lleva a escribir este texto y a relacionar libros tan distintos es una idea que encuentro en ambas novelas y que está expuesta en las dos situaciones anteriores. Me refiero a la idea de presentar un relato en el que la ideología de los personajes históricos no corresponde con la que esperamos de alguien de su época. Como dice Schönhaus, su obra es, sin por eso dejar de ser una denuncia a la Alemania de la Segunda Guerra, un “monumento a los alemanes que están dispuestos a dar su vida para salvar a judíos” (236). De igual forma, con el relato de la pareja española que llega al Valle del Cauca, La Isabela nos confronta con una concepción, si bien compartida por una inmensa minoría de los personajes de la novela, de un proceso de conquista que respeta la vida y la dignidad de los indígenas.

Aunque los relatos no sean ejemplos de las acciones más comunes de la época, y por lo tanto no sea su objetivo el presentarnos una historia oficial, es precisamente el hecho el que motiva su lectura. Es, especialmente, en el momento en el que reconocemos una parte de nuestra identidad en la de los personajes históricos cuando podemos apreciar el carácter humano (ligado inevitablemente a lo inhumano) que persiste el paso del tiempo. Así la historia nos recuerda las deudas que tiene nuestra sociedad con los eventos del pasado. Pero no entiendo acá esos eventos como al abstracto, sino como un evento concreto que sigue teniendo repercusiones, como por ejemplo la segregación que, incluso después de cuatrocientos años de los eventos de La Isabela, padecen los grupos indígenas en Colombia.

Schonhaus

Al final, ambas novelas han despertado en mí el deseo de conocer más sobre las personas de esas épocas. Después de todo, es al encontrarse con el otro cuando se hace patente nuestra identidad, pero estos dos relatos no representan al otro de forma muy distinta, incómodamente vemos reflejados rasgos de nuestra sociedad que desearíamos fueran de ese otro, y nos damos cuenta de que son propios. Es esa incomodidad lo que siento al leer esas historias de sufrimiento desde una posición privilegiada. Considero que eso incomodo es el resultado de que las novelas trasladen el concepto de justicia al plano de las acciones cotidianas de los personas y, por extensión, de los lectores. Este es el gesto que este escrito quería resaltar.

                                                                                                   
Schönhaus C (2009). El falsificador de pasaportes. Con dibujos del autor. Edición y epilogo de Marion Neiss. Traducción de Carmen Gauger. Bogotá: Círculo de Lectores S.A.


Uribe M.J.(2010). La Isabela. Bogotá: Editorial La Serpiente Emplumada Ltda.


Más que la historia novelada

Por Paula A. Sánchez Lugo



Evelio Rosero ha escrito en este libro lo que usted y yo hemos querido gritarles a los políticos corruptos de la actualidad colombiana. Le ha reclamado al “más grande prócer de la patria” sobre solo uno de los hechos más oscuros de la historia de nuestra independencia, y lo ha juzgado, tal y como nosotros juzgamos día a día a aquellos que escogemos para manejar nuestro patrimonio.

Empezando por aproximadamente treinta páginas no muy cautivantes, una de las obras más importantes de este paisano, promete -y logra- realizar un escrutinio de la visión de un pueblo doliente sobre aquel que le causó dolor. Si usted no sabe a lo que me refiero, le comento que el hecho ocurrió la madrugada del 24 de diciembre de 1822. Las tropas de nuestro ilustre Simón Bolívar se movieron por el frío terreno que colinda con Pasto y asaltaron la ciudad. Mataron aproximadamente a 500 humanos: todos niños, ancianos y mujeres, ningún hombre en condiciones de pelear, esos ya habían huido.

La novela inicia con la reflexión que realiza Justo Pastor Proceso, el protagonista, acerca de la broma que preparara para el Festival de Blancos y Negros de 1966. Resulta obvia la intención de Rosero al iniciar el relato con ese evento: ridiculizar lo ridículo, carnavalizar lo carnavalesco. El lenguaje, a veces, crudo, cómo la sorpresa de ver a un hombre mayor vestido de simio intentando parecer gracioso, resulta difícil de digerir. Sin embargo, a medida que se desarrolla la novela nos encontramos con la clara caracterización que le hace Rosero a José Rafael Sañudo, quien fue despreciado por todo un país cuando intento mostrar la cara no amable del prócer al recordar el caso de la Navidad Negra en su obra. 

“Yo no quería repetir la historia novelada” dijo Rosero a Arcadia en pleno 2012, poco después de publicar la novela y ciertamente no lo hizo. Rosero logra mantener al lector ocupado en la lectura gracias a los ritmos de narración que crea alrededor de los distintos sucesos y el final, que le puede hacer pensar que el escritor se olvido del elemento central y aparentemente más importante de la novela. Pero no, ese es solo una treta más de la historia para movernos las fibras y ver lo efímero de cada suceso histórico. Finalmente y asegurando que no se arrepentirá por dedicarle un tiempo a este libro, le invito a no alabar la obra, ni al autor. Alabemos el intento de hacernos pensar sobre la impunidad histórica de un país que día a día aclama a sus verdugos, se estanca y no se construye.


Evelio Rosero


                                                                                                   
Rosero, Evelio., (2012). La Carroza de Bolivar. Tus Quets Editores.


Sobre la vida, la muerte y la memoria en la novela La risa del cuervo de Álvaro Miranda


Por Angie T. Merchancano G.

“…su nombre ya nadie lo recordaba.
Ningún pardo sabía de quién era aquel cráneo
que según algunos, estaba colgado desde la misma fundación de la ciudad.”
La risa del cuervo – Álvaro Miranda

La obra de Álvaro miranda, La risa del cuervo, logra unir dos cosas que parecieran antónimas: la vida y la muerte, mostrando así que la una hace parte vital de la otra; es más, pareciera que no se estuviera hablando de situaciones muy distintas, porque en esta novela podemos apreciar que no hay una línea que separe la una de la otra, como si se siguiera viviendo aún después  de morir o como si nunca se hubiera estado muerto.

Esta novela está escrita con un lenguaje poético y utiliza un juego de anacronismos, que hacen que el lector no pueda prever nada respecto al curso de la historia, acude también al uso de simbolismos que, en últimas, serán los que entrelacen los relatos. Dentro de la trama podemos encontrar personajes que en realidad existieron y que fueron sumamente importantes para la historia de la independencia de América. José Félix Ribas y Manuelita Sáenz; el primero, prócer de la independencia y tío político del libertador Simón Bolívar, asesinado por Francisco Tomás Morales; y la segunda, considerada una heroína en la emancipación de Suramérica, quien murió en Perú a causa de una enfermedad. Con estos dos personajes, Álvaro Miranda desarrolla el argumento de esta historia, donde relata las situaciones en las que se ven envueltos después de fallecidos, mostrando así que ellos no son conscientes de aquello que les ha ocurrido que es la muerte.

Miranda utiliza una serie de hechos imaginarios para retratar esta cuestión humana, haciéndola ver como un hecho netamente real que hace parte de nuestra vida, donde los personajes no son conscientes de la implicación de haber fallecido. El momento en el que realmente Ribas es consciente de su muerte es cuando las personas del pueblo comienzan a olvidarse de él, no durante su fusilamiento y decapitación; para Sáenz, su muerte se debate entre olvidos y recuerdos, entre flores y ese inmenso mar donde su cuerpo poco a poco se deteriora.

Álvaro Miranda
Obra nos hace ver como la vida está simbolizada dentro de la memoria de una persona y como sus recuerdos son los que, en realidad, mantienen vivo a alguien. También se puede apreciar como estos héroes son reducidos a un hecho completamente natural de cualquier ser humano, dejando su grandeza en eso, el fallecimiento. El autor logra abordar este tema de una manera muy poética, mostrando belleza dentro de la crudeza de los hechos narrados. Lo que Miranda logra en esta novela es digno de admirar, puesto que se refiere a un tema que nos toca a todos, porque es un hecho inevitable para los seres humanos. Miranda me deja entonces, y posiblemente también a otros lectores, el cuestionamiento sobre cuál es el momento en el que los seres humanos realmente fallecemos, ¿morimos a la par de nuestro cuerpo o a la par del recuerdo que dejamos sembrado en alguien más?


                                                                                                   
Miranda, A., (1992). La Riza del Cuervo. Faro del Tiempo.

Una Bogotá, de tantas que hay. Reseña de la novela Según la costumbre de Gonzalo Mallarino Flórez

Por Tito Samuel Martínez Torres



Querer a Bogotá no es fácil, eso es cierto. El cariño hacia la ciudad parece muchas veces reservado a candidatos a la alcaldía capitalina, bandas distritales agradeciendo sus 15 minutos de fama en Rock al Parque e hinchas de Santa Fe. Bogotá crece como un organismo vivo, cansado de intentar escalar las montañas del oriente con nuevas sedes universitarias, y se extiende hacia el norte, el sur y el occidente; esperando a que el esqueleto de estaciones de Transmilenio, que la sostiene en pie, logre alcanzar los nuevos barrios marginales que ceden a su jurisdicción.
Para los foráneos es demasiado fría y, aunque intentemos negarlo, para los que hemos vivido toda nuestra vida en ella también lo es. Pero hay algo de metrópoli de los años 50 en ella, un no-se-qué que inspira a quedarse, una cierta promesa de que todo es posible viviendo entre los cartones que hacen de cobijas para los desamparados.

En Según la costumbre, primera novela de Gonzalo Mallarino Flórez y primera parte de lo que se convertiría en una trilogía, asistimos precisamente a esa Bogotá. Situada en el siglo XIX, cuando la ciudad no había alcanzado ni la mitad de su monstruoso tamaño actual, la novela narra la historia de dos personajes que terminan convirtiéndose en presencias contrarias en el transcurso de esta. El primero, un médico obsesionado con no perder más pacientes ante la enfermedad que ataca a todos desde la intimidad del sexo. Y el otro, un proxeneta administrador de dos de los prostíbulos de la ciudad, quien lentamente se convierte en el propagador principal de la epidemia. A través de la enfermedad que infecta sus calles, Bogotá lentamente se transforma en una figura protagónica. Es precisamente la ciudad quien se encuentra al borde de la muerte, quien durante el transcurso de la historia oscila entre la salvación y la perdición; Bogotá, la ciudad oscura que parece tragarse las esperanzas de ambos personajes, aunque al mismo tiempo parece motivarlos a seguir intentándolo.

La novela intercala los capítulos entre la narración de Anselmo  Piñedo, el médico, y Calabacillas, el proxeneta, para profundizar en los motivos que mueven a ambos personajes. Descubriéndonos así que aquello que hace actuar a Anselmo, lejos de ser una bondad magnánima, es la angustia de la muerte de su último paciente, y los sentimientos que empieza a desarrollar por la esposa de este. Mientras que el deseo de ser finalmente aceptado en los altos círculos, sin importar su deformada figura, es la razón que determina las acciones del Calabacillas. Así es como Mallarino nos lanza a los lectores a un mundo donde los deseos más egoístas pueden mover intenciones filantrópicas y donde los deseos más humildes pueden resultar en los actos más destructivos.

Quizá nada exprese mejor esa Bogotá donde nada puede ser calificado de bueno ni malo como el proverbio francés que decora la contra portada del libro: En la medicina como en el amor, ni jamás ni siempre. Este hecho no debe aplicarse solo a estos dos factores, pues en la Bogotá de esta novela no existen tales cosas como jamás ni siempre. El mundo destrozado que relata Según la costumbre es uno donde nada “es” bueno ni malo, donde estas dos cosas resultan tan parecidas que es difícil discernirlas.

La prosa utilizada por Mallarino complementa las mentes atafagadas de sus dos narradores. Evita los puntos aparte, las comas y los guiones de diálogo para hacer de cada capítulo un bloque de ideas e historias contadas por el médico o el proxeneta. Esto podría resultar abrumador para algunos lectores, pero la brevedad de los capítulos ayuda a dar un respiro a la lectura.

La novela es de una lectura agradable y grotesca a la vez, casi como la Bogotá que nos relata. La ciudad que escribe Mallarino es sórdida y vil, aunque la poca esperanza de la que se  alimentan sus personajes logra iluminar de vez en cuando aquel mundo. Tanto el doctor obsesionado con salvar a la ciudad, como el proxeneta afanado por ser reconocido por ella (aun si es necesario condenarla), resultan personajes ricos y con una voz propia; lo que es de resaltar en esta novela pues la narración entera depende de ambos.

Gonzalo Mallarino Flórez
Pero quizá uno de los temas centrales de la novela sea el amor. Por un lado con Calabacillas actuando como representante de la ausencia total de este, que convierte al sexo en un acto ególatra y desprovisto de la complejidad de la conexión humana; y por el otro Anselmo, quien se enfrenta al amor como una experiencia que se escapa por completo a sus intentos de racionalizarla, una experiencia que le resulta contradictoria y trágica, pues desencadena los sucesos que terminan por destrozar su mundo. Pero quizá es únicamente esto lo que es capaz de curar el alma de los personajes y lectores, pues en esta novela es el amor el que se convierte en catarsis para un mundo oscuro y al borde del hundimiento.


El amor es lo único que hace brillar las calles de esa ciudad de sombras, lo que evita su destrucción y la de sus habitantes.  Y sí, la única forma de amar la Bogotá hiriente de Mallarino es con uno de esos amores de los años 50, un amor de esos de “no importa que tanto me pegue, él me quiere” pero, al fin y al cabo, por más dolor y sufrimiento que traiga, el amor es la única forma de salvarse y salvarla.

                                                                                                   


Mallarino, G., (2010). Buen Viaje General. Casa de Libros.

La carroza de Bolívar: perpetuidad del problema



Por Carlos Orlando Castaño Franco


Jamás debe juzgarse un libro por su portada o por su titulo. Si entendemos que tal concepto es igualmente valido para los títulos, obras como La carroza de Bolívar, de Evelio Rosero, hacen que dicha afirmación cobre más sentido del que pudiera dársele a primera vista. Quien, sin saber absolutamente nada sobre la obra, se topara con tal título, se inclinaría probablemente a pensar (y sería algo muy entendible) que se trata de un recuento histórico de una de las figuras más importantes de la historia de Colombia; una mente más inquieta podría incluso llega a suponer que dicho recuento apunta a una humanización de tal figura, si es que no a una total desmitificación de la misma. Pero no parece muy probable que la verdadera magnitud de la obra de Rosero pudiera ser aprehendida hasta no haberse involucrado el lector, de manera plena, en su lectura.

El impacto de lo inesperado es inmediato, al conocer de entrada al personaje principal, el doctor Justo Pastor Proceso López, ginecólogo de la ciudad de Pasto, en el año 1966. Es a él a quien seguimos principalmente, y en torno a él giran los principales elementos de la narrativa construida por el autor; el personaje principal de la novela de Rosero es un hombre con el que el lector fácilmente puede relacionarse, pues el autor le otorga una serie de imperfecciones y errores, pero también virtudes y aspiraciones, que hacen que se convierta en una persona multidimensional y real ante los ojos del mismo.

El único elemento histórico discernible al inicio de la novela reside en el hecho de que el doctor Proceso tiene como uno de sus propósitos la escritura de una Historia de Bolívar Completa. ¿De qué manera, pues, entra a formar parte del juego el elemento histórico en La carroza de Bolívar? La propuesta desarrollada por Rosero es fascinante; sí, uno de los elementos presentes en la novela es la representación de un Simón Bolívar despojado de todos aquellos enaltecimientos falaces y atribuciones erróneas que constituyen la percepción actualmente predominante del “libertador”. Sin embargo, la importancia del elemento histórico no yace en él sí mismo, como la única intención del autor, sino en las repercusiones que acarrea sobre el mundo creado por el mismo. Se trata casi de un elemento secundario, pero no por ello menos fundamental, ya que su “fantasma”, a falta de un término más apropiado, permea constante y subyacentemente la vida y el mundo de los personajes configurados por Rosero en su ficción. De esta manera, el problema principal se constituye, no en una mera descripción o numeración de hechos históricos, sino en la manera en la que los errores de interpretación de dichos hechos pueden afectar una comunidad, incluso muchas generaciones después de haber tenido lugar. Desde esta perspectiva, la lectura de la novela deja de ser solamente una actividad de diversión, y se vuelve también un elemento que suscita la reflexión en el lector, sin que ninguna de estas cualidades llegue a opacar a la otra.

Las festividades del carnaval de negros y blancos en Pasto se acercan, y el doctor Proceso planea sacar a relucir la verdad sobre Bolívar, mediante la carroza titular de la novela, y el temor al enfrentamiento de la verdad y al rompimiento del paradigma son los principales obstáculos a los que se enfrenta para lograr su cometido. Es este último objetivo del personaje, que es presentado como una noble causa, lo que hace que la novela sea enganchadora, pues el afán por saber a qué llevará finalmente la determinación del doctor Proceso genera un ávido deseo de llegar pronto al final; pero no es como que sea pesado el camino hasta él, pues en toda narración no hay un solo memento de lentitud, gracias al sentido de diversión y al humor que Rosero le inyecta, así como su lacónica pero certera prosa.

Evelio Rosero
La manera en la que la novela se desenvuelve, con todo su humor y burla, pero también con una subyacente y tenaz crítica, permite ir comprendiendo gradualmente el panorama que se enfrenta Rosero mediante su novela; la carroza, aquella pieza de arte popular cuyo objetivo es la representación de la verdad, se convierte en una suerte de símbolo en el que se contiene el enfrentamiento a la corrupción y la intención de derrumbar las mentiras con las que el pueblo es alimentado a diario, y el desolador clímax de la novela refleja la imposibilidad de que un cambio así llegue a realizarse. En La carroza de Bolívar, Rosero ha intentado dar una explicación histórica a la perpetuidad del problema.

                                                                                                   

Rosero, E., (1992). La Carroza de Bolivar. Tus Quets.

Buen viaje General: Confesión sobre el oficio del escritor



Por David Camilo Buitrago Fernández


"A veces sueño que escribo algo, yo me limito a escuchar y a tomar nota de las frases que alguien me dicta."
Sandor Marai

Estamos en el veintiuno de septiembre de mil novecientos uno, dos años después de que se desató la guerra entre dos partidos políticos colombianos.  El General Tulio Varón, junto a su batallón, avanza hacia la ciudad de Ibagué y, por tercera vez, van a intentar arrebatársela al ejercito del gobierno. Caminan por la entrada principal, creyéndose protegidos por un uniforme conservador que no les pertenece, y guiados por un general, que pareciendo invencible, se dirige hacia su última batalla. Antes de que salga el disparo del fusil del francotirador atrincherado, antes de que el cuerpo se interponga en su mira, ante de que mate a Tulio Varón, la voz del autor detiene la narración y dice a su General: “no quiero matarte todavía general (…) ¿Por qué me agradeces con esa sonrisa tan irónica?”

En la novela de Benhur Sánchez, el novelista es un personaje que hace cómplice al lector sobre el secreto de la creación, confesándole que su oficio es el de un hombre sometido a las historias que está destinado a contar. Si bien, narrar la vida de Tulio Varón, no como personaje histórico sino como ser humano en medio de la guerra, es uno de los objetivos del autor, la aparición del escritor y su tertulia constante con el General, hacen que quien escribe sea el otro protagonista de esta novela. La visión romántica de un escritor poseído por su personaje, y esta relación que va exigiendo una novela que finalizará hasta que están los dos satisfechos, produce en el lector un cuestionamiento por la vida del General, pero también por la vida de la ficción.

El escritor, nos dice el narrador, es solamente el médium por el cual las musas se manifiestan en la realidad, de cuyo resultado vienen a ser testigos los lectores: “¿Será eso lo que en años no lejanos llamaban inspiración? ¿La inspiración, entonces, puede ser esa posesión que realiza un alma de otra ala aún encarnada, como es el alma de un escritor, para que la historia se invente?”
Benhur Sánchez Suárez
La Historia, como discurso no literario, tiene su propio interprete en Buen viaje General, ya que el historiador introduce documentos esenciales en la ficción que tanto el autor como el lector deben conocer. Narrador y héroe evocan la voz de la imaginación, autor e historiador toman partido por la realidad, y su conjunción posibilita que retazos de conversaciones, de voces y documentos, hagan del lector no solo un espectador de la novela, sino que también sea parte del proceso mismo de la escritura de la ficción.
Esta novela es una pregunta por la historia colombiana y como ha sido escrita. Sin embargo, también es un cuestionamiento acerca del proceso de escritura de la novela, señalando sin duda alguna la relación íntima que guardan historiador y escritor, escribas cuya misión en el mundo no es otra que tomar nota de la voz de aquellos fantasmas que los agobian, bien puede ser la realidad o la ficción.


                                                                                                   

Sanchez, B., (2012). Según la Costumbre. Alfaguara.

El crimen del Siglo de Miguel Torres

Por Anderson Alexis Peña Castañeda




Roa Sierra es el epicentro de la novela escrita en el 2006 por Miguel Torres, El crimen del siglo, una novela histórica que propone a uno de los grandes villanos del siglo pasado, poco conocido, extraño, odiado por muchos, indiferente a otros, quien se hizo un lugar fatídico en la historia colombiana al asesinar a uno de los grandes líderes políticos del momento: Jorge Eliécer Gaitán. Torres nos cuenta una versión de este ser humano superado por la desventura, la angustia y la desesperación.Esta obra escrita de manera magistral, nos presenta una narración limpia donde los personajes habitan mutuamente sin sentir forzada su aparición; a partir de descripciones exactas y muy familiares para los bogotanos, nos permite fácilmente trasladarnos a los lugares donde la historia de hilvana, Chapinero, El Ricaurte, Santa Teresita, El Centro Histórico, La Séptima.


Pero no solo la recreación espacial toma relevancia, desde el inicio nos ubica en un tiempo: “El viernes 9 de abril de 1948 en las horas de la mañana (…)”. El tiempo de sombreros y gabardinas de paño de los años cuarenta se describe con una sutileza fascinante que sin lugar a dudas nos dejará prendidos de esas imágenes pasadas con las que muchos jóvenes apenas soñamos, los autos grandes y grises de la policía, el ruido del tranvía recorriendo su camino de hierro del Ricaurte hasta llegar al centro, junto con una aguda visualización de aquellos sonidos de rutina aglutinante de la estación de trenes de la sabana, nos enfrentan a un tiempo remoto que muchos solo vemos en blanco y negro.

Trágico, desesperanzado, pobre, loco… muchos adjetivos le caben a Roa Sierra, sin embargo, pocos lo definirían como buen padre, amante o amigo leal, estructurada en cuatro ejes principales, la novela es una ventana abierta al corazón y pensamiento de él. Después de una infatigable racha negativa este decide terminar su lastimera existencia en el fondo del Salto del Tequendama, sin embargo, optando por vivir se encontrará más tarde con el abandono de su esposa María y su única hija Magdalena hecho que lo condena a vivir encerrado en casa de su madre doña Encarnación. Allí, en su cuarto, lo invaden los tangos de Gardel y Goyeneche, los boleros de Julio Jaramillo y Olimpo Cárdenas, mientras su mente divaga en los folletos de los rosacruces que guarda con celo, el espejo derruido de su cuarto revela en su rostro nada menos que la imagen reencarnada del General Santander, consumido por la pobreza, la mediocridad, son poder acceder a un trabajo desde hace más de tres años, se lanza a la búsqueda de guacas y entierros, pero de nuevo, las situaciones lo sobrepasan y devuelven al aislamiento que lo consume día y noche.

Ayudado económicamente por Johan Umland Gert, un astrologo que adivina su suerte y que conoció gracias a doña Encarnación le aconseja que visite a un Gaitán agazapado en sus victorias legales y arropado por la mayoría del pueblo para una eventual lucha por la presidencia, lo despacha sin miramientos y sin aportar solución posible a le precaria situación de él. Decide Roa tomar el destino con sus manos y se arrija a la idea de asesinar a aquel hombre que hasta hace poco admiró: Gaitán. Con su inconsciente jugándole malos pasos llega hasta el barrio residencial donde vivía Gaitán y comienza a fraguar su desquite. Entre fantasmas, conspiraciones, espías, intrigas policiales, cofradías de asesinos, Roa pasa los días deseando que no corran imparables a su impactante final. El revólver se vuelve una obsesión en la vida de este hombre desesperado por la “perra vida que le tocó vivir”. Como salvavidas llega un laburo como conductor de carro en un ‘trabajo’ de suma importancia pero desconocido, representan para él fugarse del destino y de Bogotá, irse lejos con su esposa María y su hija pequeña hasta donde ni el mero recuerdo de su nombre lo persiga.



Miguel Torres


Sin embargo, como todo en su vida, el fracaso le cae pesado en los hombros, lo lleva revólver en mano a la fachada del edificio Agustín Nieto, en pleno centro de la ciudad, un viernes de abril donde la rutina del medio día congrega un sinfín de personas; el café ‘Gato Negro’ en la esquina de la Séptima con Avenida Jiménez, un coche azul oscuro parqueado con la puerta del pasajero a medio abrir, tres hombres con manos entre los bolsillos de la negra y larga gabardina, con la cabeza escondida hasta las narices en un sombrero de fieltro… podrá el lector sentir el miedo y la tensión de Juan Roa Sierra momentos antes de que tres disparos cieguen la vida de uno de los personajes más influyentes de Colombia del siglo pasado y experimentará el miedo que aquel pobre diablo que vivió observando a la turba enardecida dentro de la ‘Droguería Granada’ sin nada más que en su boca invocar a la ‘virgencita santísima’ perder la vida a causa de los golpes de los lustrabotas, sonoro grito ‘¡Mataron a Gaitán!’ termina la historia, no del crimen, sino del criminal, aquel hombre lleno de infortunio, desolación y tristeza que llevó a cabo El Crimen del Siglo.

                                                                                                                                                                         Torres, M., (2006). Crimen del siglo. Editorial Alfaguara.