Colombia. La memoria de un hombre despojado: Los adioses de José, de Víctor Viviescas


Los adioses de José. Autor, director y diseñador del espacio escénico: Víctor Viviescas. Actuación de Fernando Pautt. Asistencia de dirección, producción y diseño de iluminación: Javier Giraldo. Diseño sonoro y música original: Federico Viviescas. Estreno: Bogotá, Casa Ensamble, julio de 2009. Reestreno: Bogotá, Teatro De Garaje, junio de 2011.

Por Gabriel Rudas 

  
Luego de su reestreno en Bogotá, Los Adioses de José, obra del dramaturgo y director colombiano Víctor Viviescas, acaba de terminar su gira por Colombia y Venezuela.

La obra de Viviescas aborda un tema difícil: explorar cómo la miseria, la injusticia y la violencia configuran, o mejor, desfiguran la vida de un sujeto. La obra, un monólogo interpretado brillantemente por Fernando Pautt, alterna las reflexiones más abstractas con el recuerdo de lo cotidiano y de la miseria que lo va destruyendo. Sin caer en un panfleto político o una alegoría filosófica, y sin dejarse llevar por sentimentalismos, Viviescas explora las huellas que la soledad, el paso del tiempo, el dolor mental y un drama social pueden dejar en la vida de un individuo. 

En un escenario prácticamente vacío (sólo se ven unas sábanas gastadas y una silla maltrecha), hay un hombre viejo, José (Fernando Pautt). Él entra, camina en silencio. No puede respirar. El espacio es probablemente un lugar pobre, pero también puede ser un lugar abstracto. Lo que dice José puede ser lo que se repite a sí mismo constantemente, o unas palabras que dirige al público. No se sabe dónde está José ni qué va a hacer, pero poco a poco se hace evidente que no importa, que lo importante es quién ha sido el personaje, cual es su consciencia.

La historia de José se puede resumir con facilidad. Un obrero de provincia ha emigrado a la gran ciudad huyendo de la pobreza y de la violencia. Pero también es la historia de un padre que ve cómo esa violencia, ahora urbana, le quita lentamente todos sus seres queridos y todo lo que ama. Al final, José no tiene a nadie y todo lo que amaba en su vida le ha sido arrebatado. Sin embargo, el espectador se entera de esto lentamente, siempre a partir de pequeñas pinceladas incompletas que van formando el rompecabezas de la vida de José, una vida de la que sólo quedan unos objetos viejos, unas palabras y unos gestos interrumpidos.

La obra es, pues, un monólogo entrecortado en el que José alterna su discurso con largos silencios. De unas maletas, el personaje saca objetos que enumera y vuelve a guardar: su ropa de trabajo, unas fotos, unos muñecos. Cada objeto lo lleva relatar un momento de su vida, un momento de felicidad o de tristeza que se ha perdido y del cual sólo queda ese objeto viejo que ahora lo tortura. Así, pronto el espectador se da cuenta de que esos objetos representan los recuerdos del personaje y que el inventario de cosas es un inventario de su vida. Pero, más que una recapitulación de hechos, lo que se le presenta al espectador es una existencia fragmentada, una sucesión de derrotas. José es incapaz de contar su vida completa, y siempre tiene que truncar su relato, pues no puede entender lo que le ha pasado ni soportar lo que ahora queda de él. Por eso el lenguaje también es fragmentado e inconcluso.

La puesta en escena hace que toda la vida de José, o más bien, toda la ausencia de esa vida, confluya en ese lugar casi vacío. La ambigüedad de la obra está en que ese lugar puede ser lo más concreto o lo más fantasmal. Así, el escenario puede ser su última morada de mendigo y de desplazado, puede ser la ciudad que le quitó todo y de la que se despide constantemente, harto de una vida ya completamente despojada. Pero también puede ser que José esté en un limbo fuera del tiempo, condenado para siempre a cargar con sus recuerdos en una maleta y unas cajas, un lugar donde el lenguaje mismo lo asfixia y no puede respirar. Por eso, cada tanto grita “¡Adiós!”, como para separarse de ese pasado. También puede ser simplemente un escenario. En el caso de la representación que se hizo en Bogotá, se trata de un garaje que ha sido convertido en espacio artístico. Entonces la otra faceta del texto de Viviescas cobra sentido: José es un actor que reflexiona sobre el tiempo, la historia y la muerte en un individuo.

Este ir y venir, de lo reflexivo y lo alegórico a la representación de una vida, es el gran valor de la Los adioses de José. A través de ese juego aparece el testimonio de un hombre destruido por la injusticia y la guerra, y a la vez la representación de lo que todos podemos ser una vez pase el tiempo sobre nosotros. 

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