Lumpérica


Eltit, Diamela. Lumpérica. 1983.

Por Laura Acero Polanía

Ella deja oír restos de lenguaje, retazos de signos. Socavada por tierra y pasto. Nutrida de savia. 
Se observa a sí misma como si su nombre le otorgara rasgos diferentes. Se toca la piel en el mismo momento en que se curva más aún sobre el pasto, hasta que la cabeza cae sobre la tierra reblandecida. 
En actitud de descanso. 

La mujer sobre la silla fría de la plaza iluminada con una farola blanca. La mujer cerca al fuego, intentando hacerse una sola cosa con él. No sólo la imagen: al pensarla, hacer conciencia de que es una imagen, en muchos sentidos estática, también. Algo así es la petición que bordea Lumpérica, obra de Diamela Eltit.

Lumpérica es el espacio que habitan los desarrapados y, por tanto, es ellos mismos. La novela que lleva este nombre es el texto que se construye y reconstruye, que se destruye y rectifica, que expone sus motivos y explica su propia forma de hacerse y deshacerse. Es la autocrítica del arte como aquello que puede, o no, nombrar la realidad. En este sentido, la palabra aparece como único postulado válido que dice, precisamente, que sólo es imagen y todo es apariencia, sin temor a que lo sea. Es la certeza e incertidumbre, a la vez, de que en el momento en que la escritura sabe que sólo por ella se es, y fuera del discurso no hay nada, opta por seguir nombrando.

En la plaza central de la ciudad que es otra en las noches, se desarrolla el rito del lumpen con L. Iluminada como protagonista, en una relación que está interminablemente enlazada con su cuerpo y el espacio que ocupa, hasta hacerse una sola cosa. Las farolas blancas, el frío, la resequedad, transmiten la crudeza y crueldad de un mundo en el que apenas puede decirse que se sobrevive. Se trata casi de una situación interminable, las acciones –pocas, pero brutales– son condensadas por la narración en visiones precisas de los ocupantes de la plaza y la mujer en su actitud siempre reflexiva y siempre corporal. La crítica social es contundente, pero, sobre todo, es imposible de desligar de una labor complejísima de creación y reflexión en torno al problema de la escritura misma, de la construcción, y de las posibilidades infinitas del lenguaje como único lugar de subsistencia.

L. Iluminada, la mujer que, dentro del lumpen de la plaza de Santiago de Chile, vive la representación –la presenta, por decirlo de algún modo–, es desplazada de sí misma para ser únicamente en lo que se nombra. La conciencia de la representación golpea en cada uno de los apartes de este texto, en donde todas las palabras nombran su artificialidad y a la vez su necesidad: sin ellas no habría realidad. Es por eso que a la exposición de las “escenas” se suceden las preguntas por lo que motivó esas mismas escenas, así como se rectifican las palabras usadas, las acciones de los personajes, los conceptos que ya no se tienen… Cayó en constantes equívocos, desconectando los diálogos, rescatando el tiempo en escenografías poco importantes. Se propició el desvarío en el lenguaje para alejar así la solución de la belleza y que no se sostuviera en ninguno de sus rasgos característicos. Se embaló en este indefectible placer, reconociéndolo tan efímero como su imaginación.

La propuesta de Eltit hace que el lenguaje sea el protagonista de la historia. La contundencia de las imágenes –en las que habita siempre un elaborado trabajo escritural– viene acompañada del recordatorio de que son, precisamente, imágenes. La palabra –la escritura– es proclama, desatino, ficción, seducción, engranaje, sentencia, refrote, evasión, objetivo, iluminación, burla, abandono, erosión, dicen los grafitis de los muros. Lo interesante, por lo mismo, es saberlo y optar no por el silencio o la desesperanza de un intento que no logra nombrar la realidad, sino por la escritura como aquella labor que construye la identidad, poco a poco, en ese instante “…cuando ya no era ella misma, sino lo que el espacio había construido a partir de su permanencia”.

Se trata, en todo caso, de una ligazón fundamental entre ese ser en la palabra y una ruptura que trasciende las búsquedas estéticas y las hace existenciales –cosa que para muchos de nosotros es lo mismo–. Irrumpir en Lumpérica es chocar en todo momento con las discusiones más complejas de lo que ha dejado el siglo xx en lo que podría denominarse el campo de la literatura y las humanidades. No es una lectura convencional en ningún sentido, los paradigmas de lo que se entiende por escritura femenina y por novela –el concepto de tiempo, los conceptos de narratividad, la relación con el cuerpo, por ejemplo– son destrozados recién inicia este texto, que, para mí, sobrepasa la característica de lo experimental en la narrativa. Se trata de la conciencia plena del lenguaje, tras el derrumbamiento de otros mitos. Creo que allí radica gran parte de su valor.

Traspasada de imagen en palabra, mediante trucos técnicos acude a torcer el lenguaje, montándolo sentimentalmente. Rehace, corrige las matrices listas ya para la reproducción. 

Se imprimirá con erratas conscientes y buscadas en las grietas de los pastelones de la plaza que contienen la trizadura de cada escena. La lectura de la marca de pisadas en la sutil diferencia de colores que sólo la lluvia logra evidenciar… 


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