Por: Tamara Mathov*
La idea de sacar un número de Mohán
sobre literatura infantil colombiana me resultó desde el comienzo muy atractiva.
Sin embargo, cuando se decidió el formato de reseñas y entrevistas empecé a
inquietarme: nunca fui buena para el periodismo y pensar una entrevista era de
por sí un reto. Por otro lado, si bien desde que llegué al país había decidido
empaparme de su literatura nacional, la literatura infantil en estas latitudes
era un universo desconocido. Procedí de manera un tanto errática: me interné en
la librería Babel e intenté recortar las búsquedas de Google con combinaciones
que rozaban lo ridículo. Por ahí no iba. Siempre me costó escribir —y pensar—
por encargo. Para que el asunto funcionara, necesitaba invertir los términos,
encontrar a un escritor o a una escritora que me entusiasmara y de ahí querer
saber de él o de ella. Por esa época estaba leyendo Los Ejércitos de Evelio Rosero Diago. Me quedaban pocas páginas
para terminarlo y, por la angustia que generan los finales, especialmente los
finales de las buenas novelas, ya había comprado y chismoseado Juliana los mira, otro de sus libros.
Guiar mis lecturas por pura recomendación de conocidos significó saltar de un
autor a otro sin saber muy bien a qué me iba a enfrentar. Este zapping
literario encerraba la respuesta entre sus vacíos. Por un amigo me enteré de
que Evelio también escribía literatura infantil, “mucha y muy buena”, dijo.
Corrí a la librería Lerner, pero sus libros no se editaban desde hacía más de
diez años. Encontré la novela Cuchilla
de segunda mano y la leí en una o dos horas, fascinada por la delicadeza de una
historia que indaga en cómo se construye la identidad y cómo esta es percibida
por los otros. Fui a la Biblioteca Luis Ángel Arango y saqué cuatro libros más:
Ahí están pintados, sobre un mundo
donde el cristianismo ha pasado a la historia; La pulga fiel, que narra la relación sufrida entre un hombre y una
pulga que habita en su bolsillo; Para
subir al cielo, donde una misteriosa escalera escandaliza a un pueblo que
teme a lo diferente; y Pelea en el parque,
en el que se cuenta la batalla entre dos bandos de niños, cuando unos se
apropian de un columpio y otros defienden su derecho a utilizarlo.
Esos textos eran lo que buscaba.
Evelio trataba temáticas variadas de formas sugestivas e innovadoras, pero,
¿valía la pena reseñar libros tan viejos? Volví a Google y encontré que casi no
existían referencias a la mayoría de ellos: síntoma del abandono de la
literatura infantil por parte de los medios y la academia. Sin embargo, había
páginas y páginas que comentan su obra para adultos. Si la obra infantil de un
autor de renombre está tan escondida, qué queda para los nuevos escritores o
para aquellos que nunca han incursionado en otros géneros.
Decidí entonces que era necesario
volver a estos textos para revivirlos, y llegó el momento de contactarlo para
la famosa entrevista. El mundo de los escritores suele ser pequeño y chismoso.
Bogotá no es la excepción. Y Evelio es en sí mismo un personaje. Cuando se
pregunta por él se escucha que no sale de su casa, se comenta que, como la
encarnación de la disciplina, se encierra por meses y moldea el lenguaje como
quien talla una escultura. Evelio no da entrevistas, dicen muchos. “No escribo
libros para tener que dar entrevistas” (Rosero en El tiempo, 2007)**, dice él. Lo llamé por teléfono sin muchas
esperanzas y, efectivamente, no las da. Se lo notaba incómodo con el asunto, y
más incómoda yo que nunca me gustó la insistencia, ni poner a la gente en
situaciones que prefieren evitar. Supongo que vivir tantos años en la
contradicción de publicar sin querer ser público debe ser agotador, ni que
decir todas las explicaciones que uno se ve obligado a dar cuando no quiere
decir simplemente no. Mándame un mail, me dijo, y se lo mandé. Contestó rápido,
con una especie de desidia respetuosa de quien querría pero no quiere ayudar. Me
envió algunas líneas que no eran suficientes para publicarse en formato de
entrevista, pero sí para entender el verdadero asunto que me inquietaba. Los Ejércitos es un libro oscuro,
profundamente doloroso, sobre la incertidumbre de vivir sin saber cuándo ni
dónde aparecerá quién sabe cuál ejército. Una temática compleja con lenguaje
complejo. Entonces surgió la pregunta de cómo se da la transición, ¿qué
significa y qué implica cambiar de audiencia? Decir que se escribe “para niños”
resulta tan vago como decir que se escribe “para adultos” o “para viejos”.
¿Para qué niños se escribe?, ¿para los que les interesa qué?
Evelio empezó a escribir para niños
por puro azar. Mientras trabajaba en una novela, sus sobrinos le preguntaron por
qué y a quién escribía cartas “tan largas y aburridas”. Como si fuera un reto,
como un chico al que le dicen “a que no podés”, decidió escribir para ellos. La
forma de recortar ese público aparentemente tan lejano es —para él— sencilla:
escribe las cosas que le hubiera gustado haber leído cuando era niño. Por ello,
su proceso de escritura implica hurgar en el pasado, pero no sólo en los
recuerdos, debe llegar más hondo, revivir intereses, emociones y sentidos que
le permitan comunicarse con esas personas que vivieron menos años y perciben el
mundo de manera particular. La literatura infantil es muy parecida a la
literatura en general, aunque no es lo mismo. En palabras de Evelio, “la
literatura para niños exige lo que llamo un lenguaje transparente, universal. Y
una imaginación sin ataduras. En la literatura para adultos hay más
experimentación, y digamos que la imaginación es reemplazada por un compromiso
ideológico. En últimas, ambas exigen el mismo compromiso con el arte literario.
Escribir bien” y más adelante agrega que “la literatura es una sola” y la que
está destinada a los niños puede tratar sobre cualquier tema “siempre que haya
un entusiasmo sincero”.
La literatura es una sola y su
objetivo último es escribir bien. Por alguna razón, existe una creencia popular
de que la literatura infantil es literatura fácil. De hecho, muchos creen que
pueden usarse cuentos infantiles para adultos que no manejan la lengua. Como
profesora de español para extranjeros lo he intentado y, cuando los textos son
buenos, cuando son literatura, esto resulta absolutamente falso. Recuerdo el
caso de “La Plapla”, un cuento de María Elena Walsh, dónde un niño dibuja una
letra que debió ser eliminada del abecedario por hiperquinética, por bailar y
moverse y desconcentrar a todos. Con un alumno avanzado hice el experimento de
que lo leyera, y no sólo no entendió nada, sino que el texto manejaba sutilezas
difíciles de explicar. La literatura infantil no es literatura para adultos
simplificada, es literatura que busca comunicarse de otra manera. Como dice
Evelio: no hay temas para adultos y temas para niños. Los temas son los mismos.
La diferencia radica en qué palabras, en qué orden de palabras, puede hacer
esos temas inteligibles para una conciencia que funciona de forma similar pero
distinta, olvidada por todos los adultos y recuperada por aquellos que deciden
comunicarse con los niños.
Sin embargo, su siguiente afirmación de que en la literatura para adultos la imaginación sin ataduras es reemplazada por el compromiso ideológico, puede ser un tanto apresurada. Quizás sea más acertado plantear que la literatura en general tiende a moldear la imaginación en sus marcos ideológicos, pero me parece que esto sucede en todos los casos. Apresurada, porque sin dudas Evelio no sólo es prueba de ello, sino que quizás sea esto lo más interesante de sus obras infantiles. Novelas como Cuchilla, Pelea en el parque y Para subir al cielo, o la obra de teatro Ahí están pintados, obligan al lector a preguntarse cuáles son las bases políticas, éticas o religiosas detrás de los problemas humanos. La escritura es clara y directa pero no es plana, y sus niveles múltiples de significado pueden ser la característica fundamental del arte y la razón por la que existen espacios de debate. Si lo que surgen son preguntas, entonces las respuestas serán siempre incompletas. La obra infantil de Evelio es tan compleja como su obra para adultos. Él ha encontrado las palabras para que temáticas aparentemente inaccesibles o difíciles sean legibles en otro nivel de percepción. Pelea en el parque es una novela que propone varias lecturas, nos habla de la intolerancia sin moralinas ni bajadas de línea, toca de manera sutil temas que podrían ser clichés (como el bulling, la lealtad y la cobardía) y, quizás lo más interesante, establece un diálogo con Cuchilla. Cuchilla está narrada desde el punto de vista de Sergio, que tiene un hermano gemelo, llamado Dani. Aquí leemos la vida cotidiana en el hogar, en la escuela, los intereses, los miedos y los enamoramientos de dos niños. En Pelea en el parque dos matones de colegio, gemelos, también se llaman Sergio y Dani. No hay ninguna otra referencia que nos muestre que estamos hablando de las mismas personas, pero esta coincidencia no parece ser casual. Estos matones se apropian de un columpio y golpean a cualquiera que intente acercarse. ¿Es posible que sean los mismos niños aparentemente inofensivos de Chuchilla? Más allá de si lo son o no, tan solo plantear esta inquietud nos obliga a cuestionarnos el bien y mal, lo justo y lo injusto a partir de la escala de grises necesaria para toda reflexión seria sobre la realidad. Lejos de los argumentos maniqueos que muchas veces atraviesan la literatura infantil, Evelio nos sitúa en estas zonas incómodas, donde tomar partido no es fácil. Lo mismo sucede con Ahí están pintados y su mundo sin Dios, una temática que ha producido cientos de textos filosóficos a lo largo de todo el siglo XX se condensa en una obra de teatro breve que pone en jaque tanto la fe como su ausencia.
Sin embargo, su siguiente afirmación de que en la literatura para adultos la imaginación sin ataduras es reemplazada por el compromiso ideológico, puede ser un tanto apresurada. Quizás sea más acertado plantear que la literatura en general tiende a moldear la imaginación en sus marcos ideológicos, pero me parece que esto sucede en todos los casos. Apresurada, porque sin dudas Evelio no sólo es prueba de ello, sino que quizás sea esto lo más interesante de sus obras infantiles. Novelas como Cuchilla, Pelea en el parque y Para subir al cielo, o la obra de teatro Ahí están pintados, obligan al lector a preguntarse cuáles son las bases políticas, éticas o religiosas detrás de los problemas humanos. La escritura es clara y directa pero no es plana, y sus niveles múltiples de significado pueden ser la característica fundamental del arte y la razón por la que existen espacios de debate. Si lo que surgen son preguntas, entonces las respuestas serán siempre incompletas. La obra infantil de Evelio es tan compleja como su obra para adultos. Él ha encontrado las palabras para que temáticas aparentemente inaccesibles o difíciles sean legibles en otro nivel de percepción. Pelea en el parque es una novela que propone varias lecturas, nos habla de la intolerancia sin moralinas ni bajadas de línea, toca de manera sutil temas que podrían ser clichés (como el bulling, la lealtad y la cobardía) y, quizás lo más interesante, establece un diálogo con Cuchilla. Cuchilla está narrada desde el punto de vista de Sergio, que tiene un hermano gemelo, llamado Dani. Aquí leemos la vida cotidiana en el hogar, en la escuela, los intereses, los miedos y los enamoramientos de dos niños. En Pelea en el parque dos matones de colegio, gemelos, también se llaman Sergio y Dani. No hay ninguna otra referencia que nos muestre que estamos hablando de las mismas personas, pero esta coincidencia no parece ser casual. Estos matones se apropian de un columpio y golpean a cualquiera que intente acercarse. ¿Es posible que sean los mismos niños aparentemente inofensivos de Chuchilla? Más allá de si lo son o no, tan solo plantear esta inquietud nos obliga a cuestionarnos el bien y mal, lo justo y lo injusto a partir de la escala de grises necesaria para toda reflexión seria sobre la realidad. Lejos de los argumentos maniqueos que muchas veces atraviesan la literatura infantil, Evelio nos sitúa en estas zonas incómodas, donde tomar partido no es fácil. Lo mismo sucede con Ahí están pintados y su mundo sin Dios, una temática que ha producido cientos de textos filosóficos a lo largo de todo el siglo XX se condensa en una obra de teatro breve que pone en jaque tanto la fe como su ausencia.
La riqueza de la obra de Evelio está
enterrada en bibliotecas porque el mercado editorial ha dejado de editar obras
que, a pesar de ser antiguas, hoy en día siguen interpelando nuestra realidad.
La literatura infantil se ha visto socavada por valores que le son ajenos y
corresponden a otros ámbitos, como la educación o el mercado. En un mundo donde
millones son silenciados, aquellos pocos a los que se les ha dado el beneficio
de la voz tienen la oportunidad de visibilizar lo escondido. Si Evelio ha
decidido mantener su silencio, esté de acuerdo o no este es un derecho
inalienable de todas las personas. Entonces es responsabilidad de los críticos,
los periodistas y los difusores culturales renunciar al nihilismo y a la queja
para recuperar todo eso que vale la pena y que corre el riesgo de perderse. Es
por esto que he decidido volver sobre estas obras, con la esperanza de que
lleguen a personas que acaben por preguntarse cómo es posible que ninguna
librería las tenga entre sus estantes.
____________________________
*Tamara Mathov (Buenos Aires, 1989).
Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y gracias a un convenio pudo
cursar un semestre en la carrera de Estudios Literarios de la Universidad
Nacional de Colombia. Desde 2014 reside en Bogotá. Ha publicado cuentos y
poemas en antologías y ensayos académicos en revistas especializadas.
** Ortiz, M.P. (2007). "No escribo libros para tener que dar entrevistas", dice el autor de Los Ejércitos, Evelio Rosero. El tiempo. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-35343
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