De bellacos, herejía y pintura en la Nueva Granada

Sobre La tumba del Faraón de Andrés Hoyos
Por Miguel Ángel Castro Caballero


Escribir sobre el pasado tiene sus condiciones. Escribir permite acceder a lugares que de otra forma son inaccesibles. El recurso de la imaginación es inevitable y más en manos de los escritores y escritoras: su buen uso puede provocar aventuras excelsas, diálogos enriquecedores y reflexiones hondas sobre la existencia humana. Su exceso puede llevar a un lector desprevenido a abandonar un relato; es un arma de doble filo que se aprende a usar poco a poco. Cuando se empieza una novela se convive con este riesgo y es lo que ocurre con La tumba del Faraón, una novela de narración densa en algunos capítulos a causa de los periplos de sus personajes, escrita por Andrés Hoyos.

La tumba del Faraón es la historia de un pintor de padres españoles que creció en las gélidas tierras de Boyacá a finales del siglo XVII. En la década de los cincuenta a causa de un sismo en Bogotá, se derrumba una de las alas del convento de benedictinos en Usme. El cual puso al descubierto un cuarto clausurado del que no se tenía conocimiento. En su interior encontraron un tríptico y un díptico, once lienzos y 120 páginas escritas a puño y letra por el pintor Íñigo de Vistahermosa y Santos. Por orden del fray Pablo Miguel, el fray Lucas Tadeo se encarga de examinar los documentos y pinturas.
La novela es el informe detallado de las reflexiones de Fray Lucas sobre el material encontrado –cuyo nombre asignado a ese arrume de papeles es La Hojarasca–, los lienzos y la reconstrucción de la vida de Íñigo, sus padres, amigos, amantes, enemigos y uno que otro bellaco de la época.

El uso del lenguaje es uno de los aspectos más llamativos de la narración, pero al mismo tiempo se convierte en su talón de Aquiles. La rima y la sonoridad cautivan al lector. La prosa de Andrés Hoyos en esta novela es rica y el juego de palabras tejidas invita al lector a ser cuidadoso con las páginas en sus manos. Por ejemplo, cuando fray Lucas se dispone a reflexionar sobre su labor nos relata: “será menester, por lo tanto, de hacer a un lado los arreos del hagiógrafo y en vez de evaluar dilemas de pulcritud al tenor de los abogados simultáneos de Dios y del enemigo malo, como se hace cuando de canonizar se trata, ponernos a la engorrosa tarea de ir decantando una trayectoria como la de Íñigo” (pp. 19). En algunas ocasiones se siente como si estuviéramos leyendo un documento de la época. Los diálogos entre los personajes y las referencias hacia la Nueva Granada construyen un ambiente para imaginar las peripecias de Íñigo.
Los puntos más altos de la narración se alcanzan en las descripciones realizadas de los lienzos de Íñigo, donde la palabra se fusiona con la poesía e invita al lector a imaginar los demonios, los ángeles-campesinos, los follajes y las vírgenes retratadas por la mano de nuestro pintor. Es así como en el lienzo La visión de san Hugo, se observa “manifiesto un deseo de escape y un elogio del silencio… expresa por primera vez su curiosa idea de que los ángeles no son los elegantes soldados de Cristo que la teología proponía, sus mensajeros altivos, sino unos albañiles regados o pajes del cielo”  (pp. 122).                                                                                                                                 
El uso poético de la palabra en boca de fray Lucas tiene límites. Exagera este recurso, lo que convierte a la narración en algo lento y pesado, desesperante en algunas ocasiones, al punto de provocar que el lector deje de lado la historia y tome otro libro del estante. Sin embargo, si el lector persiste podrá apreciar escenas cargadas de ironía y mucha herejía. Creo que decir “mucho” es poco, la novela ironiza y convierte en su saco de boxeo a las creencias religiosas puestas en práctica durante periodo colonial en la Nueva Granada. El pincel de Íñigo es una alegoría de la herejía y los conflictos religiosos de su tiempo y, en donde Andrés introduce creencias contemporáneas –sentidos existencialistas sobre la vida humana y del bien y el mal– para verlas jugar con el ambiente católico del siglo XVII.
La tumba del Faraón es una novela histórica irónica y cómica con el pasado. Por medio de fray Lucas se reflexiona sobre el oficio del escritor y del material a su disposición para crear historias. La escritura del pasado devela, descompone, descubre, sugiere, invita, perfora…”la escritura representa aquélla, la más acendrada forma de la mentira, que es la verdad a medias, la mentira ingeniosamente depurada a partir de la verdad” (pp. 307). Escribir le permite (des)componer los haces de luz fragmentados por el prisma de la vida. Andrés Hoyos en su novela pone de manifiesto las relaciones particulares que como humanos ponemos en práctica en los actos creativos (como la pintura o la escritura): transformar lo mundano en “algo incorpóreo y metafísico” (pp. 159).
Como dije, la lectura de La tumba del Faraón es alegre y pesada, ambigua y desesperante, cómica y aburrida. La visión del mundo de Íñigo se transfiere a la escritura de fray Lucas (lo humano es caos, una representación muda y trágica de la vida) y por tal motivo, el lector de esta novela estará tentado a abandonarla en cualquier momento. Pero si se le da a una oportunidad, encontrará una historia cargada de humor y reflexiones hondas sobre la vida, el bien y el mal, la existencia humana, la política colonial, el ser artista en la época moderna y mucho más.

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Hoyos, A. (2000). La tumba del Faraón. Planeta Colombiana Editorial. Bogotá.

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