"Memorias de un hidalgo disoluto" de Héctor Abado Faciolince


por Lorena Andrea Panche.

Ya en el siglo XVII, casi cien años antes del auge de la gran novela realista, Diderot había cuestionado los principios sobre los que se asentaba el estatuto de la ficción novelesca. El narrador de su novela, plenamente consciente de su papel de demiurgo, guía a Jacques y a su amo por un viaje lleno de sorpresas, de avances y retrocesos que, más que en un nivel de la anécdota, se dan en el nivel de la narración, de intrincados recovecos que van apareciendo por obra y gracia de su voluntad creadora, que se sabe absoluta dueña de los destinos del relato y de sus personajes; voluntad que también conoce sus limitaciones y las del lector que debe enfrentarse, más que a una narración, a un intrincado juego en el que la forma, el lenguaje y la ficción vuelven sobre ellos mismos para ponerse en entredicho.

La literatura es quizá una de las artes más autorreflexivas y autorreferenciales. Muchos autores han puesto en duda, al igual que Diderot, la posibilidad de crear un mundo autónomo, verosímil y coherente en sí mismo, en el que su presencia como creadores y configuradores pueda hacerse invisible; y es que, al fin y al cabo, estos mundos literarios, por más ricos y complicados que puedan llegar a ser, tienen como única materia prima el lenguaje, las palabras desgastadas e imprecisas, las más de las veces, mancilladas por el uso, iguales a billetes de banco a los que se les ha “pegado la mugre” por andar de mano en mano, como dijo Valérie.

La pregunta constante por la capacidad expresiva y la “funcionalidad” del lenguaje así como por la forma en la que se construye la narración, constituye el leit motif de la primera novela de Héctor Abad Faciolince, Memorias de un hidalgo disoluto. En esta obra el narrador – autor – protagonista Gaspar Medina intenta organizar e interpretar los recuerdos de su singular existencia para escribir sus memorias; pero, en estas memorias, la simple anécdota, el recuento de los principales acontecimientos de esa vida, están muy lejos de ser lo más importante. A través de este personaje que reflexiona permanentemente sobre sí mismo y que es consciente de la forma en la que su relato y su memoria son incapaces de dar cuenta de todo lo que ha vivido, Abad Faciolince convierte la autobiografía ficcional en una excusa, en un juego que le permite poner en duda todos los elementos constitutivos de la narración.

Podría decirse que el gran rasgo característico del narrador es su arbitrariedad, una arbitrariedad cínica, festiva, que permite que el autodenominado hidalgo Gaspar Medina no sólo se burle de los principios narrativos y del lector incauto que le pide coherencia y verosimilitud a su historia, sino también de sí mismo y de lo precario de su condición de única autoridad del relato. Este personaje, que pretende conferirle algún orden a lo caótico de su experiencia vital para poder contarse, sabe que no puede confiarse en su memoria, que todo lo distorsiona, y mucho menos en el lenguaje que la expresa, que todo lo falsea. Esta desconfianza es el presupuesto del que parte su narración y el único principio al que le es fiel.

Debido a esta actitud desconfiada y reflexiva del personaje, el plano narrativo en el que Gaspar, paisa autoexiliado en Turín, enuncia su relato, cobra más importancia que el plano narrativo de la autobiografía, que de ningún modo puede ser construida de una manera objetiva y absolutamente veraz. Cada hecho recordado y narrado se contempla con una atención inquisidora que suscita dudas y que hace que lo narrado se convierta en deliberada caricatura de lo vivido.

Uno de los aspectos más atractivos de la novela es el carácter ambivalente de la subjetividad que constituye su eje gravitacional, dado que, a la vez que se exalta a sí misma, se pone constantemente en entredicho, en un juego de afirmación y negación que la única certeza que deja en el lector es, paradójicamente, la de la “no-certeza”. Memorias de un hidalgo disoluto confirma, una vez más, que el tiempo en el que la narración, incluso entendida como ficción, podía tomarse como una “verdad” a pies juntillas, está ya muy lejos de nosotros.

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