Por: Diana Carolina Castro Calvo.

Aunque a veces la narración se vuelve previsible, la novela corta Flores blancas para papá resulta una apuesta muy sólida en la literatura juvenil. Dejando de lado los tabúes, la historia gira en torno a la muerte, la depresión y las tensiones familiares. Magdalena no sabe cómo enfrentar la ausencia de su padre fallecido en su infancia, de quien tiene sólo una imagen difusa.

Desde el principio, la ilustración de la portada establece un tono. Lo sombría que es y sus colores opacos nos dicen que estamos ante un relato melancólico. Las fotos, regadas en una cama donde reposa un cuerpo femenino casi en posición fetal, nos muestran la estrecha relación de esta joven con aquello que contempla. De ahí parte la novela, de la foto en el plato que, luego, perturbará por su ausencia. Es una forma de introducirnos en el agujero en que se encuentra Magdalena, del que muchas veces parece no poder salir.

Siempre desde la introspección de la protagonista, este libro tiene una doble narración: una en tercera persona, que cuenta el momento en que la joven de diecisiete años va de visita a la casa de su abuelo moribundo buscando respuestas sobre su papá, y la otra en primera persona, la voz de Magdalena hablándole a su psiquiatra. La primera configura el diálogo que ella mantiene con el mundo y, sobre todo, con su familia, mientras que la segunda es su mente desnuda, abriéndose ante una figura que sólo es relevante como receptor, de quien el lector toma el lugar. Esta narración a dos tiempos y a dos voces es muy loable desde un sentido técnico, pero pierde fuerza en cuanto las dos narraciones tienen tonos tan similares que, de no ser por la persona gramatical, podrían confundirse. Sin embargo, nos ubicamos rápidamente en la mente de Magdalena y logramos conocerla a profundidad.

Por otro lado, uno de los puntos más fuertes de este libro es la construcción de personajes. A pesar de que Magdalena se siente ajena a ellos, el lector puede distinguir a cada uno de sus familiares como individuos que ven la realidad y la muerte de su padre de distintas maneras, además de las distintas relaciones que establecen con la protagonista. El único ser difuso es el padre de la joven; Magdalena no lo conoce y se encuentra a sí misma en un camino en el que lo único que puede hacer es construir a un personaje de ficción a través de la memoria de los otros; su padre nunca volverá a la vida, pero se mantiene vigente en la memoria de quienes lo conocieron. El recorrido que emprende es importante para Magdalena; no es por él que ella debe reconstruir la silueta de su padre, sino por su propia tranquilidad. El drama que la joven atraviesa parece sólo poder explicarse al entender a aquel de quien sólo tiene narraciones ajenas y un nombre, Miguel, y esto debe ser suficiente para dar una solución a su drama. Magdalena deberá darle forma a los retazos que logra aprehender para dar forma a su desesperación.El dolor de la protagonista es, pues, inmediato, casi tangible: la novela lo transmite rápidamente, pues su pesadumbre se narra de manera tan íntima que el texto la contagia a su lector.En sus palabras, Magdalena es una hoja en el viento, un ave sin alas. No tiene de dónde sostenerse. El misterio la mueve y la agita y el narrador dibuja y comunica la agobiante magnitud de una depresión juvenil, tantas veces descartada por ser considerada por los adultos como sólo una «etapa» y no «tristeza de verdad».Por tanto, el libro no es desdeñoso en este sentido, pues no subestima al joven afligido ni su dolor. Magdalena va al psiquiatra porque su depresión es un obstáculo; está enferma y la figura de su padre parece ser el punto de quiebre. Con un lenguaje poético, aunque a veces demasiado, incluso al representar diálogos, Flores blancas para papá da su lugar a la tristeza de una joven que se siente extraña, perdida.Magdalena es una extranjera en todos los sentidos. Vive en una ciudad ajena. No tiene mucha relación con su familia, y si tiene, es distante. Perdió su único posible asidero. Así, este libro nos muestra muy bien la desorientación de la juventud, pero una juventud muy particular, la de quien no tiene nada más allá de su dolor.

Sin embargo, como ya dije, el libro falla a veces en la predictibilidad en, por ejemplo, el recorrido de la casa, los personajes que aparecen. Aun así, se crea un ambiente familiar tan consistente a partir de los recuerdos, que es la memoria colectiva la que da densidad al relato. Flores blancas para papá es sin duda un trabajo literario que explora desde una introspección poética las resonancias de la muerte en la vida juvenil, y cuya lectura conforta por hacernos saber que hay quien no distingue al público por edades para pormenorizarlo, sino que hace «literatura de verdad» para jóvenes de verdad.



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*Robledo, Beatriz Helena. Flores blancas para papá. Ilustración de portada: Alejandra Estrada. Bogotá: Ediciones SM, 2012.

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