Por: Mario Alejandro Nivia

«Si esto llega a destruirse un día -susurró Noboru, apenas consciente-, significará el final del mundo. Creo que sería capaz de hacer cualquier cosa para impedirlo por terrible que fuera».

Íntima, tierna, sobrecogedora, amena, cruel y sobre todo, abrumadora, así se puede describir muy someramente la novela El marino que perdió la gracia del mar del escritor japonés Yukio Mishima. En esta obra se narra el amor entre un marino errante y una joven viuda en la cúspide de una belleza magníficamente descrita, que se hace palpable gracias a las palabras del narrador.

Sin embargo, la novela de Mishima no se trata, sencillamente, de la narración un romance, sino también del conflicto que conlleva la posibilidad de renunciar a una vida de aventuras, de una posible gloria futura, en ultramar, por el ideal de perseguir el amor que enternece y que apasiona. Las dudas del marino son mucho más profundas que el enfrentamiento entre la posibilidad de estabilizarse en tierra firme o seguir errando por los puertos navales del mundo, sus sueños y anhelos se encuentran comprometidos en esta decisión, su aura de aventurero, si acaso uno de los pilares de su personalidad.

Pero también es una novela de las percepciones y los proyectos de la juventud: la protagonista de la obra tiene un hijo de trece años que la espía y observa minuciosamente mientras ella explora y satisface su deseo sexual; un hijo que admira la leyenda que arrastra tras de sí el marino, que ve en la entrega física de los adultos un acto de verdad pura, si acaso el único en el mundo y que jura hacer todo lo que esté en sus manos para conservar esa creación, ese momento de suma perfección.

Al narrador de esta novela no solo le basta conmover con sus precisas descripciones, sus palabras abrazan y ponen a navegar al lector entre sus exhaustivas y hermosamente logradas imágenes, la delicadeza de la atractiva viuda, sensual, con el apetito sexual aún muy despierto; la masculinidad del marino, un barco, una colina, el mar, el viento, el aire y su capacidad de dispersar los rayos del sol, la crisis adolescente por la que atraviesa el joven Noboru. El marino que perdió la gracia del mar logra hacer sentir la sensación de calor sofocante, de sudor y de bochorno del verano, así como la suavidad de la nieve y el frío que une en un abrazo de amor a una pareja que se reencuentra en el invierno.

Esta novela de Yukio Mishima se resiste a las clasificaciones, no se trata llanamente de la historia de un romance y su posible final, como tampoco se limita a los conflictos personales y a los ritos de iniciación de la adolescencia. Podría decirse que buena parte trata de sentimientos, de la complejidad de los deseos y anhelos al interior de cada ser humano, y como su multiplicidad es más conflictiva aún cuando se entra en contacto con el otro, con sus aspiraciones individuales y sus ansias propias.

Como en todas las grandes obras, lo que vale la pena es enfrentarse a ellas, una novela de esta envergadura se presta para diversas interpretaciones: para creer que se puede aceptar la estabilidad de la tierra firme o para creer que es mejor lanzarse a la aventura en el mar; lo que importa es acercarse a El marino que perdió la gracia del mar e intentar extraer de ella algo de su belleza, sus enseñanzas sobre la gloria y sobre la muerte y tal vez entender su profunda crueldad, posiblemente una reivindicación de la crueldad del mundo mismo.

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MISHIMA, Yukio. El marino que perdió la gracia del mar. Barcelona: Círculo de Lectores. 1986.

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