El espectáculo Iluminado de la palabra

Eltit, Diamela. Lumpérica. Chile: Ediciones Ornitorrinco, 1985. 187 págs

Por Pablo Rátiva

Ya qué más quieren si todo lumperío 

refulge. 

Se trata de cualquier forma de una novela, de una novela, ni más ni menos. Pero en ésta, leer y entender, y tener una historia frente a las propias narices con sus personajes y puentes y duelos es lo de menos. Seguir una línea, comprender las razones de los personajes para su actuar y para su desidia se convierte explícitamente en un poner y crear del lector, pues las páginas que frente a él se ponen sólo sugieren, pero no disponen.

L. Iluminada se presenta, no es representada, no asemeja algo que antes haya estado y haya sido re-clamado, forrado, estilizado, fotografiado, o lo que sea. L. se presenta y el acontecimiento es deslumbrante por sí mismo pues nunca nada pudo haber sido parecido. L. no imita ni señala más que a sí misma que es todo lo que es por ser como es.

El problema de la presentación y la representación es el tema crucial del arte desde el principio del siglo pasado y lo seguirá siendo por un buen trecho. De la forma en que se abarca este problema, de la forma en que se desmorona lo que se pone en verdad sobre la mesa y aparece lo que no quería ponerse ahí pero que ahí estaba irremediablemente depende el valor que frente a este problema diametral del arte tiene la obra. 

Es más la fotografía por ser fotografía que lo que ésta quiso representar.
Por encima de la realidad la fotografía se construye para ser valorada
 por sí e independizarse de las ganas de imitar que la crearon.
Así mismo, la palabra se pone como objeto
 por encima del significado. 
¿Qué quiere decir todo esto? La palabra en específico fue inventada como método de representación, para señalar algo que estaba por fuera de ella, y a través de ella clasificarlo y ponerle unas cualidades y meterlo en el baúl de lo recordado. Pero cuando el mundo llega a la era tecnológica, en la que es más fácil representar con ceros y unos, la palabra, como herramienta útil para decir cómo son las cosas, pierde su sentido inicial, pero toma todo su sentido de objeto, de ser en sí. Ese valor de objeto tiene que ser trabajado: no por ser objeto la palabra pierde su potencial de representación, sino que ese potencial se ve trastocado, y la palabra se señala a sí misma.

¿Se representa en sí mismo el corte en la propia fotografía? Más bien se lo fija como tal. La representación se da en la medida que se actúe sobre él. Por ejemplo el trazado del corte es un surco sobre el que se opera evidenciándolo de ese modo como una señal. (…) Como surco está hundido bajo una superficie que ha sido penetrada. Si se lo devuelve fotográficamente se lo aplana en el rigor de una nueva superficie, que solamente será rota por el ojo que corta allí su mirada. Es más la fotografía por ser fotografía que lo que ésta quiso representar. Por encima de la realidad la fotografía se construye para ser valorada por sí e independizarse de las ganas de imitar que la crearon. Así mismo, la palabra se pone como objeto por encima del significado.

La palabras, querido lector, no se quedan quietas, se mueven, se acuestan y se recuestan. A veces valen más por su sonoridad como crepúsculo ósculo rampante, a veces por lo que han significado para la vida de todo ser humano, como amor y odio, y a veces por lo que pasa a su alrededor, como Terrorismo o Seguridad Democrática. El juego entre estas posibilidades define la función de la palabra y del objeto que con ellas se fabrica, define la función y la vista de la obra dentro de la astrología del signo inmenso, y la hace calva cabeza moviéndose frente a un Luminoso que la señala y la oscurece o pone en penumbra abisal, haciéndole pues violencia, haciéndole pues vida. Y contra ese señalamiento y ese oscurecimiento, es la palabra y el narrador los que tienen que cambiar. Así sucede cuando la violencia y el señalamiento obligan a buscar una forma de decir sin que los organismos horribles del poder se den cuenta. 

El cambio de esa palabra, esa transformación es venida de la violencia del Luminoso que señala sólo lo que señala, una y otra vez, y que necesita que algo se mueva dentro de su luz. Ese Luminoso que exige que algo se mueva para él y le haga una función ahí mientras él sólo observa. Y la función tiene que hacerse. Esa función es la novela de Diamela Eltit: un baile redentor y burlón frente a las cámaras de toda dictadura, también la dictadura del conocimiento; un enfrentamiento entre la palabra y usted y la palabra. Un espectáculo. Y el espectáculo de los habitantes del vigilio, no dormir cinematográfico, se hace real y se pone en primer plano y se hace material y visible, tanto como ninguna otra novela latinoamericana que hubiera leído antes.

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