Urbanismo y distopía. Entre el mar, un sueño y un bar.


Chaparro Madiedo, Rafael. Opio en las nubes.Tercera edición. Bogotá: Babilonia, 2003. 181 págs.

Por Fernando Murcia Sánchez


La literatura siempre ha sido un fenómeno urbano. Con la postmodernidad, la ciudad dejó de ser ese espacio apacible, aunque dinámico, y se volvió una simple selva de concreto, esperando para decir: “al final se los tragó la selva”. La ciudad, entonces, se vuelve sólo un espacio de espectáculos donde los ciudadanos se reducen a consumidores bombardeados incesantemente por imágenes mediáticas; esta concepción de ciudad agreste se acerca más a la distopía: lugar atemporal, espacio confuso en el que todo se ve mal. Ante esta perspectiva desalentadora de la ciudad como campo de cruces, como movimiento de economías y monotonías, no hay cosa más refrescante que el arte para enmudecer los gritos despiadados y los bostezos envenenados. Opio en las Nubes, del bogotano Rafael Chaparro Madiedo, es un sueño cinematográfico y metafórico de lo que se vive en los sótanos oníricos de una ciudad y sus periferias.

La ciudad ha sido descrita y reconstruida innumerables veces por los escritores. La han narrado como reflejo realista o como mitificación del espacio. Pensemos en Borges, con la Argentina de los compadritos, de los gauchos y cuchilleros, de la Buenos Aires portuaria del tango y el arrabal. Recordemos a Fuentes con esa historia entrecruzando la memoria de un pasado que se mete al mismo tiempo en el presente, configurando su leguaje histórico; transformándose en lenguaje mítico en el momento en que el escritor pone su firma en la arquitectura urbana, allí un plumazo y derrumba un edificio emblemático, allá y erige un jardín infinito. No hay que olvidar a García Márquez fundando ciudades con la literatura, construyendo el árbol genealógico de la Colombia macondiana. Con estos gigantes referentes, habrá que preguntarse, ¿cómo es la ciudad de Opio en las nubes? Esta ciudad tiene el olor a zapatos y vodka de ciertas avenidas, también está plagada de fantasmagorías difuminándose en bares solitarios, en espacios marginales carcelarios, en tejados y alcantarillas. Una ciudad llena de gatos, de caballos con nombres poéticos, de durazno y diesel o carreteras que sólo recorren los mismos edificios, las mismas soledades que también recorre Pink Tomate.

Pink Tomate es un gato callejero. Está encantado con Amarilla, su dueña, y a veces no sabe si es un gato al que le gustan los tomates o un tomate con cara de gato. A veces, también, le dan ganas de ahogarse en la sopa, sobre todo cuando Amarilla le estremece sus trip trip trips y lo deja viendo estrellitas y pescados podridos. La ciudad de Pink Tomate es un viaje, es una ciudad cenicienta, marítima, fantasmagórica. A veces, al ser vista en plano panorámico, se pueden notar sus numerosas desilusiones, su arquitectura desigual, sus bares, zoológicos y cárceles; luego, si enfocamos en un plano general, percibimos sus babitas, sus poemas escritos con labial en los espejos, sus cuchillas de afeitar en cualquier baño de cualquier bar. De pronto, uno se da cuenta de que la ciudad siempre está allí, junto a Pink Tomate, junto a Amarilla, junto a Sven Cara de tigre cansado o junto a Daisy, que no se sabe si es medio marica, medio elefante. La ciudad está hasta en las praderas de cebras blancas y negras, blancas y negras.

Esta magnífica irrupción urbana se da en el momento en que el lenguaje vuelve atemporal y aespacial el mismo espacio narrativo. La ciudad de Opio... es una ciudad cualquiera, es cualquier ciudad que el lector pueda identificar. Puede ser Bogotá con mar, o cualquier puerto o suburbio. La distopía confunde espacio y tiempo en fragmentos caóticos, ésta, la distopía, es el mundo oprimido. Los personajes de opio son personajes derrotados y apresados, no por un estamento de poder, sino por sus propias desilusiones y por la ciudad misma. El caos está también en el lenguaje, Chaparro Madiedo no siente vergüenza al transgredir los códigos, poco le importa contar cuatro páginas enteras sin un signo de puntuación: al contrario de confundir, libera. La narrativa de Madiedo es un espacio liberador de excentricidades metafóricas y alteridades desquiciadas. Sin que se pueda evitar, el potente estilo nos contagia sus contradicciones, sus repeticiones, sus novedades y, si queremos, somos libres en aquella urbe fantástica y asfixiante.

En pequeños momentos reconocemos paisajes conocidos, es ahí cuando decimos "esta es la avenida donde siempre cojo el bus", o "este es el bar donde un día no entré". Sin duda, habría que decir que este libro es uno de los mejores experimentos metanarrativos que ha dado la literatura colombiana. Se ha vuelto casi un libro de culto dirigido a ciertos lectores propensos al ensueño, al rock and roll, al trip trip trip, a la libertad de fugarse un día sin maletas y verse en un espejo con cara de gato, con cara de tigre, con cara de paloma. El efecto del libro modifica la memoria del paisaje, nos estremece el vocabulario mental, y luego, cuando estamos llegando al final, no podemos evitar sentir cierta nostalgia, como cuando uno sale de viaje y deja atrás rincones familiares. 

Confieso que jamás he terminado el libro. Muchas veces lo he empezado, arremeto contra sus páginas, le busco nuevas conexiones, le significo matices textuales, intento hacer análisis social, psicoanalítico, temático, estructural, deconstructivista pero al final sólo soy yo, lector vulnerado, y el texto, lugar de proyecciones y secuencias. A manera de ritual, siempre dejo las últimas 15 páginas en blanco, allá están escritas, pero para mi sólo hoja en blanco. Cierro el libro cuando no aguanto mi nostalgia y derrumbo mis ciudades, lo dejo de nuevo en el pedestal maullando. Opio en las nubes, capaz de producir esta reseña, es, sin duda, es uno de esos libros que, apartando cualquier rito o superstición, merece ser leído y conjurado hasta el final de sus letras.

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