El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier

Por Andrés Mateo Forero Garzón



«Con la Libertad, llegaba la primera guillotina al Nuevo Mundo»
(Pág. 335)

La revolución francesa pasó a la historia, al menos en las versiones más conocidas, como el origen de nuestras sociedades modernas. El final de la monarquía, el regreso a la república, los derechos de la ciudadanía, el concepto de “Libertad”, fueron – y son aún hoy en día – estandartes de las naciones que surgirían en los próximos siglos. En Latinoamérica le recordamos particularmente por ser la chispa que ayudaría a impulsar nuestras propias revoluciones y buscar la independencia de nuestros países. Sin embargo, la triste verdad es que la revolución francesa fue, en muchos sentidos, un fracaso. Al menos esta es la idea que nos deja la lectura de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, un viaje por la Francia de finales del siglo XVIII inmersa en la que es argumentablemente una de las revoluciones más importantes de la historia humana.


No obstante, la novela destaca no por ser un relato más sobre la revolución en las calles de Paris, sino por dejar Europa y escoger como escenario principal las islas americanas bajo el control de Francia donde, aunque no se suela tener en cuenta, también se vivió la llegada de la revolución. En particular, Carpentier se centra en un personaje real, pero a menudo olvidado: Victor Hugues, un marsellés al que le fue encargada la gobernación de las islas de la Guadalupe y la Martinica por orden de la Convención Nacional que regía a Francia durante la primera mitad de la década de 1790. «El Robespierre de las Americas» lo llamaría Antonio Ponte, escritor cubano. Desde allí, fue él el encargado de llevar las políticas de la revolución al nuevo mundo y enfrentarse directamente con uno de los problemas característicos de las colonias: La esclavitud. 


Carpentier decide no relatar lo que sucedió con este personaje desde su propia perspectiva: La novela se centra en un grupo de jóvenes americanos que, al quedar huérfanos, se enfrentan a un mundo desconocido e inesperado para ellos que les obliga a replantearse las expectativas que tenían sobre sus vidas. Será el mismo Victor Hugues quien se convertirá en una especie de figura paterna para Carlos y Sofía – hermanos –, quienes viven en la casa de su difunto padre junto a su primo Esteban – principal protagonista de la novela -, quien sufre de una enfermedad que le obliga a estar bajo los constantes cuidados de su prima. Las afiliaciones de Victor con los francmasones y, más adelante, con la revolución provocarán que los jóvenes, particularmente Esteban, se vean cada vez más envueltos en los procesos que sacudían a Europa – y, por supuesto, a las colonias francesas en américa – en esa época. Esta es quizá una de las fortalezas principales de esta novela: Al observar la historia a través de los ojos de Esteban o de Sofía durante sus viajes y ver como evoluciona su relación con la revolución y con Victor, el relato adquiere una dimensión distinta que lo configura como una historia de autodescubrimiento, permitiéndole a Carpentier explorar otros aspectos más allá de los políticos.


Carpentier narra esta historia con una prosa excelentemente elaborada, que lleva al lector con un ritmo fluido y atrapante que se detiene tan solo para deleitarlo con descripciones de escenas que parecen más bien pinturas expertas que representan desde la imponente figura de Hugues como almirante hasta los paisajes de las costas y los arrecifes por los que pasea Esteban mientras busca en ellos la tranquilidad y, quizá, señales de una respuesta a todas las preguntas que tiene, confundido por los ires y venires de los vientos revolucionarios. Las pinturas literarias vienen acompañadas de pinturas reales con la mención a varios cuadros y obras de Goya, como “Estragos de la Guerra” o “Extraña Devoción”, que actúan como epígrafes de cada capítulo, y algunas de sus secciones, y que establecen un tono particular para la lectura.

Sin embargo el texto sufre de algunos momentos en que la lectura puede tornarse más lenta y pesada, particularmente cuando nos detenemos a repasar eventos y personajes históricos sin mucha explicación sobre ellos en el mismo texto, lo cual puede ser un problema para la gran mayoría de lectores, exceptuando a aquellos más versados en la historia francesa. Por este motivo recomiendo acercarse a este texto a través de una buena edición crítica – la que yo leí, editada por Luis Martul Tobío, es una buena opción, pues explica brevemente en notas al pie quienes eran estos personajes y la relevancia de su aparición en el texto –, de lo contrario habrá que estar dispuesto a detener en más de una ocasión la lectura para investigar un poco respecto a los nombres y hechos que se mencionan. No obstante, este problema aparece principalmente en el primer tercio de la novela y después es algo que ocurre con mucha menos frecuencia, por lo que no afecta mucho lo que es, por lo demás, una experiencia de lectura bastante amena y fluida.
Alejo Carpentier
Lo cierto es que El Siglo de las Luces es una lectura bastante recomendable, y no solamente por la calidad de su prosa, la destreza de su narración o su importancia dentro de la obra de un autor del calibre de Alejo Carpentier. Aunque al final la conclusión sobre la validez de la revolución francesa y sus consecuencias queda a designio del lector, la representación de personajes con ideologías distintas que hace Carpentier – más allá de la intención con la que el autor cubano haya decidido usarlos – facilita tomar posturas variadas respecto al tema de discusión. Nos encontramos entonces con un texto que también merece la pena ser leído porque le habla claramente a una época donde las construcciones sociales de los últimos siglos parecen empezar a fracturarse, donde los pueblos se levantan y exigen tener voces por sobre sus gobernantes, donde quizá se pueda estar gestando un próximo gran cambio en la estructura de nuestra civilización. La lectura de este texto de Carpentier podría ser, tal vez, una herramienta fundamental para determinar en qué orilla del rio queremos estar cuando se eleve, una vez más, la corriente de la revolución. 



                                                                                                   

Carpentier, A., (1962). El siglo de las luces. Espasa-Calpe.

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