"Angosta" Más real que la realidad.


Reseña de:
"Angosta" de Héctor Abad Faciolince.
Por:
Andrés Felipe Serrato.

Bogotá, Medellín, Cartagena, Cali, Barranquilla. La construcción de la ciudad en la producción novelística de los últimos años en Colombia no ha sido ajena al interés que despierta la configuración de un escenario en el cual transcurra el hilo argumentativo que articula toda narración. Los personajes, las situaciones, incluso las reflexiones que se desprenden del texto de una u otra forma están emparentados con la atmósfera y los lugares que sitúan al lector en un espacio determinado. No pocas veces este importante elemento entra en consonancia con la realidad tanto del lector como de la persona que escribe la obra. Sin embargo, estas elementales consideraciones parecen no ajustarse efectivamente en el marco de la narrativa nacional reciente.
Pese a que buena parte de las temáticas actuales de la novela hacen referencia al ámbito de lo urbano, con todas sus características, personajes y situaciones, cabe señalar dos aspectos que emergen notablemente en las más recientes obras. En primer lugar, como todo día trae su noche, asimismo el tratamiento de un tema determinado tiende a agotarse pronto en la medida en que surgen nuevas preocupaciones, nuevas preguntas e inquietudes, y búsquedas narrativas que de una u otra forma escapan del marco en el que han transcurrido. En el caso colombiano, el torrente de miradas sobre la ciudad no sólo ha terminado por agotar un tema que bien hubiera podido tener un más amplio alcance y una mayor exploración. La saturación de la denominada novela urbana, ha dado lugar a un proceso creativo torpe, balbuceante, que parece no tener conciencia del hálito jadeante que posee, y finalmente se ha quedado embarcado en la índole de lo convencional. Es esta la segunda consideración a tener en cuenta.
¿Cuestiones del mercado, que hoy por hoy es árbitro y juez en relación con el único y absoluto camino que ‘tiene’ que tomar la literatura?¿No será también que el entorno intelectual de los nuevos autores no va más allá de las calles del parque de la 93, los latifundios urbanos del barrio El Poblado y los torreones de Bocagrande?¿Será que estamos ante la frivolización de un oficio, más preocupado por vender y hacer parte del soso jet-set nacional, que por escribir buenas novelas? Todos los escenarios son posibles.
Hagamos un ejercicio interesante: un lector extranjero, quien no tiene mayor información sobre nuestro país, encuentra en las novelas nacionales de los últimos años un valioso itinerario, teniendo a las ciudades colombianas como protagonistas. De la misma manera como podría recorrerse Londres siguiendo los pasos de Dickens o San Petersburgo de la mano de Dostoievski, nuestro lector extranjero emprende un recorrido por el paisaje colombiano a través de sus obras. Dado que Macondo bien puede hallarse en cada población latinoamericana, el destino serán ahora las monumentales y caóticas metrópolis que parecen no tener lindero alguno para detener su extensión. Por ejemplo, al preguntarle a este foráneo visitante acerca del periplo en Bogotá que le ofrecieron las novelas que leyó, su respuesta no deja de ser asombrosa y desalentadora. Allí conoció a un insoportable seudo intelectual que vive por los lados del Parque Nacional (“cuando habla pareciera como si estuviera haciendo del cuerpo”, dice), le presentaron a una pareja homosexual de un apartamento en Chapinero, estuvo con el bohemio cantinflesco que parece encarcelado en el barrio La Candelaria (“también cuando habla me recuerda mucho al intelectual”, dijo), conoció al estudiante de la Universidad Nacional de mochila y camiseta del Ché Guevara (“parece que todos los de la Nacional se quieren ir de guerrilleros”, decía asombrado), y conoció también al ejecutivo con su enorme camioneta, sus ‘amigos’ de negocios y sus ‘jubilosas y voluptuosas amigas’ de festín (“sólo hablaba de dinero, y hablaba de una mercancía que había que despachar”)… Pobre extranjero. ¡Tremenda imagen la que se llevó de Colombia!
Puros lugares, situaciones y personajes comunes. Esta parece ser la insignia a la que se debe obedecer en los tiempos actuales. No hay memoria histórica, exiliada de las páginas que venden, venden y venden. Sólo hay un discurso, nada cuidadoso con el lenguaje, como si la obra literaria quisiera ‘susurrarle al oído’ a un lector analfabeta (¡vaya contraste!). La élite intelectual hace gala de su vanidad, excluyendo las voces de aquellos que no pueden hablar y participar del diálogo nacional.
Sin embargo, no todo desierto es árido. Las consignas anteriores se pueden confrontar con las de algunas obras que de una u otra forma han escapado a ese molesto esquema actual. Obras que prometen, que alientan a quienes el día de mañana quieran dedicarse a escribir, a crear buena literatura. El caso de Angosta, del escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince, es un ejemplo esclarecedor. Su lectura no quisiera abandonarse, en la medida en que el andamiaje que articula toda la novela, resulta un experimento novedoso y ambicioso que pocos proyectos literarios tienen.
Angosta revisa el concepto y la construcción de ciudad en las novelas recientes. Podría decirse que esta es su característica más notable. El título de la obra es también el nombre de una ciudad o de una nación que padece las agudas tensiones y confrontaciones propias del género humano. Es un estado del alma y del tiempo. En la ciudad de Angosta van a desembocar los diversos ríos de la violencia, el amor, la sexualidad, la muerte, la familia, la literatura. Pero escapan a su entorno las configuraciones del tiempo y el espacio. ¿Novela futurista? ¿Ciencia-ficción a la colombiana? ¿Ruptura absoluta con la realidad? Para nada. La pluma de Abad Faciolince precisamente se sirve de un interesante juego con la realidad para construir unos espacios, personajes y situaciones que no resultan en absoluto ajenas al contexto de hoy. Por el contrario, hace mucho más real esa realidad.
La idea de Ángel Rama expuesta en La ciudad letrada acerca de la historia y el destino de las urbes latinoamericanas, en Angosta se revierte por completo. De un crecimiento, un aparente progreso y una sospechosa convivencia, ahora se inicia un fin (interesante contraste), una decadencia y un proceso de ruptura que sólo puede conducir, trágicamente o no, al mismísimo término de la narración. El capítulo final de la novela es también una especie de ‘funeral’ de esa ciudad: el mundo acaba con la muerte del lenguaje.
Tal vez el abismal destino de la ciudad de Abad Faciolince se anticipe al futuro de las caóticas urbes colombianas y latinoamericanas. Como Angosta, ciudades de tres escenarios, tres castas, tres climas, en donde abundan las murallas y los check points. Una urbe en donde los dones, los segundones y los tercerones viven encerrados en sus propias realidades: Tierra Fría, Tierra Templada y Boca del Infierno. Allí en donde el ‘honorable’ Consejo de los Siete Sabios, se dedica a la ‘muy servicial’ labor de señalar a todo aquel que debe desaparecer. Por entre sus montañosos paisajes cruza el Río Turbio caudaloso de todos los muertos que vomita la ciudad y el Salto de los Desesperados describe el macabro tobogán por donde son lanzados los coronados con un tiro de gracia.
Realismo, violencia, sexo, corrupción, ilusiones perdidas, ciudad fragmentada. De pronto Angosta podría ser medio pariente de otras novelas, otros discursos, otros intentos de narrar la ciudad. Sin embargo, James Joyce alguna vez dijo que prefería la violencia y los desórdenes de París a la tediosa y angustiosa calma de Dublín. Tal vez lo único bueno que pueda tener la violencia es la forma como ésta se pueda finalizar. Pero situándonos en Angosta, para gracia de la buena literatura, lo bello de la violencia (otro contraste), está en la manera como ésta se pueda narrar.

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