Entrevista a Larry Mejía

Larry Mejía es autor del libro El demoledor de Babel, reseñado en Mohan.

Rafael Cely: ¿Por qué decide publicar en Venezuela su primera novela?, ¿quizás ésta rechina un poco con el patriotismo exacerbado que hay en Colombia?

Larry Mejía: Porque aquí eso no lo publican. Además nosotros no tenemos patriotismo. Empezando porque no tenemos país, no tenemos literatura. Nosotros no tenemos literatura. Usted sabe que los inicios de la literatura fueron estos padres cronistas, estos curas españoles que llegaron aquí a contar cómo era la India. Cagados de medio a medio porque no era la India, primero. Y después, ¿qué pasó con los frailes que llegaron a vivir a Tunja? Que querían escribir grandes odas semejando Grecia, la literatura griega, y luego ¿qué pasó? Que ya después en la ruta simbólica, nuestros poetas querían ser Baudelaire y nuestros filósofos querían ser Nietzsche, y nuestros músicos querían ser Wagner. Aquí no ha habido un movimiento real, salvo el Nadaísmo, que además es lo único. Por eso no puedo decir si es grande o pequeño. Movimientos grandes e intelectuales acá, el grupo de Mito, eso es lo único que ha dado este país que valga la pena. Y claro, grandes nombres individuales. Pero yo considero que aquí no hay una literatura. Mire, el escritor más bello de este país, que es Álvaro Mutis, escribe de una forma que no es para nada colombiana.

R.C: Ahora que habla del Nadaísmo, ¿cuál es la relación con el Negacionismo, (como llaman a la propuesta poética de la que usted hace parte)?

L.M: Lo de nosotros era muy fácil; el Nadaísmo era un movimiento de vanguardia y nosotros no, yo creo que ésa es la definición. El Nadaísmo era un movimiento que quería romperla y nosotros no. A nosotros no nos interesa ser irreverentes, a mí eso no me interesa. Bueno, tengo los tenis pero yo me visto como un viejito, yo leo viejitos. A mí no me interesa…

R.C: Pero su literatura, de por sí, en este medio sería irreverente, en Bogotá, en Colombia.

L.M: Yo tengo la dificultad o el valor de escribir como hablo, no como leo, que ése si es un gran problema de la literatura. Que aquí la gente escribe como lee y no como habla. Entonces de alguna forma eso también respalda que la literatura colombiana sea un poco mentirosa.

R.C: En El demoledor de Babel se siente la influencia de Fernando Vallejo, ¿qué tanta puede reconocer y cómo se ha recibido su novela en Colombia? 

Larry: Yo no espero que pase nada con eso acá y con respecto a Vallejo le voy a ser muy honesto. Cuando yo me planteé empezar a escribir, yo tenía un personaje que venía de un barrio bajo, de unas condiciones difíciles, que tenía unas lecturas grandes, importantes, y unos contrastes increíbles, porque en su juventud había sido muy famoso y después había sido muy olvidado. Entonces ocurre que yo digo, quería empezar a escribir como este gran tipo o este señor, o este muchacho que salió de tal barrio, y cuando leo a Fernando Vallejo, él se plantea de una forma muy fuerte el Yo, entonces digo, hombre, pero entonces yo también debo decir "yo", porque este personaje es muy increíble, si es de ficción, pero si es de la vida real y si además soy yo, pues lo puedo sustentar. Entonces creo que a él le debo la verraquera de atreverme a decir Yo. Lo demás, no creo, puesto que a él no le gusta la poesía y yo si algo quisiera o si algo quisiera de mí, de una novela mía o de un texto largo mío, es que fuera un gran poema, un poema novelado, por decirlo de alguna manera.

R.C: Respecto al Demoledor, ¿qué tan autobiográfico puede ser?

L.M: Es completamente autobiográfico. Como dice Aurelio Arturo, “no hay en mi obra una palabra que yo no haya vivido”. Antes yo sí escribía cosas que me inventaba, pero luego me empecé a dar cuenta de que lo que me pasaba era valioso, si lo podía contar bien, percibí que no había necesidad de inventar, que era mejor hablar de uno mismo. Que eso era más decente.

R.C: El personaje de su novela aconseja que nadie se quede en este país, aparentemente usted siempre está volviendo, ¿cómo afronta esa contradicción?

L.M: yo nunca me he ido. Cuando estaba en Venezuela, en Ecuador o en Perú, por ejemplo en Ecuador hay una calle que se llama la “Diez de Agosto”, entonces yo le decía a mis amigos: nos vemos ahí en la décima con 19, y la 19 era La Patria, o veníamos en el carro con una amiga por la circunvalar que es la Avenida Oriental y la Universidad Central de allá, que es la Nacional de aquí, y yo: “nos vemos en la Nacional”…nunca me fui. Claro, a la vez de que nunca me fui, nunca he estado aquí, porque mi patria eran mis amigos, como dice un poema de Jaime Jaramillo Escobar: “La patria son los amigos, no unas piedras”. Y claro, como mis amigos se fueron ya todos, mis primos, mis amigos con los que viví, con los que creo que me formé, como todos se fueron, entonces ya no siento una patria aquí. Me da lo mismo estar aquí que en La Paz o en Salt Lake City, o en Ambato, me da lo mismo. Claro, pero me encantaría estar en otro lado, sí.

R.C: Bueno, y ¿cómo le va a su novela en el mercado?

L.M: Yo se la vendo a los amigos. En Venezuela se ha vendido mucho. En Venezuela se ha vendido mucho porque claro, es un tema maravilloso, a ellos les interesa muchísimo que alguien diga que este no es un gran país, entonces eso es como que les boté un gran hueso a los canes como dice Aquilino.

R.C: Y ¿cuál es la perspectiva de aquí en adelante? ¿Con qué proyectos piensa continuar?

L.M: Con una novela que se llama Caracaos, que es como esta que usted leyó, pero se la devuelvo a Venezuela. Yo me fui de aquí porque supuestamente era muy de Izquierda y eso me sacó, y en Venezuela me echaron porque era muy de Derecha. Pero mire, lo que le estoy diciendo no es ninguna genialidad, eso lo dijo Jorge Gaitán Durán y se lo voy a leer exactamente, “ojalá sirva al menos la respuesta de los reaccionarios que me llaman comunistas, y a los comunistas que me llaman reaccionario. Apenas soy el testimonio, probablemente eficaz de un hombre que pretende ser libre”. Con eso espero haberle respondido la anterior pregunta.

Este, no, a mí me interesa escribir realmente porque yo quería hacer cine, pero el cine es muy costoso aquí. No es tan fácil como coger una cámara y hacerlo. Después quise hacer música pero la música también es muy costosa, y no tenía el billete. Y lo más fácil que podía hacer era sentarme a escribir, y entonces a través de la música trato de hacer cine, y trato de hacer, a través de la literatura trato de hacer cine y trato de hacer música. Hay párrafos míos, la novela que usted leyó es una novela muy mal escrita pero hay párrafos que tienen su musicalidad y su vaina y su juego. Es muy bonito cuando el escritor le habla y le cuenta una historia, sin pretensiones. Le dice, mire, esto, es lo que yo viví en uno o dos años de mi vida, eso me parece muy importante. Claro, para no cansar y aburrir a la gente, hay que usar ciertos recursos literarios.

R.C: ¿Por qué escribe?

L.M: realmente, porque no tengo nada mejor que hacer. Yo quería ser guitarrista de Fito Páez o una cosa así, maravillosa. Yo quería ser cronista de la National Geographic. Quería ser cocinero, quería ser un montón de cosas, pero entonces resulta: le he nombrado a Fito Páez y él aparece en todo lo que yo escribo. Le hablé de gastronomía y yo sé que mis libros son recetas, recetas de cocteles terribles, horribles, feísimos. Creo que escribo para tratar de cumplir con esos objetivos que por una u otra razón en determinado momento no he podido lograr.

R.C: Nay una aforista llamado Alberto Aguirre que dice, “se escribe para olvidar”. En el libro El Demoledor de Babel, ¿se reconstruyen y destruyen los recuerdos para olvidar?

L.M: Es que la única forma de destruir de algo es demoliendo lo que está antes y limpiando los escombros. Mi libro no tendrá ningún valor ahorita, pero de pronto en ochenta años pueda tener su valor. No es que yo me crea un José Antonio Ramón Sucre, que escribió estas líneas maravillosas, algo así como, “yo seré entendido dentro de cuarenta años”. No es que yo quiera sentirme Ramón Sucre de que voy a ser entendido dentro de cuarenta años, pero si en este momento tenemos un terremoto mundial, un colapso o una vaina así, y lo que queda son los poemas de Germán Espinoza y hay una civilización, viene y los ve y ese es nuestro pasado, ahí no hay nada, y si viene y ve los poemas de William Ospina, ahí no hay nada. Y si eso es lo que refleja nuestra sociedad, ahí no hay nada. Cómo puede ser poeta alguien que escriba: “Amenazas”, “te devoraré dijo la pantera. Peor para ti respondió la espada”. Aquí no hay panteras que yo sepa. ¿Espadas? Hubo en la época de la Colonia, de la que él tanto ha escrito, ¿no? Pero eso no es Colombia.

Tampoco creo en lo del olvido. Yo creía mucho en lo del olvido y creía que escribía para olvidar. Pero eso es mentira. Y no lo descubrí yo, lo descubrió Jorge Gaitán Durán que dice: “la poesía es una forma de violencia, sólo la poesía puede capturar el erotismo. Sólo ella embellece la siguiente paradoja, la inteligencia se afana por aferrarnos a los asombros, por no dejarnos fluir hacia el olvido de nosotros mismos, el cual es precisamente recuerdo de lo más hondo del ser”. Ahí descubrí que no podía escribir para olvidar, puesto que el olvido era el recuerdo de lo más hondo del ser.
"Hay mucha gente buena, lo que espero es que dejen de
rotularse javerianos o andinos, que dejen de sacar las
credenciales y que empiecen más a hablar de lo que pasa. Lo
que nos toca. Hay muchos poetas buenos aquí. Nosotros
hemos tenido grandes enunciadores, grandes
detractores, grandes maldicientes,
grandes conjuradores."

R.C: Respecto a su oficio de escritor, ¿cómo ha sido esa experiencia?


L.M: Antes yo estaba metido en todo. Si no era participando era yendo a las lecturas, a los festivales, a los encuentros, a todas esas cosas, pero me cansé porque parecía que nadie entendía, si yo hacía un blog y me dedicaba a escribir y a pulir un texto, que lo hacía porque quiero a la gente, porque me gusta mi país, porque me gusta la humanidad, porque siento que a pesar de tanta cosa terrible hay mucha cosa rescatable, parece que nadie lo entendiera y empezaron a criticarme de una forma muy fea. Nadie que escriba un poema, nadie lo hace con la intención de joder a alguien o de dañar la sociedad. No creo que haya seres tan cobardes para utilizar la literatura como un arma, que sí los hay, pero, creo que lo hacen como un arma de atraco, y atracan a la gente cobrando 40 mil pesos por un libro. Pero ya no, ahora estoy recluido acá. Llevo ya casi dos años metido acá en la casa. Pescando un libro, o más bien dejando que un libro me pesque, porque yo como le digo leo poco, pero a veces siento una atracción por este libro y es porque ese libro tiene algo que decirme. Entonces el trabajo narrativo mío ahorita está muy quieto porque no tengo nada que decir, porque no he viajado. Y como lo señalaba Pablo Estrada, el leitmotiv de mi escritura es el viaje. Claro, eso habla muy mal de mí, porque uno puede viajar alrededor de su cuarto. De hecho hay un libro muy bello que se llama Viaje alrededor de mi cuarto. Fue uno de los primeros libros que me pasó mi papá. Yo no tengo tanta capacidad. A mi tienen que ocurrirme un montón de cosas trascendentales para terminar escribiendo una pendejada chiquita.

R.C: Bueno, y aparte de los autores que hemos citado que obviamente componen, influencian su obra, ¿de cuáles otros es consciente?

L.M: El autor que más me gusta es Álvaro Mutis, es mi influencia, pero yo realmente no tengo la talla de un escritor así.

R.C: ¿Qué piensa de los nuevos escritores?, ¿cuáles son las perspectivas que se ven en la literatura colombiana?

L.M: Yo he descubierto gente maravillosa y preciosa. Un amigo mío de la Universidad Nacional que se llama Julián Molina, que si estuviera acá no me dejaría decir que él es un gran escritor. Pero yo le afirmo ya que es el mejor poeta colombiano que hay, y no jodo. Le voy a decir un versito de él que dice: “esta es la historia del lado sur del corazón, donde la sequía se hizo palabra”. Es lapidario, es maravilloso. Hay mucha gente buena, yo lo que espero es que dejen de rotularse javerianos o andinos y que dejen de sacar las credenciales y que empiecen mas a hablar de lo que pasa. Lo que nos toca. Hay muchos poetas buenos aquí. Nosotros hemos tenido grandes enunciadores, grandes detractores, grandes maldicientes, grandes conjuradores.

Pero no entiendo la maravilla de muchos escritores colombianos. Sí, son hábiles y tienen las herramientas, lo saben hacer, pero eso se vuelve una fórmula, y cuando el arte se convierte en una fórmula deja de ser arte y pasa a ser artesanía, ¿no? Mire por ejemplo a escritores tan buenos como Eduardo García Aguilar, no tienen resonancia aquí, él hizo este libro maravilloso: Escritos mexicanos sobre Porfirio Barba Jacob, él tiene una novela preciosa que se llama Viaje triunfal. Aquí hay gente nueva y lo que pasa es que está en las sombras, y lo que pasa es que yo me he dado cuenta que a veces uno prefiere las sombras porque se da cuenta que lo que se llama la luz, o lo que llaman la luz, es una cosa cegadora, horrible, terrible, fanfarrona, insulsa, vacua, que no va para ningún lado.

R.C: ¿Es un poco entrar en la dinámica editorial, además, que puede acabar con cualquier autor si se le da la gana?

L.M: Es la de vender y vender. Y no estoy en desacuerdo con que se venda, lo que estoy en desacuerdo es en qué se vende. Vender una novela que habla sobre narcotráfico y este tipo de cosas, vender ese tipo de novelas de alguna forma y hablémoslo aquí, escuetamente, es como vender drogas, maestro. Yo he estado sentado, almorzando con mi novia en una pollería, donde hay un televisor prendido y sale “El Capo” y el niño de 7 años le dice al papá: mire papá “El Capo”, con tilde sobre la “e”, “El Capo”, ¿entonces? Y eso es lo que nos están vendiendo. Eso es casi como vender drogas, porque los niños en el colegio no juegan a bueno, no juegan a Romeo y Julieta, no estoy esperando que pase, que aburrido sería también ¿verdad?, pero juegan al capo, juegan a "Sin tetas no hay paraíso", las niñas de 7 años. Vender ese tipo de literatura es casi como vender drogas. Porque lo que están haciendo es hacerle creer a la gente que eso somos y que eso es lo que tenemos y que para allá es para donde vamos o que ahí es donde estamos. Hay muchas otras cosas que contar ahora, y ese digamos que sí es un valor de la novela mía. Bogotá no termina en la 19. De la 19 para atrás hay otro mundo. Hay un montón de cosas. O sea, las novelas de nosotros de ahora, de los muchachos, son mucha droga, mucha rumba, mucho homosexualismo, pero entonces casi que uno dice, esto es de la 72 para allá. Y quienes se atreven a una cosa diferente entonces somos señalados de marginales y de panfletarios. Bueno está bien. Funciona para mí.

R.C: ¿Qué nos puede decir respecto a su posición política?

L.M: Yo no siento que nadie que quiera controlar a los demás pueda ser una persona buena, ni la misma entidad Iglesia o Dios como quiera. Dios es como que el gran presidente del mundo, y el diablo, ¿qué es?, ¿como Carlos Moreno de Caro?, el tipo que quiere quitar al otro para ser el presidente él. ¿Y quién es Petro? ¿El tipo bueno que quiere quitar al malo? y ¿quién es Manuel Rosales? ¿El diablo malo que quiere quitar al diablo rojo de Venezuela? ¿Gente que se cree buena? Uno no se puede creer bueno queriendo devengar un sueldo de 20, 25 millones, eso no tiene ningún sentido. Todo el que está en la política es porque ve en eso un buen negocio. Así que yo no puedo poner el destino de mi país o de mí mismo en manos de un negociante porque pues no me parece. Y nosotros sí que tenemos una recua de hijueputas de toda la vida, entonces yo no creo que haya un político bueno. Es que no puede ser bueno alguien que le quiera manejar la vida a otro. Entonces no te creas nada de lo que te dice nadie.

Entonces no sé, me gustaría que hubiera un partido, a veces me entusiasmo. Ayer, en el lanzamiento del libro de Sigifredo López, me entusiasmé mucho con lo que dijo, me dolió mucho la guerrilla, me molestó la indiferencia del gobierno, pensé que el tipo podía hacer algo bueno, y luego salí y pensé que no, que también él quiere ser, que va a ser, alcalde de Cali. ¿Para qué? ¿Para que no vuelvan a secuestrar a nadie? Eso es mentira.

A mí me gusta mucho una cosa que dice García Márquez que es “la labor política del escritor es escribir bien”. Ahí le redondeo toda la vaina. ¿Quién de nosotros escribe bien aquí? Hay muchos que son hábiles en la prosa y son deliciosos de leer, pero son políticamente correctos para vender, y se callan, y son convenientes para el sistema. Incluso son como parásitos del mismo sistema que ayudan a que éste se fortalezca, ¿no? Como la guerrilla, que es un gran invento de la derecha. A estas alturas, la guerrilla es un invento de la derecha, porque, si no hay guerrilla, ¿cómo no van a cobrar impuestos de guerra? Si la guerrilla se acabara le darían una bofetada muy bella a la Derecha, porque, ¿con qué cuento entonces nos van a seguir jodiendo y nos van a seguir cerrando las puertas? Eso no lo dice nadie, son muy pocos los escritores que han hablado aquí de las bombas de esa época y desde lo personal, no desde lo que salió en el noticiero para que yo lo pueda vender en España y ganarme un premio. Hay cosas mucho más valiosas.

Es triste algo que dice El demoledor de Babel, ahí vine a entender que el pueblo es el que le da el cuchillo al que le corta la cabeza. Y eso yo lo viví allá en esa obra de construcción. Ahí uno se da cuenta de cómo es el mismo pueblo el que escoge a esta gente terrible que nos gobierna.

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