“GABO” Y GABRIEL



“GABO” Y GABRIEL

Reseña de El coronel no tiene quién le escriba
Gabriel García Márquez.

Juan David Cadena

Aquel dicho de “a buen entendedor, pocas palabras”, puede funcionar también en dirección opuesta y referirse al autor de un texto escrito, de tal modo que “con buen escritor, pocas palabras”. En el caso de El coronel no tiene quién le escriba es probable que nuestro primer encuentro nos lleve a encarar la frase contundente, el silencio diciente o la metáfora monolítica de un buen escritor. Con precedentes claros en un Faulkner, un Kafka o un Hemingway, esta novela breve de García Márquez aparece cuidadosamente entretejida con la concreción y la sobriedad del lenguaje madurado y la oración seca, sin arandelas, que, sin renunciar por ello a sus posibilidades plásticas, logran recrear la atmósfera seca, árida y adusta de un universo que (como en Kafka, Hemingway, Faulkner) nos choca por su atmósfera absurda, su metodismo castrense y su desintegración del mundo individual... ¿La escribiría Gabriel o “Gabo”?

Francamente, uno no suele pronunciarse al respecto de la “colombianidad”. En tanto colombiano, Gabriel García Márquez tiende a caer, para mí, dentro de la misma categoría que el himno nacional a las seis de todos los días, los canales regionales en la televisión, la “bandeja paisa”, el “Transmilenio”, los dibujitos y exergos en los billetes de peso, las telenovelas y la otra infinidad de cosas “categóricamente colombianas” en los medios, que englobo dentro de esto que llamo “colombianidad”; esa clase de cosas que no son necesariamente chocantes, ni necesariamente agradables, con las que uno acaba lidiando todos los días, si vive dentro de los límites de este país “bañado por dos océanos” o ha pasado más de una tarde en la ciudad de Bogotá, la “Atenas latinoamericana”, siempre a “dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas”. Hasta ahora, mi primer pronunciamiento importante respecto de Gabriel García Márquez (“Gabo” para los que lo conocen de cerca, los que quieren aparentarlo y los que lo nombran en los medios) es, precisamente, incluirlo en este conjunto de cosas que constituyen el universo institucional; allí, entre todos los demás lugares comunes, frases de cajón, “jingles” y verdades populares, con las que se ha construido al colombiano medio –también se le conoce como “mínimo común denominador”-, el más auténtico de todos, el que vemos en los periódicos, la radio, las revistas y la televisión. Gracias al “mínimo común denominador”, a estas alturas, nos resulta inevitable parangonar el <> de Cien Años De Soledad, con el no menos conocido <<¡Oh! Gloria inmarcesible, ¡Oh! Júbilo inmortal>> de nuestro himno nacional, ponderado como “el segundo más bello del mundo”.

El “Gabo” de los medios es a Gabriel García Márquez, exactamente lo mismo que Juan Váldez es al campesino de la zona cafetera; un pastiche, un icono, una alegoría, una semblanza, una representación, una imagen publicitaria. Mientras el primero sale en las fotos de las revistas, el segundo elucubra, escribe libros; así como, en la tele, vemos a Valdez ofrecernos simbólicamente un buen café suave, son el campesino y su mula laboriosa –distante por mucho de la de las revistas, en cuyo apero no aparece ni la más mínima mancha- los que efectivamente ponen el café en nuestra mesa. Así pues, no es raro que resulte difícil pronunciarse sobre Gabriel García Márquez sin diferenciarlo antes de “Gabo”, de la misma manera en que no se puede hablar de lo colombiano sin mandar un poco al traste la “colombianidad”.

Una vez aclarado este punto, cabe pasar a una segunda aclaración: Márquez es un escritor institucionalizado, pero no un escritor institucional; su pluma conservó la autonomía de los escritores a ultranza, que son los únicos de los que finalmente se apropia la institución y se acuerda la historia. En este perpetuo movimiento de desacralización y sacralización que constituye la dinámica de la modernidad, Márquez siempre ocupó las filas de los desacralizadores. No sólo por el cariz de denuncia y de innovación sobre lo cotidiano que ha tenido siempre su literatura, sino además por el intenso trabajo y el tesón con los que construyó sus escenarios literarios y sus personajes, en detrimento de tradiciones literarias anteriores. Por encima de cualquier alusión al genio o al talento, la prosa de Márquez siempre me ha hablado de la consagración, de la redacción laboriosa, del inagotable trabajo con el que un escritor hace literatura “de verdad”, literatura seria, comprometiéndose con una labor que hasta nuestros días, a manos de los diversos malentendidos a que dan lugar los medios y el materialismo occidental -que son precisamente los estamentos sagrados a los que el desacralizador se enfrenta- pasa por aparecer como oficio de bohemios, locos y holgazanes. El primer paso para una literatura autónoma, lo ponen la consagración, el trabajo y la intransigencia. Márquez tuvo estas tres cosas; tomó en serio su labor muchísimo antes de que todos los demás lo hicieran, y sobre eso fundó su autonomía.

Aunque hoy más de uno en la nueva generación –en la que me incluyo- tienda a ser despectivo –incluso crudamente insolente- con la figura de Márquez, también es cierto que es ése uno de los más patentes síntomas de su triunfo. Hoy asistimos a un Márquez sacralizado, asimilado dentro del sistema al que debemos oponernos, el sistema que debemos cambiar, criticar y deponer, el sistema del que debemos apropiarnos, pero ello sólo pasa en tanto –en su momento- esta misma labor desacralizadora de apropiación fue exitosamente lograda por la pluma del que tantos, hoy, conocen como “Gabo”. No hay que olvidar que después de la desacralización siempre aparece un reflujo de sacralización que asimila la resistencia; eso pasó entonces, pasa ahora y volverá a pasar.

En El Coronel no tiene quién le escriba encuentro un ejemplo importante, sobre el cual establecer una diferencia entre “Gabo” y Gabriel. Si asumimos al primero como el momento comunicativo y mediatizado de la escritura y al segundo como la facción mimética y creativa del escribir, capaz de explotar un lenguaje cuyas profundidades rebasan la instrumentalidad de la comunicación, damos en cómo la frase elaborada se nutre de las convenciones y las reconfigura sin concesiones, del mismo modo en que Gabriel transforma irrevocablemente a “Gabo”. Un gallo es la esperanza, pero la esperanza ni siquiera es tal; el octubre invernal se convierte en la fantasmagórica sensación de “huesos húmedos”; el formal coronel es su propia espera, pero la espera es también la disolución (la palabra “Mierda” obedece, probablemente, a un momento mimético final, en el que la instrumentalidad lingüística desborda en el caos). ¿Qué, si no la consagración, hizo posible tal grado de realismo, tal grado de veracidad, de densidad y opacidad, incluso en sus creaciones más fantásticas? ¿Qué más, si no eso, las hizo casi palpables? ¿Qué, si no un largo trayecto de esfuerzos, le permite ahora aparecer como sublimado, como mezclado, dentro de toda la idea de lo colombiano, dentro de la “colombianidad”?. Unos pocos años después de la publicación del inolvidable libro de Cervantes, no era raro ver gentes del pueblo disfrazadas como Sancho y don Quijote durante los carnavales. En nuestros días es muy común escuchar personas que califican varios trámites y oficinas burocráticas con el adjetivo –de sentido harto equívoco- de “kafkianas” (alguien me comentó hace un tiempo que la forma más castiza es “kafkaiano”).Ocasionalmente alguna cosa horrible y espectacular es llamada todavía “dantesca”.

Es extraño, escribir líneas que parecen intentar reivindicar a un personaje que no admite más reivindicaciones; porque, ya lo dije, la tele, la radio, la prensa, el Nóbel, todas estas cosas parecen haberle legitimado desde hace tiempo, a un grado tal que cualquier legitimación adicional resulta en un exceso atosigante, como atosigante ha sido la reciente algarabía en torno al aniversario de cuarenta años de publicación de Cien Años De Soledad. Gabriel García Márquez será superado, debe serlo. Pero no hay que olvidar que al que queremos deponer, criticar y destruir, es al celebérrimo “Gabo” que los medios han entronizado y creado, mientras que de Márquez podemos calcar modelos de dedicación y esfuerzo inseparables de la figura del escritor. En el mismo ejercicio de desacralización, otros escritores podrán plantear sus propios movimientos de renovación y construir un porvenir siempre vastísimo.

Ya que no a “Gabo”, he leído a Márquez. Siempre me han gustado sus personajes impenetrables; unos profundamente patriarcales y otros matriarcalmente profundos. Siempre he admirado el gusto por el experimento –no siempre afortunado- que le fue característico en cuentos como los de La Mala Hora, Los Funerales de la Mama Grande, o La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada; el elemento “no literario” que hace de la mayoría de sus obras realidades autónomas y encerradas en sí mismas, en las que, sin embargo, penetra la realidad de todos los días, la que no sale en los medios y subvierte la “colombianidad”; la vívida plasticidad de su descriptiva. En la novela del coronel también me encuentro con estas cosas que me gustan, allí donde el poder renovador del lenguaje me lleva a encontrarme con el eterno “pueblo paralizado en la siesta dominical” que siempre está relativamente lejos del mar, retomado una y otra vez por Márquez, pero siempre haciéndolo de nuevo singular, misterioso e interesante.

Claro que el Nóbel es un evento comercial, un asunto de agentes literarios más que de literaturas. Claro que estamos cansados de la repetición que del nombre de Márquez se hace en todas partes. Claro que es ridículo que una generación de escritores se defina por contraste con un solo escritor. Claro que la fama es el premio y el lastre principal de la labor artística; Proust hablaba de la manera casi arbitraria en que una obra cualquiera es rescatada a la posteridad, el escritor no escoge estas cosas realmente, el escritor escribe. “Gabo” es un figurante, una figura corporativa, creada por algo tan ambiguo –tan arbitrario- como la “opinión pública”. Gabriel García Márquez es un escritor. Al primero lo veo cuando enciendo la televisión u hojeo alguna revista. Al segundo, lo conozco cuando leo sus libros. Otra reflexión importante, del mismo Proust, nos recuerda cómo la costumbre es una celestina mañosa que entorpece los sentidos y, bajo la forma del hábito, nos aleja de la auténtica sensación del mundo. Cuando uno rebasa la película de la costumbre (en este caso “Gabo”) que recubre todas las cosas de nuestra periferia, reencuentra la experiencia (en este caso, la lectura, el libro) en toda su plenitud, en toda su intensidad. En lo convencional, en lo ordinario, subyacen claves, agujeros de sentido, en los que se instala y se sustenta lo extraordinario, enrareciendo el registro de la realidad y convirtiéndolo en mímesis... Alguna pasaje en El coronel no tiene quién le escriba, casi cualquiera, puede ilustrar este enrarecimiento: Las frases “Pasó varias veces frente al coronel sin mirarlo. Sólo lo descubrió cuando salieron los peones”, no sólo referencian un par de acciones, sino que nos permiten entrever, silenciosamente, diversas relaciones de sentido; un coronel fantasmagórico, reducido a sombra; la deliberada intención de su compadre por no notarle; la espera y el advenimiento postergado que estructurarán toda la novela. Así como Márquez parece enriquecer la convención durante sus narraciones, los invito a que lean cualquiera de sus novelas tempranas (la del coronel es tan apropiada como cualquiera) para permitirse enriquecer al “Gabo” monolítico de la “colombianidad”.

De todas formas. hay cosas necesarias; es una suerte que los medios continúen proveyéndonos de material para hacer apologías y diatribas, ya que ambas cosan resultan tan terapéuticas y entretenidas en una realidad apretada y policromada, que se basa en el principio de la diferencia. Y, si bien afirmé en un principio que el “Gabo” de los medios era una figura creada con fines publicitarios, comerciales e institucionales, mientras Gabriel García Márquez era el que escribía libros, he de confesar, para acabar, que leí Memoria de mis Putas Tristes… Al parecer Gabriel García Márquez se retiró justo en el momento en que a este “Gabo”, ilusorio, soso y emancipado, le había dado por empezar a escribir libros. Eso también se lo tenemos que agradecer.

Comentarios

Alejandro dijo…
No conocía este espacio y no quiero irme sin dejar un comentario. Los felicito por su trabajo, es uno de los pocos blogs serios de nuestro país en que se reseñen libros. De igual forma los invito a visitar mi propio ejercicio crítico en La Pasión Inútil, donde hace algún tiempo tuve la oportunidad de publicar algo sobre este mismo libros.

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