Una Intranquilidad Descorazonadora




Una Intranquilidad Descorazonadora
Reseña del Libro Cincuenta Agujeros Negros
Del escritor Roberto Rubiano.

Juan David Cadena


En la solapa de cierta edición remota y olvidada, que descansa amorosamente en la biblioteca, junto a mis otros pocos “rarísimos”, algún editor anónimo comentará la obra del (también lamentablemente remoto y olvidado) cuentista Ramiro Cárdenas, que dio en inaugurar y clausurar toda su carrera con este único libro en 1951 (hay una copia en la Luis Ángel, bastante cascada y bastante inolvidable una vez leída). El comentario en cuestión abre con la siguiente afirmación: <>. Esta especie de equivalencia directa entre una realidad histórica incierta y una creación literaria concreta, viene a arrojar también una luz esclarecedora sobre la obra cuentista de Cincuenta agujeros negros. En un mundo sistematizado por la ciencia progresista, por las telecomunicaciones y por la economía globalizada, la obra de Roberto Rubiano nos bombardea con una serie arbitraria de irrealidades relampagueantes bajo cuya lucidez brilla la sombra de una profunda y soterrada incertidumbre. El estilo rápido; el lenguaje sin excesos; las reglas antojadizas que rigen para las situaciones y los objetos narrados; todos los recursos formales empleados por Rubiano coinciden en revelar acertadamente un momento histórico distinto.
A grandes rasgos, un agujero negro es el producto de una concentración desproporcionada de masa en un espacio excesivamente reducido; de esta concentración resulta, a su vez, una ruptura en la relación espacio-tiempo, una especie de desgarre en la tela de la realidad, un agujero que lleva a lugares insospechados, a universos paralelos, a sucesiones temporales irregulares. Frente a la prosa homogénea y la realidad consecuente de la novela promedio, el cuento propone la desgarradura, la fugacidad, la arbitrariedad del agujero negro en el que colapsa el sentido de totalidad del universo. En el caso de la obra de Rubiano, el título es ya una preparación para esta clase de encuentro inusual. Una serie de dobleces espacio-temporales nos llevarán a experimentar precisamente esto que en la solapa de mi “rarísimo” se define como intranquilidad descorazonadora.
Hay, sin embargo, varias condiciones importantes que deben ser establecidas en el pacto autor-lector para que esta serie de fugacidades se muestre en todo su esplendor. En primer lugar, la autonomía y la independencia narrativa de cada historia breve, deben ser aceptadas como las consecuencias principales de la reivindicación del género del cuento, en la que se inscribe y se esfuerza el mismo Rubiano. En segundo lugar, no se le puede exigir al cuento lo mismo que se le exige a la novela, la maestría de éste reside en su capacidad para crear realidades singulares en pocos trazos; mientras que la profundidad de aquella tiende a aparecer en una extensión mayor, el cuento logra su hondura con recursos súbitos; la sorpresa, la ironía, el absurdo, son sólo algunos de los elementos mediante los cuales Rubiano acierta en explotar el poder hipnótico de sus agujeros. En tercer lugar, si bien se puede caer en decir (pecando de, por lo menos, alguna pedantería) que la historia breve tiende a ser un género ligero y digerible, es necesario tener en cuenta que vivimos en una cultura de lo ligero y lo digerible; la obra de Rubiano está mediada (más allá de sus evidentes antecedentes literarios) por el comercial, el cortometraje, el titular, el cómic, la película (y la novela) policiaca; de aquí resulta que su lenguaje –sencillo, directo, poco matizado- parece no ambicionar a nada más, sino revelar un momento histórico y condensarlo, articulando sus frivolidades y su vacuidad –así como su poder plástico y sus fugacidades- en la estructura narrativa de la historia breve... Acaso leer todo el compendio de cuentos en la clave de los tiempos modernos y postmodernos, nos deja a las puertas de una intranquilidad descorazonadora que luego no admite contentillos, pero he de objetar que esto sucede no tanto gracias a Rubiano, sino principalmente por ser la nuestra una época descorazonadamente intranquila. Si bien puede ser cortazariano, no es un Cortázar... Aunque suene como Raymond Chandler, no logra la poderosa ambigüedad de sus patanes sensibles... Si alcanza la capacidad sorpresiva e irónica de algún Quiroga, falla en cristalizar la inmensa complejidad trágica y los infinitos matices de sus personajes, tan humanos y tan monstruos...
La ciencia dice que ni siquiera la luz alcanza la velocidad de fuga para escapar de un agujero negro, pero la verdad es que pude evadirme del poder atractivo de los de Rubiano; precisamente porque coincide en revelar un momento histórico que se ha quedado sin ambiciones, encerrado en la arbitrariedad de sus reglas, pero sin poder nunca trascender a un momento narrativo más poderosamente conmovedor, Rubiano me deja frente a una serie de lecturas de las que puedo siempre escapar y frente a las cuales no estoy nunca completamente acorralado en toda mi humanidad de lector... Al contrario de lo que me sucede con Ramiro Cárdenas, que les recomiendo definitivamente buscar y revisar, para hallar algún contraste con otro cuentista colombiano que yace ahora olvidado en una angustiosa profundidad (de la que uno mismo no puede huir después de leerlo), me he fugado de estos Cincuenta agujeros negros hacia una verdadera –aunque fácilmente descartable- intranquilidad descorazonadora: La del lector insatisfecho, ávido, sediento de angustia; anhelante de pesada, densa, lúgubre y real intranquilidad. Con todo, me ha quedado el agradable sabor de boca de un gran intento, honradamente estructurado y comprometidamente constituido, cuya lectura definitivamente recomiendo... Traten ustedes de abordar el libro y medir la hondura de cada hoyo negro.

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