Grande Sertão: Veredas

Grande Sertão: Veredas.
João Guimarães Rosa.
Ediciones Casa de las Américas, 1979.
Por: María Angélica Plata Linares
Todo parece indicar que la mayoría de los lectores hispanohablantes desconocemos la historia literaria brasileña; sin embargo, poco a poco nos hemos acercado a la escritura de los narradores o a la magia de aquellos que concretan lo poético en versos, y que la Samba, el Tropicalismo y el Bossa-Nova han posibilitado un encuentro con la resonante cultura del Brasil. Es mi intención señalar que el descubrimiento de Joao Guimaraes Rosa (1908-1967) y un primer acercamiento al universo roseano, permiten reconocer múltiples capas del relieve de un Brasil completamente desconocido. Guimaraes Rosa, médico de profesión, poeta, ciertamente botánico y naturalista, ejerció una carrera diplomática que estimuló y fortaleció el contacto con múltiples lenguas, códigos y literaturas. Gran Sertón: Veredas, publicada en 1957 y traducida al español por Ángel Crespo en 1967, es considerada por muchos la obra cumbre de la literatura brasileña. La aproximación a Sagarana (1946) o Primeras historias (1962) permite el esbozo topográfico, geográfico y, en las relecturas, geológico del universo roseano –esbozo necesario para adentrarse en «la materia vertiente» de su obra emblemática.

Su universo verbal desdibuja las fronteras entre narrativa y lírica: Alberto da Costa e Silva sugiere que Guimaraes Rosa siempre escribió poesía y que no sólo la concretó en poemas sino en relatos y novelas. Rosa, además, privilegió la oralidad y deseó traducir (vitalizar a través de sus voces y lenguajes) la riqueza del habla popular, los diversos dialectos de regiones varias. Quizá sea por eso que los relatos de Rosa deben ser leídos en voz alta: la magia significante de su palabra –constelaciones de imágenes, redes de sonido- se revela plenamente en la oralidad.

En Gran Sertón, Riobaldo, antiguo jagunço, narra su vida de aventuras en el sertón y las historias que se enlazaron a su historia: Riobaldo narra «la materia vertiente». La amistad con Diadorim y una pasión perturbadora, el hechizo de sus misteriosos ojos verdes y el descubrimiento de su verdadera identidad; las guerras entre los bandos de jagunços y el bandolerismo, un incierto y probable pacto fáustico y la venganza de la muerte del padre de Diadorim a manos de Hermógenes, son algunos de los acontecimientos que reconstruye Riobaldo. Tales anécdotas son un pretexto para indagar por lo inexplicable y traducir la naturaleza humana: sus contradicciones y ambigüedades, las diversas formas de asumir el mundo y las fuerzas que lo habitan. Guimaraes Rosa, a lo largo de más de seiscientas páginas y en virtud de la incertidumbre de Riobaldo, explora y cuestiona el Mal y sus manifestaciones, la presencia demoníaca que es Legión y aquellas que contrarrestan su poder.

En Gran Sertón, Riobaldo reconstruye su historia como jagunço ante un doctor, interlocutor inaudible que estimula la narración. Esta presencia sigilosa permite la construcción de un mono-diálogo, la traducción parcial del caos y del vértigo en palabra: Riobaldo desea nombrar y organizar experiencias pasadas, hilvanar múltiples realidades y recuerdos, despejar dudas, buscar certezas. Monólogo como confesión. Monólogo como revelación de la alteridad del sertón, de un tiempo mítico, de un lenguaje propio. Monólogo que ilumina los juegos y la fuerza de la oralidad, pero que pone de manifiesto la fragmentación, la duda y la imposibilidad de toda certeza: la palabra de Riobaldo sugiere, no afirma, pone en cuestión, indaga permanentemente.

Las dimensiones del sertón que Euclides da Cunha desveló en Los Sertones (1902) son vitalizadas por Guimaraes Rosa y la función mito-poética de sus lenguajes. El sertón, que «está en todas partes», se presenta como espacio real y metafísico: espacio geográfico concreto –pero múltiple, siempre cambiante- y desierto interior:

«Así, es como cuento. […] Voy a hablarle. Le hablo del sertón. De lo que no sé. ¡Un gran sertón! No sé. Nadie sabe todavía. Sólo unas rarísimas personas; y sólo esas pocas veredas, vereditas.»

La palabra que nombra las capas del sertón, su carácter y sus seres, revela que en el sertón no se puede demarcar frontera alguna, que el mito y la fantasía, que lo inexplicable y lo irracional habitan la llamada realidad –misteriosa, mágica. Así, la poética del sertón es, quizá, la polifonía y la ambivalencia. De esta manera, comprendemos por qué el lenguaje de Riobaldo es un lenguaje que, alimentado por la incertidumbre, se busca incesantemente. Guimaraes Rosa buscó un lenguaje y, a través de Riobaldo, construyó un edificio verbal de sónicas galerías laberínticas y ondeantes estructuras rítmicas: construyó, como Joyce lo hizo, un mundo verbal.

La musicalidad del habla popular brasileña vitaliza el mundo verbal creado por Guimaraes Rosa en su Gran Sertón: texto polifónico, híbrido, experimental. Los lenguajes onomatopéyicos, anagramas, trabalenguas, neologismos y códigos metamorfoseados que florecen en sus relatos, responden al reconocimiento de la imposibilidad del lenguaje y son el producto de la búsqueda de otros códigos para representar(nos) y reescribir(nos). El espíritu crítico de Guimaraes Rosa explora «el filo ileso del vocablo», lo potencial, lo latente, y, de travesía en travesía, de texto en texto o de fragmento en fragmento, le da voz a «la materia vertiente». El lector de Gran Sertón: Veredas debe permitirse sucumbir ante su magia verbal. Y, con Riobaldo: «No desperdicio palabras. […] Piense usted, opine usted.»

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