“Mala Onda” Buena Obra


“Mala Onda”
Buena Obra
Por: Johnatan Marín


Para empezar, es fantástica. Pocas veces en mi vida me he dado el lujo de leer un libro en un par de sentadas, pero este tenía que ser leído, pedía llegar más allá, hundirse más en la vida de Matías. Tuve el valor de apagar el celular y prometerme no aparecer de nuevo en el mundo hasta saber la artimaña, lo que me cautivaba, cual era el secreto ¿Será acaso que siempre de adolescentes nos sentimos con la necesidad de contar ese “no sé qué”, por lo cual pensábamos que nadie nos entendía? ¿Será que fui un Matías? ¿Que ese sentimiento de existencialismo me acompañó a reclamar la cedula? ¿Será que siempre estuve al borde del abismo y que también sobreviví?
Lo peor es que sigo sin tener alguna respuesta, pero de eso se trata, ese es el juego de Mala Onda de Alberto Fuguet, un libro que si pudiera profanarlo para resumirlo, lo haría en tres palabras: Soledad, Familia y Chile. Para decir algo más, tendría que dejar que el texto hable…
Soledad: En el texto de Fuguet, soledad tiene un sinónimo especifico = Matías, nuestro narrador en primera persona, que nos dará entrada en su diario y en su vida de estrato 6, el personaje es en sí mismo un acierto de Fuguet pues casi todos los lectores pueden identificarse con la etapa que el personaje vive, ya que se trata de un joven de 17 años, que está terminando su colegio y va a demostrar que el mundo de los jóvenes no es tan simple como los adultos, que crecen con alzhéimer, parecen creer. Detrás de él siempre estará presente la soledad: Su amor imposible de colegio (la Antonia), el amor de verano (La Cassia) su combo de amigos entre los más cercanos y los más “latosos” donde se inscriben una media docena entre el Lerner, el Julián, el nacho y otros, que harán recordar al lector el núcleo base de amigos que nos acompañó en la etapa de la adolescencia… la amante de una noche, el barman de su antro preferido, la profesora de español (La flora), Rio de Janeiro, Santiago… Fiestas, drogas, trago, sexo, los regalos y las líneas del maravilloso polvo de Medellín; a cualquiera parecería que no estuviera tan solo ¿no? Pero todo lo anterior es precisamente lo que compone la soledad de Matías. ¿Cómo? La respuesta la da mejor el libro: “Así que floto, a la deriva, como si fuera una misión, mirando al cielo, pensando en eso de que uno se siente solo cuando está con gente; cuando uno está solo, en cambio, hasta puede que se sienta acompañado.[1]” Este Matías necesita la compañía de sí mismo, para en la soledad, poder hallarse. Es una búsqueda de sí, de su identidad, en una pregunta por el futuro radicará su salvación, al menos temporal.
Familia: El problema no radica en la familia, pues para ello habría que suponer que existe una, pero en Mala Onda, lo único que hay son unas hermanas que no aparecen en todo el relato, una mamá que sólo cruza con su hijo discusiones y apuntes banales, de hecho el más interesante en su casa es su papá, pero que al igual que Matías es un adolescente, pero encerrado en un cuerpo de 40 años. El padre es un caso especial, pero más que papá, debe ser considerado amigo y por tanto estará en el grupo de la soledad, al menos hasta casi el final del libro, donde su papel se vuelve fundamental para salvar a Matías.
La relación familiar es básicamente protocolaria. Hay incluso más relación e intimidad con la empleada del servicio, que con la madre.
Chile: Mi último tema en expandir, pero el principal en Mala Onda. Es Chile, su país y su historia contada desde la percepción de un joven inhabilitado para votar en el plebiscito que decidirá la implantación de un nuevo texto en la constitución en la época de Pinochet. Todo trascurre desde la semana antes a tan importante suceso, hasta el domingo posterior a la aprobación de la reforma constitucional, el posicionamiento temporal y espacial de la obra en este momento histórico y trascendental del país no puede ser gratuito. Detrás del hilo narrativo de Matías, habrá siempre el eco de los que van por el SI y los del NO, la represión que se vive, la convulsión y agitación política, el toque de queda, revueltas, encarcelados… Todo pasa por la historia, pero sin ser la materia del libro, como un elemento que está ahí. Fuguet no pretendía escribir La Historia, pero deja ver lo que representó esta época en la vida común de un personaje cualquiera que parece no tener importancia para la historia oficial. El escritor no desea imponer su punto de vista, ni siquiera queda claro lo que él hubiese preferido, pero es la historia desde otro ángulo: El de lo común, lo cotidiano. El estado de su personaje está en la misma dicotomía de Chile: El sí o el no: Si, quiero algo radical…[2] No sé si esa sea la solución…[3] Él debe tomar una decisión por eso buscará compañía consigo mismo, en la soledad, huyendo de casa para internarse en un hotel en el centro de Santiago. Sus amigos lo han declarado enfermo, Chile está enfermo; y la cura que busca no parece ser la solución, como la respuesta al plebiscito no solucionará nada “…lo peor es justamente la calma…”[4] le dice Alejandro Paz su Barman preferido. Por eso su diario se detiene durante los días correspondientes a fiestas por las votaciones, él no puede votar, pero ya ha tomado una decisión, parece encontrar la respuesta al igual que Chile, Matías es Chile, él es la indiferencia, él es el país joven en busca de un destino, un país con antepasados extranjeros, judíos y antisemitas, su padre le ha dado una patria en polvo como el que los dos jalan, la historia se repite y Matías se repite…
Al retomar la narración luego del descanso de tres días en su diario, su prosa parece renovada, parece que ya no es el joven el que escribe. Ha “madurado”, hay un halo de esperanza. Pinochet ha ganado con el Sí, todo podría cambiar, todo podría volver a empezar, pero en realidad sólo estaba en la mala onda. Quizás nada vaya a cambiar, simplemente todo seguirá como antes, pero hay algo importante: Chile ha sobrevivido. Por ahora.
[1] Fuguet, Alberto: “Mala Onda” Segunda Edición. Editorial Alfaguara. Chile. 2002. Pág. 181.
[2] Ibíd. Pág. 320.
[3] Ibíd. Pág. 249.
[4] Ibíd. Pág. 333.

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