Enlazar el hilo de la memoria

Sobre El gato y la madeja perdida de Francisco Montaña
Por Zully Pardo


“… Hay dos cosas que podemos hacer con lo que ha pasado en nuestras vidas. Recordarlas u olvidarlas. Y a mi modo de ver, la mejor manera de recordar es comprendiendo”.
¿Cuál es el inicio de la memoria? ¿Dónde se encuentra el principio de ese hilo enredado que teje nuestros recuerdos, los une, les da forma? Conocemos cuál es el extremo, nuestro presente, pero nunca llegaremos al inicio “porque antes del ovillo está la madeja y en el corazón de la madeja seguramente reposa una oveja que va a terminar en la tierra y viene de otra oveja de la que han nacido más madejas”. 
Una de las largas y oscuras hebras del complejo hilo de la memoria colombiana es relatada en El gato y la madeja perdida, la novela de Francisco Montaña Ibañez publicada bajo el sello Alfaguara en 2013. Su marco: el asesinato sistematizado de los líderes de izquierda durante los años 80 y 90; la historia: los días de duelo de Ana María, una chica de 15 años cuyo abuelo —concejal y líder de la UP— es asesinado “de un roquetazo” mientras se desplazaba en su vehículo por la autopista norte, en Bogotá. 
Ana María narrará la confusión de los días posteriores, el duelo que tendrá sus raíces no solo en el magnicidio de su abuelo sino en la disolución de su familia, pues por un lado sus padres han decidido separarse y, por el otro, es muy probable que todos tengan que irse a vivir a otro país. Además, la relación con su hermano no es la mejor, su mamá ha caído en una depresión profunda, el alejamiento de su mejor amiga parece ser inevitable y la atracción por su profesor de matemáticas es cada vez más fuerte. La adolescencia no es fácil, pero bajo las condiciones de “Anita”, parece ser aún peor.
En medio de la soledad del duelo, un acto catártico colectivo en el colegio le dará un nuevo sentido a su propia pérdida: una jornada de memoria donde los chicos compartirán su dolor: “Un niño al que nunca había visto se convirtió después de su relato en un niño con pasado, con un pasado que hacía parte de todo lo demás que hacía, ya no era esa parte oculta que nadie veía, sino una que podíamos imaginar. Eso lo había hecho a él y a todos los demás seres distintos”, dice Ana María. 
Estos testimonios de chicos en el libro se enmarcan en la estrategia de exterminio de la izquierda forjada por la inteligencia del Ejército y el Estado colombianos: el Plan Golpe de Gracia quiso eliminar a todos los militantes y simpatizantes de la Unión Patriótica en el país. Al hacer de este momento el escenario para la novela, El gato y la madeja perdida denuncia la injusticia y la impunidad de estos crímenes políticos, y le da voz a los entrevistados que hicieron parte de la investigación del proyecto Esperanza Salvaje, financiado por la Universidad Nacional de Colombia. 
En medio de una oferta editorial para el público juvenil en donde priman las sagas comerciales apegadas a la ficción y la fantasía, llama la atención esta narración juvenil que le da una voz literaria a una situación sociopolítica que todavía es una herida abierta, una realidad que aún no había sido escrita —para chicos— términos literarios, no pedagógicos.  Además, es relevante que una editorial comercial como Alfaguara le haya apostado a esta obra y que, a través de esta estrategia, llegue a cientos de lectores por medio del plan lector escolar. 
Montaña sabe cómo escribir para jóvenes, sabe ponerse en su piel y también sabe escribir, o mentar, unas cuantas verdades.Su madurez como autor no solo se evidencia en las más de quince obras publicadas con editoriales comerciales e independientes desde 1997, sino en el tratamiento cuidadoso, respetuoso y bello de temas complejos de la infancia y la adolescencia.
Ahora bien, aunque el tema es una de las grandes fortalezas del libro, el ritmo de este a veces se ve afectado. Los sueños, que son una constante, exponen el estado de aletargamiento de la protagonista, pero también ralentizan la historia y enredan la madeja sin aportarle al texto. Además, la voz de Ana —aunque auténticamente juvenil— no se logra sentir del todo femenina. La relación de ella con su feminidad, con su cuerpo, con su aspecto, con su poder de atracción se pasa por alto y el desarrollo de su amorío con Ricardo genera expectativas que se resuelven de manera secundaria, incluso tangencial. En ese sentido es más fuerte la descripción del carácter adolescente, masculino y un poco animal de Carlos -el hermano de Ana- a quien compara con un armario desvencijado, con un toro, con un adulto, con un rastreador.
También parece difícil que la voz del autor no se superponga a la de la joven narradora, especialmente en la exposición de los episodios históricos que, aunque están lejos de sonar recitados como en clase de Sociales, no se sienten auténticos en la voz de Ana. 
No obstante, esta es una novela sin igual. El tema es original, el tratamiento es serio y respetuoso y es fácil vincularse emocionalmente con los personajes. El desenfado en el lenguaje le permite a Montaña contar responsablemente, pero con fluidez, un fragmento de la historia de Colombia a través de la mirada de una quinceañera. Es destacable el tono que maneja y que logra generar atmósferas emocionales a partir del uso de imágenes de la cotidianidad: el abandono a la tristeza representado en la pega del arroz viejo o el masacote de pasta, el tinto que se enfría en medio de una charla, incluso la repetición de la palabra “roquetazo”, que le da un carácter de crueldad y de mensaje público al asesinato del abuelo. 
Resta esperar de este autor las nuevas entregas de esta prometida trilogía dedicada a la izquierda en Colombia. Nuevas hebras para la infinita madeja de la memoria que se entreteje entre zarpazos y búsquedas de hilos.

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Montaña, F. (2014). El gato y la madeja perdida. Alfaguara.

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