Por: Ana Virginia Caviedes Alfonso

Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Barcelona: Random House Mondadori, 2013. 219 págs. 

Desde la primera frase de la novela, “¿Hay una historia?”, se plantea la problemática en torno a la cual gira Respiración artificial, a saber: si la historia oficial es la definitiva o si detrás de ella se pueden rastrear elementos opacados que deban salir a la luz. En la misma forma de la novela, como diría Adorno, está su respuesta activa frente a la realidad de su tiempo. Hay que tener en cuenta que Respiración Artificial fue publicada en 1980, es decir, un año antes del fin de la dictadura de Jorge Rafael Videla.


Los protagonistas se dividen de acuerdo a dos épocas: por un lado, Enrique Ossorio, un secretario y espía del siglo XIX que vive durante la dictadura de Juan Manuel Rosas; por otro lado, el historiador Marcelo, el escritor Renzi, y el filósofo Tardewski, cuyas cartas y conversaciones transcurren entre 1976 y 1977, al comienzo de la dictadura de Videla. Se hace inevitable trazar la analogía entre esos dos momentos de la historia argentina encarnados en los personajes de la novela; Ricardo Piglia no los situó en estas épocas de manera gratuita, hay efectivamente un cuestionamiento acerca de la historia. Y, por la forma de la novela (las cartas, las conversaciones, la invención de Ossorio como persona histórica), pareciera que ésta última fuera una suerte de Archivo, que el lector tuviera que organizar para darle sentido. Lo mismo ocurriría con la historia, desde el punto de vista que sugieren la forma de la novela y el epígrafe que la inicia: la historia no está dada, no es un transcurrir de sucesos causales, ordenados, sino un torrente de acontecimientos sin sentido que hay que observar para comprender el pasado y el presente.

El cuestionamiento de la historia por parte de Ricardo Piglia, llega tan lejos que pone en duda el mismo fundamento en que se ha basado ésta para ser escrita: la racionalidad. Así, en Respiración Artificial la crítica a la racionalidad se plantea como el señalamiento a los desastres que han provocado los seres humanos que se han basado en ella para servir a sus intereses personales, empleando demostraciones “racionalmente lógicas”:

Mein Kampf era una suerte de reverso perfecto o de apócrifa continuación del Discurso del método. Era el Discurso del método escrito […] por un sujeto que utiliza la razón, sostiene su pensamiento y construye un férreo sistema de ideas sobre una hipótesis que es la inversión perfecta (y lógica) del punto de partida de René Descartes. […]. Los dos eran monólogos de un sujeto más o menos alucinado que se disponía a negar toda verdad anterior y a probar de un modo a la vez imperativo e inflexible, en qué lugar, de qué posición se podía (y se debía) erigir un sistema que fuera a la vez absolutamente coherente y filosóficamente imbatible. […]. ¿Podría ser ese libro considerado como una flexión final en la evolución del subjetivismo racionalista inaugurado por Descartes? (191-192). El relato de Hitler muestra cómo se ha canonizado y cómo han envejecido las formas de discurso inauguradas por Descartes (194).

Desde esta perspectiva, en Europa el racionalismo iniciado por Descartes habría desembocado en Hitler (ya no usando la razón de manera ética sino de manera útil y productiva); y, dado que lo europeo siempre se ha intentado imitar en América, desde la llegada de los españoles -y aquí encuentro también el cuestionamiento acerca de la identidad latinoamericana-, el conocimiento traído de Europa, el racionalismo, igual que allá, desembocó en dictaduras, como la de Rosas y la de Videla.

La crítica a la razón llega a tal punto que se desmitifica, y se pretende como el rechazo a la fe ciega en ella. Por ejemplo, la razón llega a ser de cierta manera inútil en momentos extremos como en el que se encuentra Tardewski. La razón no debe idealizarse, porque ésta no basta para existir, hay que atenerse a lo material, no sólo a lo teórico. Si se necesitan medios económicos inmediatos para poder comer no sirven de nada las reflexiones:

Situación grave; estoy sentado en la cama, como Descartes en su sillón frente a su filosófica chimenea en Holanda. Pienso, luego existo. De acuerdo, pero no tenía un centavo. Todas las otras pérdidas tenían un sentido trágico, una cualidad, digamos así, simbólica: la lengua natal, la patria, los amigos. Pero ¿y el dinero? Sin dinero, ¿cómo iba a hacer, no ya para pensar, sino, más directamente, para existir?” (182-183).

Ahora bien, la racionalidad implica la fe en los documentos escritos que supuestamente brindan objetividad; por eso dice Marcelo: “los hombres que vivían en esa época [el siglo XVIII] todavía confiaban en la pura verdad de las palabras escritas. ¿Y nosotros? Los tiempos han cambiado, las palabras se pierden cada vez con mayor facilidad, uno puede verlas flotar en el agua de la historia, hundirse, volver a aparecer” (32). Pero la historia tiene que ser consciente de que, como dice Hyden White, la invención también desempeña un papel en las operaciones del historiador1, por lo cual es absurdo pretender que los documentos hablen por sí solos de un momento histórico; siempre hay alguien que los interpreta, les da vida, orden y totalidad.

Sin embargo, por este carácter inventivo de la historia, tampoco se pretende reducirla a lo meramente ficcional; es decir, ya que la mirada hacia el pasado procura una utilidad de mejora en el presente, no se pueden dejar de lado los sucesos que efectivamente ocurrieron: “no podemos desconfiar de la resistencia de lo real o de su opacidad” (32), es decir, de lo que ha pasado a pesar de que haya sido negativo o de que no deje ver claramente otras cosas. Por esto, Marcelo señala la metáfora de Kant que aquí coloco completa: “La ligera paloma, que siente la resistencia del aire que surca al volar libremente, podría imaginarse que volaría mucho mejor aún en un espacio vacío. De esta misma forma abandonó Platón el mundo de los sentidos, […] se atrevió a ir más allá de ellos, volando en el espacio vacío de la razón pura por medio de las alas de las ideas. No se dio cuenta de que, con todos sus esfuerzos, no avanzaba nada, ya que no tenía punto de apoyo […]”2. Y agrega Marcelo, “en el telar de esas falsas ilusiones se tejen nuestras desdichas” (33). En otras palabras, en el mal conocimiento de la historia se vive en una ilusión que nada tiene que ver con la realidad, en un presente inexplicable desconectado del pasado; y en la realización de esa ilusión se puede caer en el error y convertirse en catástrofe, como la dictadura de Videla. Aquello que nos permite avanzar es también aquello que nos limita. La realidad opone resistencia a la ilusión, pero no se puede pretender cambiar el mundo sin conocerlo. Aquí radica el énfasis de Marcelo por la “mirada histórica”, una dialéctica entre pasado y presente, una forma de apoyarse en el pasado para enfrentar el presente y adelantarse al futuro: “Cómo podríamos soportar el presente si no supiéramos que se trata de un presente histórico; porque vemos cómo va a ser y en qué se va a convertir podemos soportar el presente” (188).

En síntesis, la novela plantea la puesta en duda de la historia oficial, basada en el dato exacto y en la razón, e incita a la reflexión de repensar la historia, a no vivir sin ser conscientes de ella. Siguiendo el epígrafe de T. S. Eliot que mencionaba al comienzo (We had the experience but missed the meaning / an approach to the meaning restores the experience), la búsqueda del sentido restauraría la historia verdadera. A fin de cuentas, la restauración de la experiencia es el intento por encontrar una identidad ya que, como sugerí, la historia oficial ha estado mediada por las herramientas “racionales” europeas. Así, la mirada histórica de Marcelo se pretende como una experiencia vivida, es decir, consciente del pasado, de manera que se podría encontrar su sentido sin traicionar la experiencia pura.

En Respiración artificial, una novela tan compleja -de la cual dejo por fuera muchos aspectos (como la presencia de la oralidad, las críticas literarias de varios personajes)-, se pone en duda y se manifiesta una posición desencantada a los ideales de la modernidad; constituye, como he resaltado, una gran crítica a la escritura de la historia oficial que ha dejado por fuera importantes aspectos de la realidad, una escritura que ha influido notablemente en la identidad latinoamericana.

1 White, Hyden. (1973). Metahistoria. Fondo de cultura económica: México, 1992. p. 18

2 Kant, Immanuel. (1781). Crítica de la razón pura. Taurus: México, 2006. p. 46-47

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