Un paseo por la Casa Grande


Por Laura Acero Polanía

Seguramente a los lectores ávidos de un poco de realidad, aquellos tan de moda, que buscan encontrarse un poco de realidad colombiana, les llamaría la atención una novela que, oh sorpresa, no es nada reciente ni tuvo tanta promoción en su época. Sí, frente a esas nuevas historias de violencia sicarial cuyos títulos gritan “¡léanme!, ¡soy sangre, soy realidad!” un lector asiduo de la historia del país puede tomar esta novela de la segunda mitad del siglo XX que, aunque no esté tan lograda como algunos podrían esperar, supera las más actuales y da buena cuenta de esa última parte de la historia colombiana, además de poder explicar un poco mejor por qué ahora nuestra narrativa habla de lo que habla.

Bien, no se trata de que considere que esta novela debe obligatoriamente hacer parte de los “clásicos de la literatura colombiana”, pero sí deseo hacer una corta y sustanciosa invitación para acercarse a La casa grande e intentar un tipo de lectura que permita ir más allá de lo monótono de la narración uniformada (lineal, con pretensiones de realista pero a veces poco verosímil, esquemática) y lo plano de los personajes que podemos observar en algunas de nuestras más contemporáneas novelas, donde la profundidad psicológica no se percibe, cosa que sí rescato de la obra de Cepeda Samudio, además del manejo periférico a la situación y la apuesta por un tipo de desorden cronológico que permite una mirada especial al conflicto de la violencia en Colombia.

La visión de la masacre de las bananeras “sin una gota de sangre, donde la única descripción de una muerte no deja más que el olor a mierda”, como explica García Márquez, nos recuerda que no es necesario respirar la violencia física desde la primera página para percibir lo fuerte de las emociones y la psicología humana. Al leer esta historia, nos encontramos con un maravilloso juego de subjetividades, ruido de voces entre las paredes de la casa y las calles del pueblo, donde el odio es motor de todo tipo de relaciones entre familiares y habitantes. La matanza de las Bananeras adquiere un matiz distinto con Cepeda Samudio, nos traslada hacia una posición más personal, donde los personajes no son simples alegorías de lo bueno y lo malo, sino que son humanos con conflictos internos, quienes de repente trasladan su interioridad hacia la comunidad y marcan su posición política dentro de un conflicto nacional de la manera más válida y quizá mejor lograda dentro de las obras del autor.

Un poco menos trabajada que en el Nobel, es verdad, también, la novela de Cepeda Samudio nos deja la sensación de haber podido contarnos más, de haber podido profundizar más, pero no por ello deja de ser agradable su lectura y, sin duda, no hay arrepentimiento por el breve tiempo que pudimos gastar en su lectura –la mía abarcó unas dos horas a lo sumo-.

Reitero la invitación: los buenos viejos libros, aquellos que quizá creemos redescubrir pero ahí están desde hace tiempo, esos que se olvidan y de repente caen de nuevo en nuestras manos… son a los que vale la pena volver, leer como si fuera la primera vez y quizá realmente por primera vez. En ellos encontraremos cosas quizá más agradables, que dan más cuenta de nuestra realidad que aquellos que tanta promoción y divulgación tienen en las grandes editoriales y seguramente no encontrarán espacio dentro de apenas unos años.

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