La renovación de los votos en "Siempre fue invierno"

Bonnett, Piedad. Siempre fue invierno. Bogotá: Alfaguara, 2007. 336 págs.

Por: Víctor Eduardo Tenjo


Debo confesar que al inicio de Siempre fue invierno, novela de Piedad Bonnett, me alentó la idea de encontrar un nuevo cariz de la exploración emprendida por un personaje desengañado del matrimonio, no porque el asunto no hubiera sido tratado ya, sino porque esperaba que un tratamiento nuevo diera con preguntas hasta ahora no planteadas.

En esta novela, surge como invocada desde la Noruega de 1879 la imagen de Nora, personaje protagónico de Casa de muñecas de Henrik Ibsen. Así como Nora, Franca proviene de una familia de clase media alta y ha reproducido en la relación con su esposo los mismos esquemas de comportamiento que previamente había establecido con su padre. Por otro lado, después de algunos años de matrimonio, la protagonista descubre a fuerza de desencantos maritales que su matrimonio no marcha como hubiese deseado y que ha llegado a un punto en el que su realización como mujer se ve impedida.

Pero la problemática de la mujer desencantada y en busca de su realización es un asunto que tiene más de un eco en la literatura. De manera que las imágenes conjuradas se multiplican. Ahora recuerdo, por ejemplo, a las decepcionadas: Emma Bovary, de Flaubert, y Anna Karenina, de León Tolstoi, cuyos desengaños matrimoniales las conducen a una fatídica búsqueda, en la que, sin embargo, no ha sido superada la necesidad de la pareja.

Tampoco puedo dejar de recordar La Mujer Rota, de Simone de Beauvoir, en la que una mujer descubre un día que ya no es la misma, que su marido no es el que era, que su matrimonio ya no le satisface. Que ya no hay nada por conocer, por descubrir, que ya no existe la posibilidad de asombrase con nada del otro. Con exasperación, encuentra que tanto ella como su esposo permitieron que la rutina y las obligaciones se apropiaran de sus días. Y una vez ha ocurrido la epifanía que la consume, surge la angustia de saber que no hay nada por hacer ya, o más bien, que ella no es capaz de hacer nada ya.

Bien es cierto que el transcurso de los acontecimientos varía para cada heroína y que las decisiones fácticas son apenas parecidas en todos los casos. Pero en el fondo late una misma angustia, una misma inquietud: el papel de la mujer en la sociedad y la sumisión a la que se ve constreñida. No digo sumisión a su esposo, lo que probablemente ya no tiene el crédito que tenía en siglos anteriores, aunque muchos juzgarán que aún lo es, sino sumisión a la institución matrimonial, a cargar a cuestas un matrimonio que no resulta en modo alguno grato, en virtud de una moral de la que, a mi modo de ver, sólo queda la dura cáscara y cuyo interior está absolutamente seco, vacío.

Sé de más de una feminista que anhela, no en silencio, casarse, establecer una familia, lograr un matrimonio. El terreno que estoy pisando al hablar del tema es tremendamente cenagoso y me resulta, de igual forma, curioso y huidizo. Porque bien se me dirá que no puedo juzgar las necesidades femeninas desde mi postura, y no puedo establecer juicios de valor al respecto por no tener la autoridad moral para hacerlo. Todo ello es muy cierto y, sin embargo, desde mi ignorancia al respecto, me pregunto algunas veces, ¿qué es ello que hace que el matrimonio, una institución tan arbitraria y asfixiante para alguno y algunas, tenga todavía un lugar protagónico en una sociedad que la cuestiona? Debo adelantar que ni remotamente tengo una respuesta para esa inquietud, apenas la duda.

Creo que Piedad Bonnett plantea apropiadamente el asunto, al presentarnos un personaje cuyo desasosiego no concluye con el abandono del matrimonio. Sin embargo, al final de cuentas, en la novela, la respuesta a la inquietud femenina parece estar nuevamente mediada por la condición de pareja, otorgándole un lugar preponderante en la definición de metas y expectativas, en detrimento de otras dimensiones igualmente valiosas y relegadas a lugares de segunda categoría en la novela.

Aunque en ocasiones se mencionan los intereses intelectuales y profesionales de Franca, no pasan de ser enunciados siempre relacionados con la dimensión de pareja, como ocurre con todos los aspectos de su vida. Esto, aunque no me parece un planteamiento reprochable, tampoco me resulta del todo atractivo, y en cambio me parece que no abandona el ya rutinario y manido séptimo sacramento, dándole la forma de la matrimonialidad no constituida legalmente, pero matrimonialidad al fin y al cabo, con todas sus mieles y hieles. En definitiva, la novela plantea el asunto promisoriamente y sin embargo elude la salida novedosa que desde un principio cabría esperar...

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