Una y cincuenta y un puertas


Estrada, Lucía. Las hijas del espino. Medellín: Hombre nuevo Editores, 2006. 90 págs.

Por María Fernanda Silva Salgado


Es más bella la mano
al pulsar una cuerda invisible
L.E.

Una y cincuenta y un puertas se abren con el libro. Y el libro mismo es la primera de las puertas. Las Hijas del Espino, de la poeta colombiana Lucía Estrada, merecedor del Premio de Poesía Ciudad de Medellín 2005 es la entrada a un universo poético enigmático y hondo, y a las voces de cincuenta y un mujeres, provenientes de orillas distintas del espacio y del tiempo. Desde el epígrafe de la escritora estadounidense Djuna Barnes, el lector puede atisbar las presencias múltiples que habitan el libro. Se trata de mujeres diversas, que comparten la pregunta por su destino y, en algunos casos, el olvido de sus nombres, la pérdida de su ser más allá de otros.

Los primeros diez poemas están dedicados a mujeres de la mitología griega. Hécuba le dice a Agamenón su temor en ocho versos. Ha visto un cuervo posado sobre las coronas de los reyes. Es un augurio de las muertes que vendrán. Medea se duele por su bondad rota, por el abandono de aquel a quien dice: “cuando vuelvas/ nada reclames”. Eurídice, Circe, Clitemnestra, nos hablan desde ellas mismas. Su sentir, sus miradas sobre los conocidos mitos afloran en cada poema. La voz que se escucha es la de ellas, no directamente la de la poeta. Lucía Estrada no se contenta con escribir sobre otras mujeres; les da la palabra, les abre un espacio en su libro para que digan sus silencios.

Cuatro poemas de gran fuerza son los de mujeres condenadas a la hoguera: Prisca, Doris, Guidasa y Guitamonda. En ellos se devela la serenidad de la palabra poética de Estrada. No hay exaltación de la emoción, no hay sensiblería, no hay ríos desbordados de palabras. La suya es una poesía precisa, en la que se deja ver un trabajo cuidadoso con el lenguaje. Ante la terrible muerte entre las llamas, Guidasa dice: “ahora no tengo ojos/ ni manos/ ni lágrimas en las que puedas/ reflejarte”. El dolor es sugerido, se teje con palabras de gran sutileza pero no por eso de menor expresividad.

Los nombres de algunas mujeres incluidas en el libro pueden resultar familiares, como el de Sylvia Plath o Cosima Wagner, pero otros como Aurore Angelique Rumelin o Catherine Hogarth, exigen al lector una búsqueda. Buscar en la historia, revivir vidas, dar un lugar en la memoria a mujeres olvidadas o recordadas, tan sólo, por ser esposas o amantes de algún artista reconocido. Lucía Estrada nos presenta a una Zelda que no es Fitzgerald, que no se define por el apellido de su esposo, el famoso escritor estadounidense; nos adentra en el mundo de artistas ensombrecidas por sus compañeros sentimentales como la escultora Camile Claudel, quien habría de terminar sus días en un sanatorio, en medio de la paranoia y el odio por Rodin, su maestro y amante. La posibilidad de un hallazgo a través de las referencias a artistas como Varvara Stepanova, Natalia Goncharova o Remedios Varo, es otra de las puertas que abre el libro de Lucía Estrada. Las hijas del Espino se constituye, de este modo, en una reivindicación del lugar de la mujer en la historia, una acción que contribuye a reconstruir los rostros de tantas mujeres sumergidas en el olvido.

En este punto, cabe preguntarse qué hace diferente el trabajo de Lucía Estrada al de tantas y tantos que han contribuido a visibilizar las historias y el mundo interior de la mujer. La respuesta, de forma vaga, podría nombrarse con una palabra: poesía. Y es que Las hijas del Espino no es valioso sólo porque la autora nos abre la puerta a cincuenta y un mujeres y a sus voces, sino porque es un libro de singular belleza, en el que se evidencia una gran conciencia de la labor poética. El lenguaje de Lucía Estrada es depurado, contundente. Cada poema tiene una disposición espacial particular. Los silencios también dicen, tanto como las palabras. Lo negro y lo blanco cobran igual importancia en cada página del libro. El lector podrá encontrarse con la palabra limpia, incluso diáfana, de la poeta, pero también con ciertas oscuridades: “Nada se revela más oculto/ que lo cercano”. Respirará un aire enigmático en algunos poemas. Escuchará augurios y fatalidades: “¡oh rey!/ el Cuervo/ se ha posado/ sobre nuestras coronas”. Podrá dejarse invadir por una voz esencial, por una palabra antigua, como venida del mar primero.

El libro de Lucía Estrada es, en suma, una gran puerta, un libro recomendable para acercarse a una poeta colombiana que a fuerza de pulsar cuerdas invisibles, va dando vida a un universo poblado de noches, silencios, presencias cotidianas, mujeres que “cantan para sí mismas”. Universo de hondura, sentimiento contenido, amargura sutil, dolor de aire. Sin más que decir, lector, te diré ojalá. Ojalá abras la puerta y escuches las voces. Que la poesía te toque, y que la mujer, la que delira, la que canta, la que pinta o sueña, te llene con su voz hasta lo profundo. Que la palabra sencilla te remita a primordiales tiempos y que recorras la mujer desde las letras. Que una y cincuenta y un puertas se abran para ti, si lo decides, lector.


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