Muerte de un murciano en La Habana

Dovalpage, Teresa. Muerte de un murciano en La Habana. Barcelona: Editorial Anagrama, 2006. 189 págs.

Por Juan Sebastián Solano Ramírez


Poco importa la esencia imperceptible, importa más la materia perceptible. No es importante ser consciente de la libertad, lo importante es sentir que se puede hacer (más o menos) lo que se quiere. Importa dónde se vive, cómo, cuándo y entre quiénes. Lo importante es, primero, la comodidad del cuerpo; lo demás viene por añadidura. Lo que más importa es el aquí y ahora, y, sobre todo, el tono, el grado, la manera y la forma.

Se puede caer en el prejuicio de juzgar toda obra literaria venida de Cuba como la confirmación del fracaso del socialismo sandunguero. Me permito caer en la facilidad de este prejuicio porque, en efecto, esta novela interpreta la pobreza material del los cubanos como evidencia definitiva de su fracaso como sociedad igualitaria (¿dónde, acaso, ha triunfado una sociedad “igualitaria”?, en Colombia, donde escribo, estamos igual o peor). Muerte de un murciano en La Habana es una novela que confirma que sólo los tontos se quedan esperando a que se hunda el barco con ellos adentro. Sólo los extranjeros ingenuos quieren permanecer en Cuba (o en Colombia), la tripulación, en cambio, no ve la manera de huir.

Tres son los personajes principales: Maricari, la rubia medio tonta que vive con su madre en la absoluta pobreza; Teófilo, el santero travesti que se hace llamar Mercedes; y Pío, el extranjero, viejo, divorciado y lleno de dólares para alegrarle la vida a uno que otro cubano. Ellos tres forman un círculo amoroso que rueda hasta chocar con la fatalidad. El encuentro de los tres marca el inicio de fuertes cambios que transforman el modo de vida de cada uno, especialmente para Maricari, quien pasa de vender muñecas de trapo en la calle a ser la derrochadora de dólares que su madre y ella misma soñaban. También para Teófilo, quien abandona sus trapos de mujer; y para Pío, quien se siente rejuvenecer junto a Maricari.

El diagnóstico de la contemporánea sociedad no se limita exclusivamente a Cuba. Más bien, el ejercicio permanente consiste en contrastar a la isla con la lejana península. Un lugar mejor y uno peor. La pobreza de la una y la opulencia de la otra son el leivmotiv permanente. El deseo de abandonar el país no tiene, para Maricari, un motivo ideológico o político. La novela tiene la capacidad de obviar esa discrepancia, mostrando los efectos más prácticos de la pobreza material cubana. Pío, el adinerado español, el murciano, se transforma en algo parecido a un marciano: venido de partes desconocidas, venido para alimentar la ilusión de los cubanos, posee los dólares tan escasos y apreciados. La extranjería de Pío es radical y se basa casi exclusivamente en su capacidad de consumo, nunca en prevenciones ideológicas.

La Cuba que interpreta la autora de Muerte de un murciano en La Habana es territorio propicio para la llegada de marcianos. Los turistas alimentan la ambición que se tiñe del color verde de los dólares. Desde la primera página se retrata la idea de exotismo sexual que pesa sobre la isla: los visitantes extranjeros (los marcianos como Pío) no vienen simplemente de vacaciones: “...el noventa por ciento de los tíos venimos a Cuba a follar”, dice un español cualquiera al inicio. Hay unas descripciones muy bien logradas del apartamento de Maricari y su Mamá (Concepción) que generan en Pío la sensación de haberse estancado cincuenta años en el tiempo, y proporcionalmente, la visión del apartamento reluciente y moderno de Pío le da a Maricari la ilusión de haber viajado cincuenta años hacia el futuro. Se trata de dos mundos totalmente distintos que entran en tensión, dos mundos que no necesitan compararse con el fin de hacer una elección. Para la madre de Maricari no hay mayor conflicto: el paraíso del murciano/marciano Pío es el mejor, por eso ofrece a su hija sin mayor lío.

Esta novela confirma el desmoronamiento moral definitivo de la sociedad cubana en el siglo XXI. Si Cuba representó alguna vez el depósito de dignidad para América Latina, actualmente parece ser un contenedor, a punto de reventar, de indignidad (bueno, en general América Latina renunció alegremente a su dignidad). No hay en la novela grandes conflictos ideológicos, ni conciencia de clase, ni de la historia, porque los ciudadanos cubanos de a pie no comen ideología, no comen esencia, ni conciencia de libertad. La jama primero, como diría Maricari. Ya no hay clases sociales sino noveles de consumo, y quien más consuma es mejor ciudadano, es más atractivo y mejor. La pobreza material de los individuos es el único criterio que valida o invalida el éxito de una sociedad.

Tan llenas de sentido están en esta novela las descripciones de neveras vacías, de los miserables apartamentos, de las ropas viejas, del abandono general, que el único conflicto real de esta novela (y en la vida en general) es la pobreza intolerable que quita las posibilidades de vivir libremente y en comodidad. Para Maricari y para su madre la única manera de escapar de su desdicha fue la llegada del murciano/marciano Pío, pero todo volverá a tierra, la ilusión de Europa se desmoronará cuando un murciano muera en la Habana.

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