BIOGRAFÍA SESGADA (COMO TODAS) DE UNA NOVELA


La ciudad y los perros.

Mario Vargas Llosa.


Por: Pablo David Rátiva


Habría que pensarse qué sentido tiene actualmente hacer una reseña sobre una novela que tiene ya un puesto en el canon como lo es La ciudad y los perros, y pensando pienso que esto sólo podría justificarse si se parte de de una de estas dos posiciones: una lectura con pretensiones de ignorancia, de inocencia (totalmente artificial, por supuesto) frente a lo que significó esta novela en la historia de la literatura latinoamericana, como si el libro acabara de llegar a mis manos sin ningún tipo de referencia, sin fama que lo precediera; o bien, una lectura que lo ponga frente a una lectura diacrónica y trate de evaluar cómo llega el libro al principio del siglo XXI. Como soy malo fingiendo ignorancia (me la paso fingiendo sapiencia) tomaré la segunda propuesta.

Mario Vargas Llosas era un pobre truhán más en la mítica Paris de los 60’s, un pobre truhán que, como muchos, estaba convencido de ser escritor; sin embargo, la ciudad luz no destruyó a este peruano como acabó con muchos otros: el joven no se prestó para ello, escribió con horarios fijos, emuló a Flaubert y trabajó su escritura como un artesano que tallara hierro con herramientas de madera, despacio y cuidadosamente; este joven no esperaba la carta de Carlos Barral que le anunciaba que a los 26 años acababa de ganar el premio Seix Barral de novela breve, tampoco esperaba que su novela iba a marcar el inicio de lo que se alguien llamaría luego el Boom latino americano, hasta aquí (sesgada, simplificada, rota pero cierta) la importancia histórica de la novela.

Ahora, ¿qué hizo que esta novela entrara con tanta fuerza en los ojos de Carlos Barral, que a pesar de ser una novela tan provinciana, tan enclavada en el frío de Lima y en los conflictos raciales de un país en formación, empezara a ser traducida a tantos idiomas, a ser leída por tanta gente?… ¿La historia? No, me parece que es una historia que se repite por toda Latinoamérica, los colegios militares (la sociedad, si se quiere hacer el paralelo) obligan a sus alumnos a asumirse en un lugar ideal de macho, de agente útil en una sociedad burguesa ¿el morbo de una novela, con mucho de autobiográfico, que entraba a los problemas de la sexualidad juvenil y su ligazón con la violencia? No, son temas que incluso para el 63 ya eran casi tan manidos como los entreverados amorosos con los que nos encontramos en las tristes salidas de los jóvenes del Colegio Militar Leoncio Prada; y sin embargo, estoy seguro de que todos estos temas sí tienen mucho que ver con el éxito de la novela. Vargas Llosa logró tomar problemáticas de la historia universal de la literatura y darles un nuevo ambiente, ponerlas desde otro flanco, enfocar la luz del frío sol de Lima de forma diametralmente distinta, a la vez de perfil y de lleno, llenar temas tan viejos como la honorabilidad, la amistad, el amor, de flamante actualidad, de la flamante actualidad que llenó el Boom.

Y eso lo logró tomando las herramientas que ya se habían dado en Joyce, en Proust, en Faulkner… y, acoplándolas a las necesidades de una nueva narrativa latinoamericana que se escapara de los compromisos de la novela relista pero que se mantuviera en esta tierra, que no se fuera a dar paseos con las primaveras y los cisnes de Rubén Darío, La ciudad y los perros proponía nuevos caminos para ver la realidad y para subvertirla, en la ciudad, y gracias al ingenio de un joven narrador, los perros se rebelaban, y el mundo se divertía leyendo sus pataleos.

Pero Mario envejeció, se volvió conservador, se volvió teniente y Coronel, quiso ser presidente cuando él mismo había dicho que la literatura y la política eran actividades que se excluían, y las técnicas con las que innovó también envejecieron y se volvieron simplemente métodos para volver “actuales” historias y argumentos escritos por nuevos y mediocres Balzacs, y la gente se acostumbró a leer salteado, y los escritores a esforzarse por dar color local a historia trilladas. Y entonces los hijos de los coroneles que habían quemado La ciudad y los perros en el Colegio Militar Leoncio Prada se sentaron en cómodos sillones a leerlas para después conversar sobre ella con los hijos de Vargas Llosa, y a nadie se le descompuso el rostro ni se le paró nada.

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