EL CORONEL NO TIENE QUIEN LO LEA

Por Jairo Andrés Garzón Daza




García Márquez es pasión, como Colombia. Falso. Tiene lectores apasionados, cosa diferente. Compradores, editores, periodistas, fotógrafos apasionados. Colombia, violenta y furibunda pasión, país novelero, tiene motivo de orgullo en un cierto coronel, veterano de guerra, que no tiene quien le escriba. No tiene quien le reconozca sus sacrificios por la patria ni algún caritativo servidor público que ampare con pensiones vitalicias ni cargos gubernamentales si abandonada senectud. Pero me equivoco: el motivo de orgullo no es el coronel, sino un cierta Márquez, polígrafo nacional y patrimonio de la humanidad. ¿Ya se lo había presentado? Sí, desde el principio; a lo mejor ya lo han visto en fotos en periódicos con reinas de belleza. Pues hay quienes dicen que el coronel de este Márquez, senil y relapso (el coronel, se entiende), es una profunda y magnífica expresión de la esperanza, el valor, la dignidad y el tesón que hincha de orgullo patrio y de sangre el sagrado corazón. ¿Les creemos? empecemos con el juego que más le gusta a los académicos: las influencias de la novela. ¿Cuales? las que ustedes gusten. No se olviden de Homero, Sófocles, Cervantes, Faulkner, Kafka, Rulfo y metan a Feliciano de Silva y a Aristóteles, como por no dejar.

«Pero mejor dinos de una buena vez, reseñador, por qué hemos de leer El coronel no tiene quien le escriba, del celebérrimo Márquez». Mínimo, por amor a la bandera y por no quedar mal con los extranjeros por si acaso les preguntan. Como les dije al principio, es la historia de un veterano de guerra que lleva cincuenta y seis años esperando razón del gobierno que le había prometido una pensioncita. Vive en un curioso país cuyo nombre no se menciona nunca y que se desangra a punta de partidos y burocracias. «¿Qué encontraremos al leer la novela?» Una colombita en miniatura, como para llavero, para tener cerca del corazón. « ¿Cómo es eso?»
Pues sí: está el alcalde tirano y corrupto (pleonasmos ¿eh?) amangualado con el latifundista explotador diabético y sufrido; el cura que censura el cine por supersticiones vanas (políticas, éticas o religiosas es lo de menos; y el autor tampoco nos lo dice, por fortuna). Hay un médico en quien nadie cree pero a quien todos siguen consultando. Un tintero desdentado, embustero y perezoso. Niños y viejos, pobres y ricos, un pueblo entero que gravita en torno a la barbarie brutal de las peleas de gallos sin demostrar la más mínima compasión por los animales. Hay un gallo, redentor, generador de esperanzas, de noble linaje, lleno de promesas, siempre al borde del sacrificio heroico (símbolo de selección de fútbol o de Jesús de Nazaret, digo yo), con más admiradores que resultados. Periódicos clandestinos y periódicos oficiales. Extranjeros que dicen "gato" en vez de "gallo" (¿Cómo traducirán ese truco al aleman?). Casinos, apostadores, verdugos impunes, esposas abnegadas. Un circo de pueblo. Un pueblo circense, una nación circense que ríe a carcajadas del hijo muerto del anciano.

Periódicos clandestinos y periódicos oficiales. « ¿Tanto así? ¿Todos tan malos en la novela? Pero si aquí no somos tan malos; no nos identificamos con lo que dices ¿Seguro que es colombiano este Márquez? ¿No es parisino? Creíamos que hablaba bien y bonito de Colombia, que nos llenaba de orgullo». Como sé que les gustan los redentores, los mesías que les avisen el peso de lo evidente, voy a tratar de darles gusto: el cornel es distino. Encarna la ingenuidad absoluta, digna, valiente, contumaz, aquella que le permite a cualquier compatriota nuestro sufrir todos los dolores simultáneamente sin chistar, durante el tiempo que sea necesario. Es el curioso ser capaz de aguantar hambre, injusticia y males intestinales y aún así decir suspirante «La vida es la mejor cosa que se ha inventado».

Hoy en día dicen que Colombia es pasión. Muéranse de envidia, daneses suicidas: ¿Cómo les parece que en nuestro país pasión y pasividad significan los mismo? El coronel se parece mucho al enfermito terminal que aguanta horas y horas en la sala de espera de los hospitales gubernamentales diciéndose siempre «Si no me llaman dentro de diez minutos, me voy». Dice el cornel: «Estaba pensando que en la reunión en Macondo tuvimos razón cuando le dijimos al coronel Aureliano Buendía que no se rindiera. Eso fue lo que echó a perder el mundo». Sí señor, así son, los conozco. Sé, en mi calidad de narrador omnisciente, que han pensado a la manera del coronel de este modo: «Si no hubiéramos perdido a Panamá... si no hubieran matado a Gaitán... si el barco de silva no se hubiera hundido... si hubiéramos clasificado al mundial... pero el años que viene sí va a ser... en las próximas elecciones sí acertamos... ahora sí, Pinky, vamos a conquistar el mundo... ¿Y qué vamos a comer mientras tanto, Cerebro, perdón, Coronel?» No les contesto; lean el libro, más bien. «Pero, reseñador, acláranos ¿Al fin el coronel es bueno o malo? ¿Es un personaje universal, signo de sófocles, o apenas en hijo de vecino local? ¿Le hacemos estatua por ser tan heroico o mejor lo despeñamos por tozudo? ¿Nos llena de orgullo o de vergüenza?» (Ay, Colombia mártir; con razón te gustan tanto las novelas). Yo digo que los lectores no escarmientan, como tampoco el coronel, ni Márquez, ni nadie. Mejor sigan celebrando la independencia, que ya va para doscientos años que se dicen rápido, pero si les queda tiempito lean el coronel no tiene quien le escriba.

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