El demoledor de Babel


Mejía, Larry Guillermo. El demoledor de Babel. Caracas: Editorial El perro y la rana, 2010. 119págs.

Por Rafael Cely

La ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay- 
-Kavafis 

Nacido en 1983, Larry Mejía es de aquellos escritores germinales, de la generación más reciente, quien con su primera obra ha sentado una voz en las letras colombianas. He de resaltar la juventud del autor y que llama la atención que el libro sea editado en Venezuela. Larry decide publicar en el país vecino debido a las dificultades editoriales que existen en Colombia y, al igual que muchos otros escritores colombianos que publican en Venezuela, México o Argentina, su obra es más conocida en los países de publicación que en Colombia, su país de origen.

El demoledor de Babel es un documento de la inconformidad, pero además es un ejemplo del escepticismo del narrador. Contado en primera persona y con un fuerte contenido autobiográfico El demoledor se desarrolla en la ciudad de Bogotá, en donde la construcción de un hospital, ubicado en el sur de la ciudad, permite acceder al mundo de la cotidianidad colombiana, la cotidianidad del humilde, del desposeído, del obrero, pero también la del corrupto, del delincuente y la de un joven escritor.

¿Cuál es la desesperanza que esboza el narrador? La de una repetición cíclica, tal vez, la de una repetición espacial, quizás: cualquier lugar con hombres es el infierno (13). Más allá de eso, la motivación del narrador pareciera ser una lucha contra la memoria, un desafío al olvido, una reconstrucción de recuerdos, después de ser acaloradamente meditados, a pesar que nunca, recordar está bien (12).

Como trabajador de la bodega en la construcción, el protagonista va a estar entre las aguas de los tecnicismos, los números y el trabajo mecánico, y la isla que le proporciona la literatura, pues mientras está digitando números en el “Pitágoras” (como llama al computador de la empresa), el protagonista-narrador también está escribiendo su novela aprovechándose del papel y la tinta de la empresa, haciendo parte del mismo juego de corrupción que ejercen los contratistas y algunos empleados del hospital, es por eso que el protagonista señala: ellos desfalcaban para la obra de construcción y yo para la obra de literatura (41).

En este transcurso, del inicio al fin de la construcción del hospital, se desarrolla el tiempo de la narración. Los monólogos de El demoledor sugieren una técnica narrativa cercana al “transcurrir de conciencia”, sin embargo, ese estilo no es consistente. Podría asegurar, en este sentido, que la unidad de la obra está dada más por la actitud del narrador frente al mundo que por una unidad estilística concisa. Aquí seguimos a pesar de estar muertos, condenados, seguimos entre los incisivos de la bestia; este encierro entre los dientes del monstruo va a ser una constante en la obra de Larry, y la bestia es esa Bogotá conmovida que lo único que ofrece es una comida mal hecha (20) con papas vidriosas, jugo de frutas viejas y arroz pastoso.

Enfrentarse a El demoledor, en casi todo su transcurrir, es confrontar al absurdo hasta llegar al hastío. El libro produce la impresión del poema de “La ciudad” de Kavafis, en el sentido de que siempre se camina por lugares idénticos, y el narrador es consciente de que en ningún lugar hallará algo distinto, inevitablemente, va a terminar decepcionado “porque todo es siempre igual”. Sin embargo, si algo tiene claro el protagonista, es que tiene que irse de Colombia. Ese sentimiento, por decir de algún modo, antipatriótico, denota una influencia marcada en la literatura de Mejía de las creaciones de Fernando Vallejo, tan famosas por su posición crítica frente al país y las bases que lo constituyen. Quizás la fijación de Mejía no tiene el tinte directo, sarcástico y siempre preciso de Vallejo, pero está construido en esa vía y, me atrevería a decir, que con una intención similar a la del consagrado escritor colombiano.

Por otro lado, es de destacar la fijación del autor por el rock en español. Su prosa va a estar entremezclada con referencias o citas a la música de Andrés Calamaro, especialmente a su disco La lengua popular, como también referencias constantes a Fito Páez. Este hecho da a la narración un tinte innovador, que proporciona frescura al texto. Vamos a presenciar a las melodías urbanas desarrolladas en Buenos Aires, Rosario o cualquier otra ciudad, coladas en el decorado de Bogotá y conviviendo especialmente con los obreros que construyen el hospital.

Hallar concreción en El demoledor es quizás uno de los principales problemas que deduzco de la lectura, no hay un hilo definido y por momentos se quiere parar de leer por la densidad de nombres, lugares e imágenes simultáneas: la historia es una vasta exposición de temas que nos llegan por casualidad, por inercia o por costumbre, a veces cercana a un cuadro de tradiciones, desde la experiencia del narrador, pero siempre mostrando la fogosidad de un observador activo. Ahora bien, esta exposición superpuesta de temáticas podría tener que ver con una pretensión de oralidad o de cotidianidad subjetiva, por parte del escritor, sin embargo, a veces parece más una retahíla de hechos inconexos, o una búsqueda de motivos para desencantarse. El demoledor de Babel hay que leerlo con sus matices y, para que no sea tedioso, yo sugeriría tomárselo con calma y, en ocasiones, no tan en serio.

Para ver una cara de Bogotá, de la Bogotá de sudor y sed, la cotidiana, la del obrero, la del transeúnte, se debería leer a Larry Mejía, también porque se sale de lo acostumbrado en la literatura colombiana. Si bien a veces me parece muy cercano a Fernando Vallejo, pienso que Mejía irá encontrando su voz, e irá tomando distancias y consolidando su propio estilo. Siempre se siente bien reseñar un autor joven que, en mi concepto, podría llegar a patentar una forma de contar conmovedora y enriquecedora en las letras colombianas.

Comentarios

Ese disparate de libro no soporta una crítica seria. No se sabe qué es peor: si la poesía negacionista o la prosa de este poetastro de cinco céntimos.

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