Las Andariegas


Ángel, Albalucía. Las Andariegas. Barcelona: Editorial Argos y Vergara, 1984. 138 págs

Por Rafael Cely


Ellas dicen que lo que deben mencionar, ante todo, es su fuerza y coraje. 
Monique Wittig 

De Albalucía Ángel llama la atención, como sucede particularmente con muchos escritores, su biografía, fuera de lo común. Ésta da el ejemplo de una escritora que ha decidido, en consecuencia con su obra, empezar a vivir a partir de la práctica, relegando la escritura, quizás, a un segundo plano. No por ello he de decir que la obra de Albalucía es exigua, pero parece ser de aquellas escritoras o aquellos escritores, que de repente paran de escribir por una circunstancia vital o disminuyen su producción.

Albalucía es autora de cinco novelas, una de ellas la reconocida novela de la violencia, cuyos hechos acontecen después de la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), obra con un marcado tinte realista y que contrasta con la novela a la que haremos acercamiento en este texto, escrita casi una década después y con un estilo totalmente diferente, que explora, más allá del realismo, una percepción sensorial, atemporal, en varias ocasiones, y des-espacializada.

Pero además de lo anterior, el libro de Albalucía es también una nueva lectura de la historia, una contextualización diferente, un destapar el cofre de los acontecimientos y encararlo con otra luz. El foco que utilizará la narradora de Las Andariegas tiene además de una pretensión abarcadora, la observación precisa de los hechos desde los personajes femeninos, quienes son las principales protagonistas del ajetreado paso de los cuerpos sangrados y lascivos a través de la historia, por su parte, testigos van a ser las andariegas, volando de un lado a otro de los espacios y los tiempos.

Las Andariegas, fiel a su nombre, va a ser un viaje incesante por la historia y la geografía de la humanidad. Desde Oriente hasta cubrir gran parte de Occidente, el libro de Albalucía dibuja matices de la cultura, el arte, la guerra, de la moral de la civilización, articulados desde personajes del antiguo Egipto como Nefertiti y diosas como Isis, hasta divinidades aztecas como Cihuacóatl o mujeres fundamentales de esta misma cultura, como Tecuichpo.

Y en medio de nombres y mitologías, de realeza y miseria, de guerras y sepulturas, se encuentra una forma poética de construir la historia que obvia muchas veces la cronología para dar precisiones sobre el ser humano, percepciones universales que no tienen necesariamente que ver con determinado momento histórico: “somos de agua y de roca” (20), “no sé qué hacer, tengo dos almas” (49). Ese sentido de dualidad del ser humano es esbozado como una provocación que sobresale incluso por encima del mismo género, el cual es uno de los temas principales que se pueden deducir del libro.

La femineidad no será excusa para explicar una visión cálida o desabrida del mundo establecido: la mujer en el contexto de Las Andariegas está conscientemente sublevada contra un mundo establecido que siempre ha tomado por vanas sus luchas. Y la lucha más grande tal vez consiste en esa resistencia a la guerra que va dejando sólo “el viento en los árboles desnudos / el callar de los muertos” (54); a estos tiempos parecieran oponerse siempre tercamente las mujeres, por encima de la opresión, con su canto de viento y de agua; esto, al saberse ellas “las pastoras las olvidadas de los dioses las celebrantes las amantes las sin victorias ni derrotas” (45).

Podría leerse el libro de Albalucía únicamente teniendo en cuenta la fuerte propuesta de reivindicación feminista que propone, sin embargo, creo que hay, más allá de este contenido, una reconstrucción de la memoria, un nuevo desafío al olvido, al silencio que Albalucía después, y sobre todo en estos tiempos, parece haberse querido imponer.

Lo llamativo del libro de Albalucía consiste en que también es una protesta a los “tiempos desvertebrados” (72), desde una condensación de épocas muchas veces transcurrida apenas en una página, como cuando señala cómo los hombres cargaban “picas, arcabuces (…) espadas, puñaletas (…) arcos y flechas y granadas, fusiles y pistolas” (53). Hay en Las Andariegas un grito contra la censura y contra la injusticia que siempre se ha posado acusando a la otredad, a la diferencia, es un discurso de vuelta contra la multitud enfurecida que quiere quemar al sabio gritando que “¡no es cierto que la tierra sea redonda!” (77) o un recuerdo de la crueldad histórica contra las mujeres que, unas veces lapidadas, desmembradas o quemadas en plazas públicas, tuvieron que sentir el embate cruento de las épocas, unas tras otras, de los tiempos circulares por los que transcurren las andariegas que, como llegan, se van. Se termina la historia pero el mundo parece un gran círculo de fuego en el que se repiten los días y los espacios.

Esa circularidad va a ser representada por cuatro caligramas realizados con nombres de mujeres importantes a través de la historia, especialmente sublevadas en su época, o diosas con características universales, y en las que se encierran las virtudes más sobresalientes de lo femenino. En otro de los capítulos se hace un poema en el que se relaciona a las mujeres con características, por decirlo de algún modo, profanas: “JEANNE pseudo profeta (…) JEANETTE malpensante de la fe católica (…) JOANA desprovista de vergüenza (…) GIOVANNA seductora de príncipes y pueblos…” (96). Los caligramas unidos a las bellas ilustraciones de Lucy Tejada hace que la lectura de la novela sea cálida, no por ello desatendida, hay que detenerse a cada paso de la lectura de Las Andariegas porque a veces más que una novela parece un inmenso poema, en el que la escritora omite en la puntuación las mayúsculas como desafiando un tipo de jerarquía en el lenguaje y en el que se toma varias libertades en la forma.

La prosa de Las Andariegas es para leer con calma, con cuidado, pero tampoco con vasta rigurosidad. Las divinidades puestas en juego, junto con las mujeres ejemplares que Albalucía seleccionó, dan un decorado no sólo de una fuerza arrolladora, sino además de una belleza guerrera singular: una representación del espíritu emancipado que todas las mujeres llevan en sí, pero que pocas en la historia se atrevieron a mostrar debido a lo apabullante de las épocas. Ahora pareciera cambiar un poco el transcurrir de los tiempos, pero no por ello las injusticias que señala Albalucía han dejado de tener vigencia, aún hoy y no sólo contra las mujeres, la violencia es ejercida flagrantemente y el mundo sigue en su circularidad repitiendo los mismos escenarios. 

El libro de Albalucía está bien pensado y bien documentado, sólo tendría de reparo aquella idealización, a veces forzada, de ciertos personajes o culturas. Por lo demás, es una obra interesante que merece ser leída con calma para poder desentrañar todo el contenido poético que encierra majestuosamente entre paisajes arrolladores, mujeres guerreras y hermosas, hombres poderosos y guerras calcadas con métodos distintos.

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