La brevedad del agujero

Reseña de:
"Cincuenta agujeros negros" de Roberto Rubiano.
Por: Fernando Murcia Sánchez.

El cuento debe ser corto, impactante, tiene que comunicarnos todo lo que necesita transmitir en un espacio breve de tiempo. El cuento debe punzar, debe aguijonear, debe hacernos abrir los ojos, debe someternos a su turbulencia, tal vez, debe llevarnos lejos para después estrellarnos. El cuento, en este sentido, no siempre es como un agujero negro, pero cuando lo es, sin duda, podemos gratamente dejarnos atraer por aquel espacio negro y vacío y someternos a su presión infinita, donde geografías, diálogos, recuerdos son consumidos.

Roberto Rubiano Vargas, bogotano, escritor, fotógrafo y cineasta, no sólo se contenta con hacer un libro de microcuentos, como él lo llama, sino que también hace un buen libro de cuentos titulado cincuenta agujeros negros. Los cincuenta agujeros negros son narraciones todas repletas de ironía, en todas la muerte despliega su avatar y la injusticia siempre se hace presente. Rubiano a medida que avanzan los cuentos, despliega sus recursos literarios; primero narra de una forma, luego incorpora palabras modernas a un fragmento lineal de historia, luego fragmenta la linealidad y juega con el discurso, se apropia de lo urbano, de lo rural, de lo histórico, de lo fantasioso, pasando por multitud de rostros ajenos formados con pocas palabras, en pocas páginas, incrustados por fuerza de atracción en la estructura del cuento. A veces un agujero es tan fuerte e intenso que al terminar nos cerramos en su propia gravedad, otros agujeros débiles, con poquísima densidad no logran su objetivo, no son capaces de engullir la masa en su tiempo y en su espacio. Estos pequeños agujeros empiezan como un chiste y terminan como un chiste fabulado y con ironía. De pronto inesperadamente nos encontramos de frente con un agujero supermasivo y nos asfixiamos en su fantasía. Poco importa la verosimilitud o el realismo, lo que importa es la reacción del lector ante lo que se lee. Hay también agujeros fantasmales, allí se reviven a los muertos, un general, un escritor, un actor.

Es claro el conocimiento literario de Rubiano, textualmente hace una reelaboración del Borges escritor o de Cortazar y Lovecraft. Éste último cuento particularmente atrayente nos describe los horrores de la niñez del escritor norteamericano engullido por su propio agujero de mitos submarinos y hechiceras entre tejados holandeses. El cuento como género literario tiene esa virtud, o tal vez esa dificultad, de la necesidad de condensar sensaciones. En el caso de los agujeros negros de Rubiano se siente un poco de opresión, asfixia, frío, luego un deseo casi vengativo de impartir justicia, como la historia del indio que condena a un militar a soñar mil veces su propia muerte. Es grato saber que, un libro como éste va a revitalizar momentáneamente la extendida órbita elíptica del genero cuentístico, sin duda este libro no será un agujero que se trague todo, pero si será, posiblemente, un espacio en el que tiembla la masa del lector y éste se somete, se deja llevar, se deja sentir por todas estas microfantasías.

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